Archivos de la categoría ‘El Chef ha muerto’

El 18 de octubre de 2003 murió Manuel Vázquez Montalbán en Bangkok (Tailandia). Con su muerte, también nos quedamos sin Pepe Carvalho. Muchos recordamos esta fecha con total precisión, como si fuera un día señalado por un golpe de Estado o algo así.

Ese día estaba en casa bajo mínimos, atacada por un cólico nefrítico, aferrada a un libro de Carvalho para olvidarme del dolor: Los pájaros de Bangkok.

Hoy, cinco años después, algunos queman libros en su memoria. Yo prefiero brindar. Y hoy con Singapur Sling, una mezcla de ginebra, licor de cereza, zumo de limón y soda. La leyenda dice que este cóctel se creó en el hotel Raffles de Singapur a manos de un barman chino durante la Primera Guerra Mundial. También cuenta que Joseph Conrad y el también novelista William Somerset fueron hasta Singapur, sólo por tomar este cóctel. Pero todo esto da igual, lo importante es que Pepe Carvalho lo disfrutó, sobre todo, en Bangkok.

Quizás por eso, los primeros sorbos transmiten pura melancolía.

Singapur Sling

Ingredientes

6 partes de ginebra

2 partes de brandy de frambuesa

2 partes de zumo natural de limón

1 cucharada de granadina

Soda

Preparación

Mezclar en una coctelera con hielo todos los ingredientes, excepto la soda. Después de agitar bien, servir en una copa que se completa rellenando con soda.

 

 

 

Hay muchos tipos de viaje y casi todos dependen más de quién los haga que del lugar que se visita. Si el que viaja es un turista, en cuanto llega a un destino sólo está pensando en regresar, porque echa de menos su comida, su cama, su casa, sus amigos. Si el que lo hace es un viajero, huye de su realidad y no le importa cuándo regresar, porque realmente no tiene muchas ganas de volver al lugar del que huyó. Y si el que viaja es un canalla, sólo va a golpe de impulso experimentando su misma realidad en todos los lugares que visita. En Ciudad de México, es fácil que el canalla se encuentre con una prima que no conoce, pero con la que conecta como si se conociera de hace años, gracias al tequila y a la mucha cumbia. Por Puebla, lo más normal es que, a falta de amigos y de dinero, termine con algún taxista de marcha, quien ni siquiera le cobra la carrera de vuelta a su hotel. Lo más habitual es que, en plan canalla, sienta que todo le lleva a Lima y, allí, se encuentre con una antigua compañera de trabajo de fuertes convicciones evangelistas. Y lo lógico es que tenga que buscar hotel, porque la canallesca es darwinista. En Miraflores, en la barra de un bar, un canalla puede encontrar a otro y dejarse guiar por sus recomendaciones. Y es así como acaba haciendo un trekking de alta montaña sin tener siquiera ropa de abrigo. En un mercado de copias chinas, un canalla puede encontrarse con más canallas que le venden por lo que quiere lo que necesita y encima termina de marcha con el que le ha engañado en cualquier discoteca para cusqueños en la que no cabe un alfiler. Para el camino, unas botas sin gore tex y una chaqueta totalmente permeable. Debajo de la chaqueta, camiseta de tirantes. Bajo las botas, medias y uñas de rojo. En el camino, pocos grados de temperatura y mucha fuerza de voluntad. Y es que los canallas es lo que más tienen. Fuerza de voluntad para llegar adonde quieren. Por curiosidad. Por saber algo más. Después de alcanzar Machu Picchu, un canalla se toma una botella de pisco en un bar para locales en las afueras de una ciudad turística. Y es que esa era, de verdad, su meta. Llegar donde otros no llegan tan fácil. Al corazón de otros lejanos canallas. El canalla a veces se deja llevar por la infancia y le da por ir al “Titicaca”, el sitio que le hacía reír cuando estudiaba en Primaria. Y de allí, de un brinco a Bolivia, porque está leyendo un libro sobre el Ché, que resulta ser su guía. Y en Bolivia, más que canallas, hay cabreados hostiles, difíciles de convencer en la barra de un bar. De desiertos, altiplanos, montañas, frío y polvo, el canalla se cansa y se le ocurre hacerse un regalo: Brasil. Y un canalla termina por parar en un hostal donde se encuentra con otros canallas. Y se ve a sí mismo. Y en la playa siente frío. Han pasado casi tres meses. Es tiempo de volver y escribir otra novela: Billete de vuelta. Con Ven Cabreira.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

