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Se relamió moviendo el bigote. Y, de postre, el rabo.

(Este microrrelato pertenece a la colección Media Ración de Yanet Acosta)

– Camarero, este plato está algo pasado…

(Del libro de microrrelatos gastronómicos Media Ración de Yanet Acosta)

Las tres de la mañana. El olor a chamuscado invade el aroma del sueño. “Otra vez más”, se dice, “la casa se quema y he de salir huyendo”. Se revuelve, nota el sudor, la asfixia del calor. El niño pequeño se acerca y la despierta.

—Mamá, luz.

—¿Dónde? —murmura la madre somnolienta.

—Allí.

Abre los ojos y de un salto se pega a la ventana. La luz del fuego se acerca a los pinares que salpican las paredes del barranco. Algo más abajo los vecinos se mueven nerviosos. Hacen las maletas. Llenan sus coches de enseres. Sin palabras. Movimientos incongruentes, propios de sonámbulos. Las campanas de la iglesia repican quedas.

Ella toma con un brazo al niño. Lo engancha a su cintura y le protege la cabeza con una de sus manos. Con la otra, agarra con fuerza una botella de agua. En camisón y sin calzar, sale a la calle.

La gente a su alrededor escapa con sus coches repletos. El calor en la cara. El crepitar de los pinos deja de ser rumor y las brasas caen a sus pies empujadas por las corrientes de aire. Echa a andar calle abajo. En la carretera, una larga hilera de coches atrapados.

Baja por la ladera sintiendo cómo se le clavan las piedras picudas de zahorra en las plantas de los pies. El niño llora. Ella lo coge con más fuerza y tira la botella.

En quince, treinta, cuarenta minutos, llega al faro. Es lo más cercano al mar, lo más resguardado del fuego y lo más inhóspito. Una lengua de malpaís es su refugio.

El niño calla y, abrazado a su madre, hace que duerme. Ella lo mira para no alzar la vista. La ola de fuego consume lo poco vivo de una tierra arrasada por la lava.

Las horas pasan y la sed acucia.

—Mamá, agua, mamá, agua.

—Mierda, tiré la botella en el camino —recuerda la madre. Se levanta, toma al niño de la mano y se dirige al único lugar donde sabía que podía encontrar agua potable. Las salinas. Justo detrás del alzado que ocupa el faro.

Desciende por una estrecha vereda con el niño en brazos. Ahora, los pies le duelen. El oxígeno llega con dificultad a su cerebro. La maresía le refresca la cara, cada vez más incendiada.

Los espejos de sal de los tajos de la salina reflejan el naranja lejano del fuego. Las montañas blancas de sal apiladas en los balaches se ennegrecen con las cenizas que arrastra el viento caliente e irrespirable. Sus pies le llevan por la geometría irregular de los estanques casi automáticamente. “Hay senderos que no se olvidan”, piensa.

Toca a la puerta de la casa del salinero con una bola en la garganta.

—Sabía que volverías —le dijo el salinero nada más abrir la puerta.

—El niño. Agua —tartamudea ella, cogiendo con fuerza el hombro de su hijo.

El viejo se pierde en la oscuridad tras la luz de una vela para volver al rato con un jarro. Acerca la luz amarillenta a la cara del niño. Sus manos ajadas acarician la cabeza del pequeño de cuatro años.

—Es igualito que yo cuando era chico —dice orgulloso el salinero. La madre aprieta la mandíbula y posa su mano aún más firme en la espalda del niño.

—¿Quieres acostarte un ratito? —le pregunta el salinero.

El niño asiente y se va de la mano con él hacia una esquina de la casa guiado por la vela. La madre en el umbral de la puerta. Su brazo, rígido.

—Toma, tengo unas galletitas —dice el viejo y dirigiéndose a la madre, que aún está en la puerta, le pregunta:

—¿No vas a entrar? ¿Quieres tomar algo? ¿Agua? Tengo también una sopa de pescado recién hecha.

—No —contesta bruscamente la madre.

—Tranquilízate, venga, vamos a dar un paseo por las salinas, por ahí, afuera.

Él va por delante lento, reumático. Ella lo sigue con pasos indecisos.

—Parece que algunos se van escapando del fuego –dice el viejo, mirando las sombras que se congregan alrededor del faro y los coches que llegan a trompicones.

—Está ardiendo todo —dice ella.

—Sí y como siga este viento…

Ella se detiene a su lado. Aguza el olfato. Pino quemado, humo, salitre y gasolina. Lo coge por el hombro:

—¿No habrás sido tú?

Él calla, las arrugas alrededor de sus ojos se hacen más profundas.

—¡Hijo de puta! —grita enfurecida.

Él le tapa con fuerza la boca. La piel de sus manos hiere sus labios. Intenta abrirlos, pero hasta que no deja de forcejear, no la suelta.

—El motor de las salinas funciona con gasolina. Calla, nos van a oír los que están en el faro.

Ella baja los ojos. Los músculos pierden fuerza, ya no los domina.

—Vamos hasta el cocedero, donde rompen las olas, como te gustaba de pequeña.

Despacio, por el pasillo de piedra volcánica blanqueado por la sal, toman el camino hasta el estanque de mayor capacidad. Allí entran las olas que se salen del mar. Desde siempre, a ella le embelesaba ver la espuma que quedaba en la superficie y esperar a que poco a poco se fuera llenando el gran rectángulo, para, luego, dejar pasar por la estrecha esclusa el agua a los otros estanques menores, hasta que el mar se quedaba atrapado en los pequeños tajos de fondo ocre de barro en los que el sol lo reduce a sal.

Como una autómata, ella pasa uno de sus dedos por una de las resplandecientes montañitas de sal apilada en el pasillo. El viejo salinero la mira y deja ver sus dientes roídos tras una mueca de sonrisa. Cuando llegan al límite del cocedero con el mar, el viejo, se acerca a ella. Los gruesos dedos siguen el camino de la bragueta de su pantalón, antes de acariciar la melena alborotada de ella. En el intento por acercarse algo más, el viejo pierde el equilibrio. Ella aprovecha el momento y con toda la rabia de años toma el impulso suficiente para empujarlo. El viejo cae como una piedra sobre el estanque donde rompen las olas. Ella, desde arriba, murmura: “Papá, ya no habrán más besos de sal”.

Este relato pertenece al libro Noches sin sexo de Yanet Acosta.

 

La cataplana de cobre con fondo cóncavo mece los mejillones.

Sus conchas se desperezan con el vapor del dedo de vino que los abraza.

Su carne naranja y brillante se dilata.

Tan, tan.

A un lado y a otro.

Ella mira sus manos, sus dedos, sus torpes piernas llenas de varices, su flácida piel y, a golpe de cataplana, piensa:

“Es viejo, pero me gusta su mirada”.

La vida da tantas vueltas, que desorienta.

-Te adoro -dijo mientras le estrujó el corazón.

-Tiene Menière –le gritó el otorrino al oído y se sintió lenguado.

-Comer es una forma de amar –le dijo a los ojos a la paloma torcaz.

-Le recomiendo este vino, es uno de los que más me gusta.

-Nunca bebo lo mismo que el servicio.

-¿Qué es lo más lejos que has llegado de tu casa?

Ella mira al horizonte. Dos segundos después baja la vista hasta su muñeca. Un rosario mongol está enrollado en tres vueltas. En sus pies, unas zapatillas de Corea. En el paladar, el ácido de los chapulines.  Y el recuerdo de un volcán activo en Khyuzu, los rascacielos de barro en Shibam y la arena del desierto que atraviesa el tren a Zuerat.

Ella vuelve la mirada y contesta:

-Hasta la tuya.