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Hay muchas recetas negras. El bonito con tomate, lo podría ser, pero, mucho más la versión ennegrecida del restaurante Gumbo de Madrid (uno de los muchos que aparecen en la novela El Chef ha muerto).

Este plato se hace muy rápido y es ideal para festejar Halloween, el Día de Acción de Gracias o el futuro que nos espera…

La receta, que me ha regalado Matthew Scott, sólo tiene un misterio:  el caparazón crujiente y negro que envuelve una rodaja jugosa de bonito. Y se hace mezclando en un contundente mortero 3 cucharadas de pimentón, 1 cucharadita de pimienta negra, media cayena, 1 ramita de tomillo y un toque de orégano, además de un ajo.

Con esta mezcla de especias se reboza la rodaja de bonito desespinada y sin piel, para después sumergirla en aceite bien caliente por espacio de unos segundos. Unos cristales de sal por encima y listo. Se aconseja servir acompañado de tomate y sobre lecho de lechuga para no verlo todo tan negro.

El Chef ha muerto ha inspirado recetas y canalladas gastronómicas, como el fanzine enCrudo. Ahora, también, cómic (o por lo menos un primer dibujo).

Aquí está la viñeta de Felipe Lorenzo del Colectivo de Ilustradores Canarios:

«Todo el mundo quieto o mato al pulpo» y eso para meterlo en una lata!

¡Gracias Felipe!

Para aquellos que ya se han terminado «El Chef ha muerto» y todavía les queda ganas de leer algo más de literatura negra gastronómica les recomiendo el cuento «Vainilla o madera».

Está publicado en la antología «La vida es un bar. Cuentos de noche. Malasaña» y es uno de los cuentos de mi libro de relatos titulado Noches sin sexo.

El cuento comienza así:

—¿Vainilla o madera?

Su cálido acento francés la sacó de la espera en la barra del bar. Quería un vino, por hacer algo, por pasar la noche. En la Taberna Baztán, donde el Madrid del Malasaña más canalla va de vinos.

—Digo que si prefieres un vino con toques más avainillados y ligeros o con tonos más tostados —insistió la camarera.

—Ah, madera…—replicó Marta sin apartar la mirada de su cuello. Mientras le servía el vino, sus ojos hicieron el recorrido por su escote. Marta adivinaba el contacto de sus senos desnudos con el algodón de la blusa. En el trayecto de subida, la mirada se entretuvo en un colgante plateado y verde  hasta llegar a sus hombros, firmes.

—Aquí está, es un vino de La Mancha. Espero que te guste.

—¿Cómo sabes que soy de allí? Madrid está llena de gente de todas partes…

Y si quieres leer uno completo, aquí un microreelato negro y gastronómico.

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El sábado antes de tomar en Madrid un avión rumbo a Tenerife Sur vía Barcelona, siguiendo la racionalidad de nuestra economía, me tocó intervenir en una mesa redonda de Getafe Negro: Cosecha negra, los nuevos novelistas de novela negra en España.

Estaban Alejandro Pedregosa, granadino que acaba de publicar su segunda novela, Un mal paso; Gabriela Cañas, periodista de El País que publica la primera, Torres de Fuego; Enrique Rubio con su segunda y premiada novela Tania con i®, Nicolás Casariego que acaba de presentar Cara hueca y yo misma con mi primera novela, El Chef ha muerto. Todos moderados por Lorenzo Silva.

La cosa empezó como era de esperar hablando de por qué elegimos el género negro, también conocido como noir o thriller. En mi caso, creo que me eligió a mí,  porque si sumo los ingredientes que más me gustan: temática actual, humor e intriga, es lo que sale.

Y seguimos hablando de literatura hasta que llegó el tema que últimamente ninguna mesa, aunque no sea redonda, deja pasar por alto: el 15 M.

La mayor parte de mis compañeros mostraron su pesimismo frente a mi optimismo irracional.  “Esto no va a cambiar” frente a “Algo ya ha empezado a cambiar”. Como dijo Lorenzo Silva, en primera instancia, para comenzar una revolución siempre tiene que haber una toma de conciencia. A lo que yo añado: y un cambio de actitud personal, que se sume a los de otros muchos.