El 9 de octubre de 1967, a la 1.10 de la tarde, en la escuelita de un pequeño pueblo boliviano llamado La Higuera, murió Ernesto Guevara, también conocido como el Che. Ahora, 47 años después, este pueblo enclavado en una árida y escarpada sierra, sigue siendo casi igual de inaccesible que entonces. Doce horas de conducción desde Sucre por carreteras de tierra (algunas de ellas destruidas por riadas), se puede llegar a lo que ya han bautizado para los turistas, mitómanos y curiosos como “La ruta del Che”. En el pequeño pueblo todas las casas tienen la cara del Che dibujada. En los dos albergues y en el único bar-venta (o chigre como dirían los asturianos), también está su foto. Una escultura enorme con la mano alzada con un cigarro puro entre los dedos y un busto tremendo al lado de una cruz, en medio de la plaza. En una esquina, la nueva escuelita. Originalmente era de barro, pero se demolió y ahora está construida en ladrillo. Ya no es escuela, sino un mini-museo para recordar al personaje. Mari vive al lado, en una casa de adobe. Con un niño colgado de la teta, abre la puerta del mausoleo-museo y cobra los diez bolivianos (un euro y medio aproximadamente) por entrar. Frases de turistas, forofos y admiradores están pegadas en las paredes, junto con copias de fotos y de mapas de los militares bolivianos, que con la ayuda de los ranger americanos dieron caza al Che. Desde La Higuera se puede observar la amplitud de esta sierra boliviana atravesada por el río Grande. También se puede casi atisbar el cañón donde fue apresado el Che por casualidad, el Yukos. Cuenta la historia, que tras escapar con un guerrillero con una herida en el pie y tras remontar una colina se encontró de bruces con dos militares bolivianos y uno americano que cuidaban un mortero. El guerrillero tuvo que anunciar a quién llevaba a rastras: “¡Carajo, este es el comandante Guevara y lo van a respetar!”. Pero el respeto es un bien preciado, casi más que la vida. El Che escribió en sus diarios durante la revolución cubana: ”En este afanoso oficio de revolucionario, en medio de luchas de clases que convulsionan el continente entero, la muerte es un accidente frecuente”. En sus diarios de Bolivia, escribió: “He llegado a los 39 y se acerca inexorablemente una edad que da qué pensar sobre mi futuro guerrillero; por ahora estoy entero”. Y así murió, con entereza. Según la biografía escrita por Paco Ignacio Taibo II (y que ha sido mi guía de viaje desde México hasta Bolivia, donde concluí su lectura) antes de morir alentó al propio militar al que dijo: “Póngase sereno, usted va a matar a un hombre”. Lo que no sabía el militar que lo mató es que hizo nacer con más fuerza un mito. Un mito que se refleja en gorras, pantalones, tatuajes y en fotos que cuelgan de casas, como la estampita de un santo. 44 años después, unas niñas bolivianas me preguntan si el libro que llevo en las manos es una biblia. Y es que además de lo voluminoso de su biografía, quizás haya algo de eso. Y sólo es ya un nombre del que se olvidaron sus predicaciones. Tras el paseo por la Higuera, es inevitable tener la boca seca. Toca tomar una cerveza. En la venta-bar-chigre me dan una lata. Les pido alguna “fría”. “Señora, no hay”. “¿No funciona la fresquera?”. “Es que no hay electricidad”. “Ah…¿y desde cuándo?”. “Hace más de un mes”. “Ah…, ¿y no han pedido que la arreglen?”. “Bueno, ya sabe”. Y mientras en La Higuera esperan, en Valle Grande, donde fue enterrado en una fosa común, de la que se extrajeron los restos en el año 1997 para ser trasladados hasta Santa Clara en Cuba, organizan un encuentro de expertos para conmemorar el aniversario de la muerte del Che, en medio de un país convulso unido por la lucha contra la carretera que quiere atravesar el TIPNIS. Cualquier detalle de la vida del Che puede ser revelador. Para mí, también lo ha sido desde la comida. Sus ataques de asma le impedían comer desde que era niño, pero cuando estaba bien devoraba. Alguna vez intentó hacer un asado argentino, pero hasta él mismo admitía que no era lo suyo. En su vida de guerrillero, la lata de leche condensada no lo abandonaba, pero tampoco el café amargo, ni el mate, que su tía Beatriz incluso conseguía enviarle desde Argentina hasta la Sierra Maestra. Días sin comer y de un desgaste físico y psicológico atroz, eran seguidos de comilonas de puerco asado con maíz, que suponían la indigestión total para la tropa. En Bolivia, el charque (carne seca al sol) y sus gusanos, eran uno de los platos principales, junto con la carne de los caballos que irremediablemente tenían que sacrificar para combatir el hambre. Un ejemplo de fortaleza. Y sea como sea, la fortaleza de este hombre, como la de Gandhi a quien admiraba pero con quien no compartía la no-violencia (según el Che en América Latina era imposible hacer una revolución sin armas) sigue siendo inspiradora. Confío en que la Historia nos provea de nuevos “mitificables” que prediquen con la acción, porque, irremediablemente, el Che ha muerto.

