Homero escribió en el siglo octavo antes de Cristo las aventuras de un semidiós que fue a la batalla de Troya: Ulises. Su “odisea”, la vuelta a casa, Ítaca.
En La Odisea se encuentra el mito del aventurero. Da igual que se hable de océanos, galaxias, tierras o de la simple vida. Y también el mito de la fidelidad, encarnado por su mujer, Penélope, la de dulce mirada.
Entre los episodios más gastronómicos, el del Cíclope. Canibalismo en estado puro.
“Echando a mis hombres la mano, agarró a dos de ellos como a unos cachorros y a tierra los lanzó y su cerebro saltó y salpicó todo el suelo. Y sus miembros cortó y preparóse con ellos la cena. Como un león montaraz los comió sin dejar nada: ni intestinos, ni carne, ni huesos, ni médula”.
Y Ulises vence al Cíclope de la forma más mundana, emborrachándolo con vino. Una vez ebrio el monstruo el audaz Ulises aprovecha el momento para clavarle un palo de olivo en el ojo y salir de su cueva atado a la barriga de una oveja.
La Odisea es toda una metáfora de la vida y son múltiples las versiones y adaptaciones que se han hecho de ella, así como la influencia que ha tenido sobre la creación literaria y artística. Pero, también, sobre la propia sociedad occidental. Muchos de los más arraigados memes culturales, esos genes de la cultura que se transmiten de generación en generación, pueden verse en esta obra.
Uno de ellos: el peligro de la tentación femenina representado por las sirenas.
Ulises tiene que atarse al mástil de su embarcación y taponar los oídos de su tripulación para no caer bajo sus encantos.
Circe advertía así a Ulises del peligro:
“Llegarás a las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos”.