Nada de aquellas revoluciones del XVIII y del XIX, en las que la masa seguía a unos líderes. En el siglo XXI, la tecnología y la acumulación de conocimiento, junto con el desarrollo de las tecnologías, nos llevan al individualismo como grado de expresión máxima. Por eso fracasan los grandes medios de comunicación que siguen actuando como en el pasado, dirigiéndose a las masas. Mientras, triunfa la comunicación a través de las redes sociales, en la que siempre, aunque el destinatario sea múltiple, hay interacción bidireccional del emisor y el receptor como individuo.

No obstante, pese a esta evolución social que nos lleva a plantear un nuevo modelo de revolución o de evolución, comparto con el filósofo Zygmunt Bauman (premio Príncipe de Asturias 2010 y conocido por su concepto del mundo líquido, es decir, en constante movimiento) que falta conceptualizar una ideología nueva que dote de contenido y sentido a las grandes líneas de este movimiento que clama por una democracia real ya.

Trotskismo, marxismo y guevarismo, suenan ya a románticos rockeros del pasado. Y es que, irremediablemente, El Chef ha muerto.

(Las fotos de este post son de Jordi Navarro, autor también de la novela Las cinco muertes del barón airado)

Una visita a México me ha permitido (re)descubrir a Paco Ignacio Taibo I como escritor gastronómico. Nació en Gijón en 1924 y en los años 50 se refugió en México donde continuó con su carrera como periodista y escritor.

Fue el encargado de poner en marcha la página de Cultura del diario mexicano El Universal, en la que firmaba un artículo gastronómico semanal denominado “La caldera del diablo”. Fue miembro de la Sociedad Mexicana de Gastronomía y Enología y escribió seis ensayos gastronómicos, entre ellos, Breviario de la fabada (el único que ha sido publicado en España) y Encuentro de dos fogones, un excelente relato histórico sobre el encuentro de la cocina prehispánica y la española hasta confluir en lo que es la cocina mexicana actual.

Los libros gastronómicos de Paco Ignacio Taibo I están descatalogados, pero en la biblioteca de la Fundación Herdez de la Ciudad de México tuve la oportunidad de leer algunos de ellos.

El libro de todos los moles fue el que elegí antes de irme a Puebla, la ciudad a la que se le atribuye la invención del mole , una salsa densa en la que se combinan múltiples ingredientes, entre ellos el chocolate y varios tipos de chile, así como frutos secos, y a la que iba a hablar de periodismo gastronómico durante la VIII Bienal de Comunicación Iberoamericana.

Y antes que un libro de recetas, me encontré con un análisis histórico y antropológico escrito con mucha ironía.

Paco Ignacio Taibo comienza diciendo que “el mole, como casi todas las cosas esenciales, ya estaba inventado cuando lo inventaron”.

Y lo demuestra analizando desde el punto de visto histórico la leyenda que sitúa su origen en el convento de Santa Rosa en 1680, pese a que el susodicho convento se fundó ya en el siglo XVIII.

Denuncia la ligereza con la que se hace historia sobre la gastronomía y tajantemente asegura:

“digo con toda certeza que no fue un virrey ni un arzobispo, ni un santo, ni señor alguno el que probó por vez primera el mole, sino una mujer cualquiera y a eso me atengo de ahora en adelante”.

Una vez más, señores: El Chef ha muerto.

Uno siempre vuelve a los clásicos. Hoy me ha dado por «El largo adiós» de Raymond Chandler. Esta vez lo he leído a través de sus diálogos, en los que se deslizan frases lapidarias y pensamientos inteligentes, sarcásticos y frescos. Del ahora.

Aquí van algunos:

“Mi tipo de orgullo es diferente. Es el orgullo de un hombre que no tiene nada más”.

“Me dedico a matar el tiempo, pero le cuesta morirse”.

“La mayoría de la gente utiliza la mitad de su energía en proteger una dignidad que nunca ha tenido”.

“Tuve la suerte que sólo se consigue cuando te despreocupas”.

“No hay trampa más mortal que la que se prepara uno mismo”.