(Actualizado el 8 de octubre de 2014)

Misturando en Perú

Publicado: 13/09/2011 en Chefs, El Chef ha muerto

En Lima sólo se hablaba de Mistura, la feria gastronómica que atrae a miles de peruanos a probar platillos de su cocina y a algunas decenas de cocineros de Latinoamérica y de Europa, preferentemente España, para hablar de cocina a futuro.

Mistura es popular. En mesas de plástico y en el césped del parque donde se celebra, los visitantes se sientan a probar lo que más desean, tras alguna espera durante las horas punta.

En los carteles de los puestos, un mar de nuevo y rico léxico con el que necesitaría toda una vida para familiarizarme. Así que lo importante, la esencia. Y esa es, en Perú, la mezcla, es decir, la mistura.

Por eso los cocineros latinoamericanos se han reunido por primera vez en Lima en el contexo de Mistura para pregonar que «Latinoamérica tiene mucha salsa», con el objetivo de que la población se sienta orgullosa y confiada en el futuro.

El cocinero peruano Gastón Acurio pidió unidad entre los cocineros como fundamento a este movimiento que se inicia y que busca la evolución económica y social con la gastronomía como excusa.

Para Gastón Acurio liderar esta revolución es su misión.

Los cocineros, y, especialmente Gastón Acurio en Perú, ya no son sólo cocineros. Una vez más, lo vuelvo a pensar: El chef ha muerto.

Una visita a México me ha permitido (re)descubrir a Paco Ignacio Taibo I como escritor gastronómico. Nació en Gijón en 1924 y en los años 50 se refugió en México donde continuó con su carrera como periodista y escritor.

Fue el encargado de poner en marcha la página de Cultura del diario mexicano El Universal, en la que firmaba un artículo gastronómico semanal denominado “La caldera del diablo”. Fue miembro de la Sociedad Mexicana de Gastronomía y Enología y escribió seis ensayos gastronómicos, entre ellos, Breviario de la fabada (el único que ha sido publicado en España) y Encuentro de dos fogones, un excelente relato histórico sobre el encuentro de la cocina prehispánica y la española hasta confluir en lo que es la cocina mexicana actual.

