Ración triple de novela negra: Todos muertos de Chester Himes

Publicado: 09/07/2013 en Literatura y gastronomía
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Todos muertos de Chester Himes es una ración triple de novela negra. Lo es porque es una novela del género en su más puro estilo y lo es, porque su autor es de color, y además, también porque antes que escritor Himes fue convicto.

Sus protagonistas, dos policías negros en Harlem en los años 60, Coffin Ed Johnson y Grave Digger Jones, son tipos de carne y hueso, a los que se les caen los dientes cuando se dan de golpes y a los que se les ve en la cara las huellas del oficio. Son polis que se equivocan, chocan su coche o disfrutan echando una pieza de baile y comiendo los típicos platos de soul food de Harlem, aunque por ello, a veces, falten a sus obligaciones.

“La razón por la cual el sargento no pudo comunicarse con Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson era que ambos se hallaban en el salón trasero de la tienda de cerdo de Mammy Louise, comiendo «patitas de pollo», un plato geechy“.

La cocina geechy es la elaborada por quienes son mezcla de esclavos africanos huidos e indios semínolas, nativos de las Carolinas y de Florida y consiste en “patas de pollo rustidas, arroz, quingombó y chiles rojos picantes”, cuyo efecto hace revivir a los dos polis:

“En una noche fría como aquélla, ese guisado mantenía un calorcillo ardiente en el estómago y la gelatina tierna y blanca de las patas de pollo hacía sentir sólidamente llenas las tripas”.

Y como el guiso, la novela te hace sentir en el Harlem de hoy y de siempre, puesto que pese a que en esos años y en la ficción resulta mucho más violento, siempre resulta misterioso, tenso y a veces peligroso especialmente para la mirada de un blanco. Lugares y calles míticas, aunque con muertos a diestro y siniestro. Un lugar donde todos se conocen, donde hay mala suerte y mala gente y también políticos negros y ricos quienes:

“Viven en  lugares abandonados por los blancos ricos”.

La novela está preñada de violencia y de humor muy negro, inesperado. Incluso en la forma de matar,  lo que lo hace aún más terrible. Por ejemplo, el atravesar con un cuchillo el cerebro a un tipo que sigue andando por la calle como si fuera una atracción de feria en la casa del miedo, con el mango del cuchillo a un lado de la cabeza y el filo, en el otro. Otro muerte de forma fortuita al ser degollado por una hoja de acero que cae de un camión que le rebana la cabeza a la altura del cuello, lo que no impide que el cuerpo sin cabeza siga conduciendo su moto algunos metros más, como si fuera un pollo descabezado.  En otros momentos, el humor es más apaciguador y relaja la historia:

“— ¿Dónde estabais cuando pasó esto?
—Comíamos patitas de pollo en la tienda de Mammy Louise —confesó Grave Digger.
Casper le observó para determinar si estaba de broma; concluyó que no.”

También maneja la ironía con habilidad, incluso cuando habla de comida. En un momento de la novela dos jóvenes negros absolutamente desgraciados huyen de la policía y  se refugian en la casa de un amigo de éstos, donde encuentran unas cuantas cosas con las que cocinar algo que comer:

“Poco después el cuarto se llenó con el humo y el olor delicioso de la carne frita. Sassafras frió una parte de los copos de maíz junto con la carne. Roman abrió el bote de melocotones con su cortaplumas, pero el contenido era un bloque helado, de modo que lo puso sobre la estufa.
Al no hallar ni un solo plato limpio, Sassafras echó mano del que estaba menos sucio. Fregó un par de tenedores con un paño seco.
Roman se sirvió los copos fritos, la carne frita, y lo roció todo con melaza. Luego se llenó la boca con esa mezcla y aún se metió dentro un trozo de pan seco.
La chica le miró con expresión de disgusto.—Puedes sacar al muchacho del campo, pero no puedes sacar el campo del muchacho”“—filosofó mientras con gran delicadeza comía bocados de carne y de pan en forma alternada y sostenía cada copo de maíz entre el pulgar y el índice, según las reglas de la etiqueta.”

Y entre frases grandes y filosóficas, como las que siempre se encuentran en la gran novela negra, me quedo con las que aparecen en esta conversación entre los dos inspectores de policía negros mientras suben en un ascensor en una casa de ricos, tras el eructo de uno de ellos:

“—Eso nos descalifica —observó Coffin Ed—. Los caballeros no eructan.

—Los caballeros no comen oreja de cerdo ni coles —respondió Grave Digg—. Y no saben lo que se pierden.”

Chester Himes se marchó de Estados Unidos para vivir en Francia, donde creía que su raza era más aceptada socialmente. Pero su recuerdo se mantiene en Moraira (Alicante) donde hay un monumento en su nombre, pues fue allí donde Chester eligió vivir desde 1969 hasta su muerte en 1984.

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