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David Torres Yanet Acosta

Hoy es el Día del Libro, el día en el que celebramos las letras y muchos tenemos la costumbre de regalar libros y, también, de recomendar. Ha coincidido así, pero acabo de terminar de leer dos libros que me parece genial compartir un día como hoy. Todos los buenos soldados por ser novela histórica aderezada con el suspense e investigación de algunos asesinatos entre militares durante la olvidada guerra española en Sidi Ifni y La sombra de Caín por ser un libro de relatos en los que la venganza que no hay en la Tierra se hace a través de las letras.

David Torres es uno de los grandes narradores del momento en España. Como muestra un botón y aquí les dejo el comienzo de un capítulo de Todos los buenos soldados que fue de los que más disfruté gracias a esa fuerza narrativa:

El toque de diana sorprendió al sargento Armendáriz rascándose los huevos. No había mucho que rascar después de medio siglo de madrugones con resaca. Tosió, gargajeó y blasfemó, por ese orden, hasta dar con el paquete de tabaco al lado de la almohada. Extrajo un cigarrillo a tientas y acertó a clavarlo en la boca antes incluso de abrir los ojos. Luego parpadeó con esfuerzo, gargajeó un poco más, se sentó en el borde de la cama y exhaló el saludo ritual de todas las mañanas:

—Me cago en mi puta vida.

David es además un aficionado a la cocina.  Su restaurante favorito es Viridiana de Abraham García en Madrid y sobre comida y restaurantes puede hablar un rato largo. Sin embargo, en esta novela de militares en el desierto del Sáhara Occidental, no habla ni de un mal rancho. Solo bebida, alcohol que sube rápido a la cabeza y que actúa como matarratas. Y es que esta novela es una historia de fantasmas y los fantasmas no comen, solo tragan.

El fantasma de Gila es el primero que aparece, pero que lejos de protagonizar la historia actúa como un recuerdo más de lo que fue el régimen de Franco para los que “estaban en el bando equivocado”. Los fantasmas de los militares “más bravíos”, los legionarios, los fantasmas de los “enemigos”, los fantasmas de una colonia como el Sáhara Occidental y los fantasmas de una Guerra Civil demoledora de la que aún hablamos con tapujos.

Entre todos esos fantasmas, solo una mujer, Adela, que lleva la apariencia más fantasmal por simbolizar el resultado de una guerra.

Unos turrones y unos polvorones enviados como “regalo” por madrinas son el único alimento que se menciona en esta novela, para recordar nuevamente lo ajena que estaba la población y esas mujeres de una guerra entre el calor y el polvo.

la sombra de caín alejandro pedregosa

En La sombra de Caín, Alejandro Pedregosa tampoco deja comer. En sus relatos, sus personajes solo aplacan la sed con ribeiro y sangría, pero el lector sacia el hambre con  un banquete de venganza y justicia hecha por la gente sencilla, a la que nunca nadie le da la razón.

¡Salud y Feliz Día del Libro!

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La poeta Olaia Pazos lee en El Dinosaurio todavía estaba allí

El Día del Libro me gusta celebrarlo paseando, viendo, ojeando y escuchando. Así que primero me paseé por el centro de Madrid (Gran Vía, Callao y Sol). Puestos en la calle, pocos mirando y menos comprando.

¿Es la crisis económica o es la crisis del libro? ¿O son las dos?

La noche la pasé en la Librería Burma, y allí, aunque menos movidos que el año pasado, sí que se vendían, sobre todo, cómics y novelas gráficas.

Y más tarde me fui a El Dinosaurio todavía estaba allí. Lecturas de poemas y de relatos cortos. Una gran parte de los participantes eran escritores y poetas publicados. Y una gran parte de los espectadores, también eran escritores y poetas publicados.

Allí se venden libros, pero anoche, se vendieron sobre todo cervezas. Y los poemas y relatos se leyeron casi todos sin papeles, desde el móvil.