Los libros gastronómicos de Paco Ignacio Taibo I están descatalogados, pero en la biblioteca de la Fundación Herdez de la Ciudad de México tuve la oportunidad de leer algunos de ellos.

El libro de todos los moles fue el que elegí antes de irme a Puebla, la ciudad a la que se le atribuye la invención del mole , una salsa densa en la que se combinan múltiples ingredientes, entre ellos el chocolate y varios tipos de chile, así como frutos secos, y a la que iba a hablar de periodismo gastronómico durante la VIII Bienal de Comunicación Iberoamericana.

Y antes que un libro de recetas, me encontré con un análisis histórico y antropológico escrito con mucha ironía.

Paco Ignacio Taibo comienza diciendo que “el mole, como casi todas las cosas esenciales, ya estaba inventado cuando lo inventaron”.

Y lo demuestra analizando desde el punto de visto histórico la leyenda que sitúa su origen en el convento de Santa Rosa en 1680, pese a que el susodicho convento se fundó ya en el siglo XVIII.

Denuncia la ligereza con la que se hace historia sobre la gastronomía y tajantemente asegura:

“digo con toda certeza que no fue un virrey ni un arzobispo, ni un santo, ni señor alguno el que probó por vez primera el mole, sino una mujer cualquiera y a eso me atengo de ahora en adelante”.

Una vez más, señores: El Chef ha muerto.

El restaurante elBulli cerró el pasado 30 de julio. En la prensa se repitieron los mismos titulares durante semanas: «Adiós a elBulli», «elBulli sube a los cielos», «elBulli ya se transformó en mito» (desafortunada coincidencia con la muerte de Amy Winehouse). Pero, entre ellos, el titular más popular fue el que hacía alusión al biblíco momento de «La última cena», celebrada el mismo día del cierre.

Y como en la última cena, en la de elBulli, también asistió un Judas: las redes sociales. En Twitter los cocineros y los propios invitados se encargaron de desvelar el misterio y de añadir picante cuestionando las ausencias entre los agraciados con la celebración del mítico cierre del que fue el mejor restaurante del mundo.

Unos días antes, en una entrevista que Ferran Adrià me concedió para la revista brasileña Status, me aseguraba que a esta cena estaban invitados familiares y amigos. Y no quiso entrar en más detalles. Pero gracias a Twitter, el secretismo sucumbió.

Aquí la comanda de un invitado (ignoro si familiar o amigo) con sus 48 platos (incluida la espuma de humo que lo hizo famoso y el melocotón melba de cierre y homenaje a Escoffier):

Y es que las redes sociales volvieron a ganar esta partida. En ellas se pudo encontrar más documentación que en cualquier artículo de prensa sobre este momento que algunos padecieron como tragedia bíblica y otros como una fiesta que acabó a las tantas en las aguas de la cala Montjoi.

En Twitter se prodigaron fotos de los platos, de las mesas, de los manteles firmados, de los invitados, del pastel y de las comandas. Con aumentar un poco esta foto que acompaña el post y que difundió René Redzepi podemos saber que N. Rothschild  no es amante del cilantro y que prefiere prescindir del alcohol.

Con esto a uno le da por pensar que es tiempo de replantearse la esencia de profesiones como periodistas, investigadores privados…

Y tras la última cena, cuando ya sólo cabe la resurrección, es momento de proclamar que «El Chef ha muerto»: Para volver a construir, primero habrá que deconstruir.

¡Gracias Ferran!

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Ha sido como cerrar un círculo. Fui a la Semana Negra por primera vez en 2008 porque el periodista de Reuters, Martin Roberts, me convenció. Allí conocí al escritor argentino Ernesto Mallo, que me convenció de que escribiera esa historia que tenía en la cabeza hacía tiempo. Y ellos han sido, junto con Marcos Morán, el representante de tradición y vanguardia y el heredero de la receta de la mejor fabada (plato fetiche en mi novela) con quienes presenté El Chef ha muerto en la Semana Negra de Gijón.