Y de los pensamientos vitales a la gastronomía, porque esta novela también es negra y gastronómica, como El Chef ha muerto:

“Fuimos a un drive in donde preparaban unas hamburguesas que ni siquiera sabían como algo que un perro estuviera dispuesto a comerse. Hice que Terry Lennox ingiriese un par y las rociara con una cerveza”.

Y como esto no funcionó, el propio Marlowe cocinó un par de huevos revueltos con beicon, café y tostadas a Lennox. Eso que sólo hace un amigo para hacerte despertar de un mal sueño.

Y el gimlet como fetiche:

“Un verdadero gimlet es mitad ginebra y mitad Rose’s Lime Juice, y nada más. Los martinis no tienen nada que hacer a su lado”.

El humor, no falta:

«-¿Cómo le gusta el té, señor Marlowe?

-Tal como sale de la tetera».

Y tampoco la relación íntima de Marlowe con el café:

 “Fui a la cocina a hacer café. Fuerte, amargo, ardiente, cruel, depravado. El fluido vital de las personas cansadas”.

Ni la crítica demoledora:

“Los americanos se comen cualquier porquería con tal de que esté tostada, sujeta con un par de mondadientes y se le salga la lechuga por uno de los lados, mejor aún si está un poquito lacia”.

Un adiós que nunca acaba: Raymond Chandler.

 

Ayer fue la presentación de El Chef ha muerto en La Central de Barcelona y el lujazo, además de la gente que vino, entre ellos mis colegas Xavier Agulló y Carlos Rondón que venían dandole vueltas al COOKCIRCUS, fue Joan Roca.

Siempre pensé que Joan era el cocinero poeta y ayer lo confirmé. Me dejó embelesada con su relato sobre nuestra amistad y sobre sus emociones con la novela.

Dijo que la novela le atrapó desde el principio y que entre líneas descubre las entrañas de la alta gastronomía. Que saboreó las descripciones de los platos y de los vinos. Que disfrutó reconociendo entre líneas los paralelismos con la realidad del mundillo de la alta gastronomía. Que le fascinó el investigador Ven Cabreira: “un tipo entre Torrente, Carvalho y Colombo”. Y que sólo esperaba que la próxima novela no fuera sobre el asesinato del segundo mejor cocinero del mundo 🙂

Y para acabar un maridaje canalla y vengativo en mesa de alta cocina: Pulpo en salpicón y empanada de pulpo con gin-tonic y mucho cava.

Gracias a todos y especialmente a Maria Calabuig por su Fever Tree, a A Ruta Gallega por su empanada, a Virginie por la cariñosa acogida en La Central y a Diana Fyss de Zazie’s bag por sus fotos (la que aparece en la solapa del libro y las de la presentación) y por su trabajo en la organización de este sueño hecho realidad.

Nota de prensa de la presentación.

La novela negra me parece el mejor género para entender la sociedad. En un viaje a China me llevé «Muerte de una heroína roja» de Qiu Xiaolong y fue toda una revelación. Entendí lo que eran los cuadros del partido. Y, por supuesto, fue una de las mejores fuentes de información gastronómica.

El inspector jefe Chen Cao es un gourmet de tomo y lomo. Nada que ver con Ven Cabreira de «El Chef ha muerto«. Y lo demuestra nada más comenzar la novela con uno de los platos más exquisitos y enrevesados de la cocina china: el pollo al mendigo, una receta que se supone que nació «cuando un mendigo cocinó un pollo envuelto en hojas de loto y arcilla enterrándolo en un lecho de brasas».

Y de ahí, a la realidad del día a día. El desayuno en familia: «sopa de fideos con carne y unas cuantas cebolletas». Dim sum callejeros y fideos, más fideos.

Con esta novela aprendes que la denominación genérica «té» es vacía: para cada momento hay un té. Y no sólo hay variedades (Oolong o Wulong, la favorita del inspector), sino también de servirlas, como el té gongfu, propia de «sibaritas».

También se aprende algún truco para mantener los cangrejos de río bien alimentados hasta su muerte. Conservarlos en cubos llenos de sésamo. «Así no pierden peso. Es un alimento muy nutritivo para ellos» (punto perverso que tiene la cocina).

