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Homero escribió en el siglo octavo antes de Cristo las aventuras de un semidiós que fue a la batalla de Troya: Ulises. Su “odisea”, la vuelta a casa, Ítaca.

En La Odisea se encuentra el mito del aventurero. Da igual que se hable de océanos, galaxias, tierras o de la simple vida. Y también el mito de la fidelidad, encarnado por su mujer, Penélope, la de dulce mirada.

Entre los episodios más gastronómicos, el del Cíclope. Canibalismo en estado puro.

“Echando a mis hombres la mano, agarró a dos de ellos como a unos cachorros y a tierra los lanzó y su cerebro saltó y salpicó todo el suelo. Y sus miembros cortó y preparóse con ellos la cena. Como un león montaraz los comió sin dejar nada: ni intestinos, ni carne, ni huesos, ni médula”.

Y Ulises vence al Cíclope de la forma más mundana, emborrachándolo con vino. Una vez ebrio el monstruo el audaz Ulises aprovecha el momento para clavarle un palo de olivo en el ojo y salir de su cueva atado a la barriga de una oveja.

La Odisea es toda una metáfora de la vida y son múltiples las versiones y adaptaciones que se han hecho de ella, así como la influencia que ha tenido sobre la creación literaria y artística. Pero, también, sobre la propia sociedad occidental. Muchos de los más arraigados memes culturales, esos genes de la cultura que se transmiten de generación en generación, pueden verse en esta obra.

Uno de ellos: el peligro de la tentación femenina representado por las sirenas.

Ulises tiene que atarse al mástil de su embarcación y taponar los oídos de su tripulación para no caer bajo sus encantos.

Circe advertía así a Ulises del peligro:

“Llegarás a las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos”.

Quizás el banquete más conocido sea el de Platón, en el que la comida y el vino eran una excusa para que los filósofos hablaran y ofrecieran discursos. Estos encuentros también se conocían como Simposio.

Los discursos dados en este tipo de banquetes, también llamados Simposio, eran recordados y difundidos oralmente.Y en especial este en el que participó Sócrates y giró en torno al amor y que Platón se decidió a recogerlos en el libro “El Banquete” escrito hacia el 380 antes de cristo.

En este libro se encuentra uno de los más famosos mitos sobre el amor, el de la “media naranja” y que nada tiene que ver con lo que se piensa en la actualidad. La explicación la da Aristófanes para quien en la antiguedad, la naturaleza humana era completamente diferente. De hecho, existían tres sexos: masculino, femenino y andrógino.

“La forma de cada persona era redonda, con la espalda y los costados en forma de círculo. Tenía cuatro manos, cuatro pies y dos rostros perfectamente iguales sobre un cuello circular. Y sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, una sola cabeza.

Eran también extraordinarios en fuerza y vigor y tenían un inmenso orgullo, hasta el punto de que conspiraron contra los dioses e intentaron subir hasta el cielo para atacarlos. Entonces, Zeus decidió cortarlos en dos mitades a cada uno para que fueran más débiles.

Una vez que fue seccionada en dos la forma original, cada ser, añoraba y buscaba su otra mitad. Por eso, desde hace tanto tiempo, el amor intenta hacer uno solo de dos».

De esta manera:

“Lo que se llama amor es el deseo y la persecución de ese todo, cuando éramos una sola persona hecha por lo masculino y lo femenino».

Ulises, la novela escrita por el irlandés James Joyce Joyce y publicada en 1922, revolucionó el panorama literario del siglo XX y, en ella, todo lleva a la gastronomía.

Leopold Bloom es su protagonista. Un antihéroe, cuya historia es la de una Odisea contemporánea en Dublín en un solo día, porque:

“Toda vida consiste en muchos días. Día tras día”.

Para dar a conocer a su personaje principal, Joyce, habla de lo que come su protagonista:

El señor Leopold Bloom comía con deleite los órganos interiores de bestias y aves. Le gustaba la sopa espesa de menudillos, las mollejas, de sabor a nuez, el corazón relleno asado, las tajadas de hígado rebozadas con migas de corteza, las huevas de bacalao fritas. Sobre todo, le gustaban los riñones de cordero a la parrilla, que daban a su paladar un sutil sabor de orina levemente olorosa.

La mujer de Leopold Bloom, Molly, nacida en Gibraltar, pero de descendientes españoles, se identifica con lo que añora, unas pasas de Málaga.

Otra mujer, Gerty McDowell, anhela en vano y se pregunta:

¿Por qué uno no podría comer algo poético como violetas o rosas?

La novela discurre el 16 de junio de 1904 y el personaje de alguna manera se adelanta a la cocina española de vanguardia. Hoy podría pensar en el papel de flores de elBulli y otros tantos platos más de cocineros tecnoemocionales.

La realidad en Dublín les lleva a una y otra taberna, a tiendas y a platos, que podrían parecer exuberantes en la actualidad, como berberechos guisados y lechuga con mayonesa en conserva Lazenby. Y otros más conocidos  como «fish&chips», que Bloom sentencia: «Nada bueno».

Pintas de cerveza, té, vino canario y vino de borgoña. Y para acompañar, aceitunas italianas, bocadillo de queso, ensalada de pepino fresca con puro aceite de oliva y cebolla española. Sopa de guisantes, un doméstico huevo duro y un puré de patatas cubierto de salsa de hígado. Para soñar

«un pastel de pichones cebados, unas tajadas de venado, un lomo de ternera, una ceceta con tocino ahumado, una cabeza de jabalí con pistachos, un cuenco de cándidas natillas, un vaso de aguardiente de nísperos y una botella de vino añejo del Rhin».

Según Bloom:

«Dios hizo la comida, y el diablo, los cocineros».

Una novela  para zambullirse en sabores y dejarse llevar por su musicalidad hecha de una cascada de pensamientos, diálogos y reflexiones de un día, que aún se celebra comiendo (Bloomsday) y que bien podría ser de este siglo XXI.

Acabo de terminar de leer Un mal paso, la novela de mi colega Alejandro Pedregosa,  sobre un cuerpo mutilado que va apareciendo en el camino de Santiago.

Suso Corbalán, un comisario de policía de Santiago, tiene que afrontar el caso y para ello nada mejor que comenzar la mañana en dulce:

Follas Secas. Así se llamaba la cafetería en la que aquella mañana el comisario Suso Corbalán lidiaba cara a cara con un buen pedazo de bizcocho de limón, bañado en chocolate blanco y con montañitas de nata circunvalando el plato.

Y otra mañana:

Suso había regresado de su reunión diaria con los azúcares. En esta ocasión había desayunado un milhojas que alternaba las capas de merengue con las de natilla de naranja. El hojaldre se derretía en el calor de la boca mientras la naranja refrescaba el paladar y facilitaba la ingestión.

Para sentarse a la mesa con su ex-mujer, unas xoubas fritas, pulpo a feira, chorizo en vino tinto y mucho albariño.

Para la seducción, el escritor elige la cocina kosher en Roma y para el camino, mucho bocadillo de chorizo y tapas en la calle Laurel de Logroño.

Pena que Cunqueiro, que en la novela resucita en la cabeza de un viejo profesor universitario, no hablara en esta ocasión de La cocina cristiana de Occidente.

Y hablando de Universidad, aquí una reflexión de uno de sus personajes:

Las universidades no son lugares aconsejables para la gente de paz. Vaya al departamento que vaya siempre encontrará dos bandos enraizados en una guerra mortal y fratricida que no acaba nunca.

Como ven, no sólo El chef ha muerto.