La culpa la tuvo El Comidista y la ñoña Comme un chef (que se estrenó en España como El Chef). En la Filmoteca de Madrid, como todos los años coincidiendo con Madrid Fusión, programan algunas pelis relacionadas con la gastronomía. Este año, además de la inevitable El Festín de Babette, que pese a ser más sarcófago que festín, no hay festival que la obvie, ponían El Chef.
En El Chef todo es previsible e histriónico, incluso la ridiculización de la cocina española de vanguardia (que en Fancia, al igual que en otros países, se conoce como molecular). La peli relaciona este nuevo tipo de cocina con hidrógeno líquido, probetas, espaguetis azules (un color que provoca rechazo, pues nada hay así en la naturaleza que se pueda comer) y pequeñas pastillas supuestamente concentradas de sabor. El experto español en esta cocina es el actor Santiago Segura, que encarna a un tipo medio loco que juega a los laboratorios. Y bueno, para eso están las pelis, para hacer ficción, pero la verdad es que la cocina patria queda mal (y eso que en parte la cinta está financiada por un organismo español).
A lo que vamos. Cuando llegué a casa estaba con ganas de cambiar la sensación de desgana y me acordé de que Mikel Iturriaga, también conocido como El Comidista, me hablaba en Twitter en plan coña de una película de los años 70 que se llama Soylent Green, con el joven Charlon Heston de protagonista y que se estrenó en España como Cuando el destino nos alcance.
La película es una distopía que comienza en un hipotético 2022, pero que se siente muy cercano. Hay millones de parados y el petróleo hace mucho que se acabó. Hombres, mujeres y niños se amontonan en las calles de un Nueva York abandonado en el que los coches ya destrozados son el mejor refugio. También hace mucho que no hay comida. Solo la que vende una compañía que cuenta con el monopolio de la industria y de la distribución alimentaria en el mundo, Soylent Green. Sus preparados de plancton con forma de pan y sus latas son esperadas por multitudes que cuando no consiguen la suya entran en protestas y agitaciones que la policía contiene a lo bestia: con palas mecánicas que quitan de en medio la escoria que se manifiesta, aplastándola.
Como contraposición, los ricos, es decir algunos de los hombres más selectos que son quienes además suelen trabajar para esta gran compañía, viven en unos hoteles de lujo con aire acondicionado que refresca sus caras frente a los sudores del calentamiento global. Disfrutan del agua corriente, de la electricidad y del «mobiliario», una guapa chica que eligen como acompañante para su cómoda estancia en esta vida. En sus casas entra algún tomate e incluso puede que un trozo de buey, que se encuentran en el mercado negro a precios estratosféricos.
A medio camino, el poli, Charlon Heston, que entre la corrupción para sobrevivir y el sentido de la justicia comienza a investigar el asesinato de uno de estos «peces gordos» de la Soylent Green.
Es una historia que se va mostrando rápida y que, sobre todo, remueve conciencias, al tiempo que hace brotar la risa. Un peliculón que ya me hubiese gustado escribir, que no vivir.
Al día siguiente cuando fui a «Amores Berros» mi puesto habitual de verduras en el Mercado de San Fernando, casi se me salen las lágrimas de agradecimiento. Y a los dos días, Ángel León, nos siguió hablando de plancton en Madrid Fusión. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Soylent Green es de esas películas que no se olvidan y que ahora junto con mi adorada Tampopo y La grande bouffe, entra en mi lista de las mejores películas gastronómicas de la Historia. ¡No se la pierdan! Y, desde luego, espero sugerencias para ir refrescando las 10 mejores pelis gastronómicas. ¿Cuál es tu favorita?