La novela transcurre en Shanghai, pero también corren por ella aires de otras regiones de china, como de Guangzhou, conocida por «su imaginación desbordante: sopa de serpiente, estofado de perro, salsa de sesos de mono, … o platos preparados a base de gato salvaje o rata de bambú. Con los animales vivos expuestos en las jaulas, los clientes no tienen dudas acerca de la calidad de sus platos».

Los nombres de los platos chinos, esconden siempre leyendas. Como los fideos Cruzando el puente de piedra o Batalla de tigre y dragón. Atemporales, pero efectivas y literarias. Legado de una rica cultura de tradición oral.

Anoche vi en La 2 el documental sobre Álvaro Cunqueiro. Siempre creí que sus escritos gastronómicos recogidos en La cocina cristiana de Occidente eran eruditos y que mostraban su sabiduría culinaria. Se me había pasado por alto lo más importante. En estos escritos, la gastronomía es sólo una excusa.

En este libro, editado en 1969 y en el que recoge «sin orden ni concierto» artículos de diferentes épocas de su vida, hay escritos incontenibles en los que lo importante es el viaje transversal a la literatura o a la historia o a la crítica social.

En «Habrá humanos supervivientes» hace una crítica severa a la censura con la excusa gastronómica. Según Cunqueiro, el último reducto de la libertad y la imaginación será «un puñado de gourmets dilucidando (…) el vino que les va a unas ostras de Arcade, y si el cantarelo cocido al vapor del champán tolera o no el ajo y el perejil». Y esto no es una disyuntiva superficial sino una metáfora porque por mucho que se coarte la imaginación y la libertad, siempre se puede pensar en lo que se quiere o puede comer.

Esta libertad también lleva al viaje, sin salir de la copa. En «Saludando el Canarias» vuela sólo con un vino hasta Icod de los Vinos, el pueblo en el que viví durante años, conocido por el drago milenario (aquel árbol que salía al lado de la cara de Galdós en los billetes de mil pelas).

El vino canario es excusa para repasar la obra shakesperiana en donde se halaga una y otra vez el vino de Icod, pero, sobre todo, para recordar que la Atlántida, la isla de la sociedad ideal, del conocimiento, se perdió «en un triste día y en una larga noche».

Y esta noche, Cunqueiro se ha ganado la etiqueta de «canalla», no sólo por astuto, sino también por fabulador y esas 8.000 pesetas que le cobró al Gobierno francés con la promesa de cambiar su imagen en la prensa española y que, por supuesto, nunca cumplió.

Por cierto, aquí está el artículo en el que Gabriel García Márquez denominó las descripciones gastronómica de Cunqueiro como «delirios de gallego». Fue publicado en El País el 11 de mayo de 1983.

Si hay un autor de novela negra gastronómica ese es Manuel Vázquez Montalbán (MVM). Lo leí tarde, al borde del cambio de siglo, cuando me empecé a aficionar vorazmente por la gastronomía. Comencé con «Los pájaros sobre Bangkok» y después devoré todo hasta «Milenio Carvalho». Y su obra, más que inspirarme a comenzar a escribir (con eso ya contaba desde mi adolescencia gótica y Edgar Allan Poe), siempre me llevó a viajar. De hecho, sigo teniendo pendiente el Singapore Sling en el Hotel Raffles de Singapur.

Del primer libro (Rumbo a Kabul) recuerdo los sabores italianos con los que comienza: bucatini a la grigliagnocchi alla romana. Entre cucharada y cucharada aparece Carlo Petrini -cuando en España aún no lo conocíamos- hablando de la defensa de la vaca chianina. Todo un visionario, MVM. 

De Turquía se me quedó el sabor de los corazones de alcachofa o lakerda y el anisado del raki. De Rusia, la mafia del caviar me llevó a pensar en la comida ilegal. De la India me quedé con la fascinación por sus panes: chapati, nan y paratha.

En la segunda entrega «Milenio Carvalho. En las Antípodas» se queda en mi memoria la experiencia de Biscuter como cocinero en un crucero. Sus platos catalanes y su pericia para dar la vuelta a unas sobras.

El chimichurri y el asado, la feijoada y hasta el cus cus. Pero, sobre todo, el aroma del cilantro en los mercados de Tailandia.

Habrá que desayunar como un rey y tomar el primer avión hacia Bangkok.