Me quedo con algunas de sus palabras: «Una novela obscena, irónica y divertida», dijo Mallo. «Unos personajes que quieren continuidad», dijo Roberts. «Tan fácil de leer para la gente del gremio como para los que no, un amigo informático me la robó y lo flipó», dijo Morán.

Me sonrojaron los halagos de los tres. Marcos Morán dijo que los platos inventados que salen en la novela le están inspirando (Guau!). Martin Roberts insistió en que espera la continuidad de Ven Cabreira y Lucy Belda. Ernesto Mallo fue tajante: «Tienes que apostar y seguir escribiendo».

Y de ahí a las preguntas de los compañeros de la prensa, entre las que destaco la más sorprendente, la de Sergio Vera: «¿Tienes pecas en el escote?». Y me tuve que mirar. Y sí, pero muchas menos y peor colocadas que Lucy Belda (la inquietante periodista de El Chef ha muerto), con cuya melena sólo Tristante es capaz de competir (quien, por cierto, también tiene pecas en el pecho).

Otra pregunta fue la de Olaya Pena de la Nueva España: ¿Pero se puede hacer una novela gastronómica? Una no, mil. Y aquí está el texto. Pero, ¿sólo va de restaurantes de alta gastronomía? Aquí la respuesta. Y la periodista Laura Muñoz me preguntó que cómo hago para despertar el apetito con la novela. Lo bueno es que no engorda…

Con Paula Corroto de Público seguimos comentando que «Las chicas también disparan«. Charlé también con la periodista Alicia Álvarez de la Cadena Ser, aunque fui yo la que acabó con una pregunta: ¿Pero tú no serás de Pauline en la playa? Y sí.

Y de las preguntas, respuestas y charlas a los momentos que hacen que este encuentro sea único. Una cena de pixin con Alfonso Mateo-Sagasta, Marina, Ernesto y José Ramón. Un taxi compartido con Rosa Montero. Una persecución fratricida de cochitos de choque entre insignes escritores negros. Unos botellines con Kike Ferrari. Unas risas con Daniel Vázquez Sallés. Un gesto de Willy Uribe gracias al que me evité una caminata. Una carcajada compartida con Cristina Fallarás. Una acogida sonriente de la Generación Torrezno (Juan Ramón Biedma, Pedro de Paz, Carlos Salem y Jerónimo Tristante). Un trago de mate frío hecho por Raúl Argemí.

Un intercambio de firmas con Diego Ameixeiras. Gitanas regalando romero y pronosticando suertes. Un caña con Paco Gómez-Escribano. Una pizza con Olivier, Vanessa y su niña. Un gin-tonic con Jason Goodwin . Un nuevo proyecto criminal con Marc Fernandez (Crimen a la una de la tarde, justo cuando comienza el hambre). Paco Camarasa y su Negra y Criminal. Un abrazo entre paisanos con 23escalones y sus autores.Y unos whiskies hasta las mil con un grupo de «jóvenes» poetas (entre ellos Carmen Moreno) y novelistas, entre ellos, Juan Madrid, el que nos hizo crecer con Brigada Central. Y con el que seguimos creciendo. Fue él quien nos dijo que un poeta no era más que «un decorador de interiores que usa las palabras como armarios».

Y fue Juan Madrid quien nos dio la bienvenida sarcástica que nos merecemos mientras brindábamos con más whisky:

«Bienvenidos a Chipre»

Esto es la Semana Negra, y que continúe por mucho tiempo!

Uno siempre vuelve a los clásicos. Hoy me ha dado por «El largo adiós» de Raymond Chandler. Esta vez lo he leído a través de sus diálogos, en los que se deslizan frases lapidarias y pensamientos inteligentes, sarcásticos y frescos. Del ahora.

Aquí van algunos:

“Mi tipo de orgullo es diferente. Es el orgullo de un hombre que no tiene nada más”.

“Me dedico a matar el tiempo, pero le cuesta morirse”.

“La mayoría de la gente utiliza la mitad de su energía en proteger una dignidad que nunca ha tenido”.

“Tuve la suerte que sólo se consigue cuando te despreocupas”.

“No hay trampa más mortal que la que se prepara uno mismo”.

Y de los pensamientos vitales a la gastronomía, porque esta novela también es negra y gastronómica, como El Chef ha muerto:

“Fuimos a un drive in donde preparaban unas hamburguesas que ni siquiera sabían como algo que un perro estuviera dispuesto a comerse. Hice que Terry Lennox ingiriese un par y las rociara con una cerveza”.

Y como esto no funcionó, el propio Marlowe cocinó un par de huevos revueltos con beicon, café y tostadas a Lennox. Eso que sólo hace un amigo para hacerte despertar de un mal sueño.

Y el gimlet como fetiche:

“Un verdadero gimlet es mitad ginebra y mitad Rose’s Lime Juice, y nada más. Los martinis no tienen nada que hacer a su lado”.

El humor, no falta:

«-¿Cómo le gusta el té, señor Marlowe?

-Tal como sale de la tetera».

Y tampoco la relación íntima de Marlowe con el café:

 “Fui a la cocina a hacer café. Fuerte, amargo, ardiente, cruel, depravado. El fluido vital de las personas cansadas”.

Ni la crítica demoledora:

“Los americanos se comen cualquier porquería con tal de que esté tostada, sujeta con un par de mondadientes y se le salga la lechuga por uno de los lados, mejor aún si está un poquito lacia”.

Un adiós que nunca acaba: Raymond Chandler.

 

Ayer fue la presentación de El Chef ha muerto en La Central de Barcelona y el lujazo, además de la gente que vino, entre ellos mis colegas Xavier Agulló y Carlos Rondón que venían dandole vueltas al COOKCIRCUS, fue Joan Roca.

Siempre pensé que Joan era el cocinero poeta y ayer lo confirmé. Me dejó embelesada con su relato sobre nuestra amistad y sobre sus emociones con la novela.

Dijo que la novela le atrapó desde el principio y que entre líneas descubre las entrañas de la alta gastronomía. Que saboreó las descripciones de los platos y de los vinos. Que disfrutó reconociendo entre líneas los paralelismos con la realidad del mundillo de la alta gastronomía. Que le fascinó el investigador Ven Cabreira: “un tipo entre Torrente, Carvalho y Colombo”. Y que sólo esperaba que la próxima novela no fuera sobre el asesinato del segundo mejor cocinero del mundo 🙂

Y para acabar un maridaje canalla y vengativo en mesa de alta cocina: Pulpo en salpicón y empanada de pulpo con gin-tonic y mucho cava.

Gracias a todos y especialmente a Maria Calabuig por su Fever Tree, a A Ruta Gallega por su empanada, a Virginie por la cariñosa acogida en La Central y a Diana Fyss de Zazie’s bag por sus fotos (la que aparece en la solapa del libro y las de la presentación) y por su trabajo en la organización de este sueño hecho realidad.

Nota de prensa de la presentación.

Esta tarde a las siete en La Central de Barcelona (C/Mallorca, 237), el cocinero Joan Roca de El Celler de Can Roca presenta «El Chef ha muerto».

Es como el chupinazo sanferminero: presentar una novela negra gastronómica en una ciudad de chefs y gourmets. Y en una ciudad de amantes de la literatura negra y de escritores que introdujeron este género en España, como Manuel Vázquez Montalbán, Andreu Martín, Francisco González Ledesma.

Y por respeto, esta mañana me he paseado pidiendo permiso al espíritu de Vallvidrera, donde vivía Carvalho.