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Rafael Chirbes escribió de gastronomía en el diario El País y en la revista gastronómica Sobremesa, de la que fue director. Pero sobre todo fue un “gourmet” de la literatura, de la pintura, de la música y de la gastronomía. Y esto se nota en Crematorio, un novelón que ha sido la base de una de las mejores series de televisión en España.

En Crematorio, este autor fallecido en 2015, nos da un menú de lo más amplio de grandes citas literarias, canciones y obras de la música clásica, cuadros y piezas arquitectónicas. Sin embargo, nada obstaculiza la lectura rápida de sus más de 400 páginas en las que narra tan solo unas horas. Desde que muere Matías, el hermano progre del protagonista, Rubén, un arquitecto metido a constructor en la costa Mediterránea que ha ganado tanto dinero como delitos urbanísticos y de otro tipo ha cometido.

El dinero hace al gourmet, y el arquitecto que en sus comienzos brindaba con sidra El Gaitero con los engañados dueños de las tierras que adquiría, ahora lo hace con champán, no con cava (“Antes decía champán y era cava, o sidra”), con “champán-champán”. Mumm, Roederer, Dom Pérignon, Pommery, Veuve-Clicquot.

El dinero y el tiempo ha sofisticado este país de cemento. Sin embargo, en la comida, los hombres pragmáticos lo continuaron siendo en esos años de bonanza en lo comestible, donde la materia prima era lo principal:

“Rubén, comiendo, discutiendo con unos y con otros, metiéndose gamba en los restaurantes, cigala gigante (en la cigala el tamaño sí que importa, compañero), mero, cordero asado a la castellana regado con vino de la Ribera del Duero en el Asador Granadino, descabezando las gambas hervidas en La Xarxa, pasándose la lengua por los labios, zampando, bebiendo”.

Algo de filosofía culinaria, sin embargo, sí que demuestra este constructor poco habitual por lo leído. Rubén pide verduras y un pedazo de atún a la parrilla e insiste que a la parrilla porque:

“La plancha es sucia, deja olores innobles, achicharra”.

 

Más filosofía se cuela en el pensamiento de la jovencísima novia del constructor, pragmática a su manera:

“A cualquier progresista, a los ecologistas, les parece fatal los cazadores y, en cambio, se muestra como escandaloso que creen preces en cautividad, cuando eso evita en buena parte el expolio marino (…). La pesca reglamentada, con redes, con barcos, con marineros, es pura cacería”.

“Imagínate que tuviéramos que comernos los pollos que Dios o la naturaleza (…) nos dan. Comeríamos pollos una vez cada diez años, y a qué precio (…). Los periodistas escribirían artículos larguísimos en las revistas de gastronomía contándonos la delicadeza, el misterioso sabor de las carnes de pollo, su fragancia, como ahora los escriben en Sobremesa para hablarnos maravillas de esos animales que no aceptan la domesticación, la becada, la perdiz roja, el ortolano”.

Me ha fascinado la forma en la que Chirbes habla del paso del tiempo a través de lo comido y bebido:

“Ya empiezan a ser muchos días arrastrando mis kilos de más, pero también, y sobre todo, son muchos, muchísimos, una infinidad los kilómetros, una infinidad de habanos, de alcohol, toneladas de solomillos, de chuletones y chuletas, e callos bien melosos y picantes, de meros que alguien acaba de sacar del mar, de sabrosas gambas, de langostas a la parrilla o con arroz o a la termidor. Dicen que todo eso, a lo que yo califico de hermosura, pesa como plomo dentro del cuerpo, esa hermosura alimentaria o gastronómica pesa”.

Pero también del paso del tiempo a través de lo gastado en comida:

“Cuesta un dineral que un niño llegue a adulto: toneladas de merluzas, platijas, cazones, lentejas, arroz, garbanzos y todas esas aportaciones de la astucia humana para convertir en apetecible la carne más o menos dudosa: filetes rusos, albóndigas, mortadelas, salamis, supuestas cabezas de jabalí”.

Rubén habla de vino y destaca uno del Ródano: Le Sang des Cailloux y hace mención expresa a Sobremesa y su panel de cata. También habla de otros vinos sin dar marcas, pero todo lo rocía y lo quema con whisky y habanos. Mientras que su hermano Matías, el que yace muerto, el que militó en el PCE, era más de ginebra Larios y Ducados.

El arquitecto culto y viajero y constructor sin escrúpulos deja en la novela su recuerdo del mercado de la Merced en Ciudad de México: “olor a cilantro y a pescado podrido”. Muy distinto es su recuerdo de Roma:

“Comerme unos buenos fetuccini, unos spaghetti alla matricciana, unas sabrosas vísceras (triple al romana) y grasientas piezas animales bien entrampadas (coda a la vacilara) en Checchino; deshuesar un buen pichón en Il Convivio, regarlo con alguno de esos poderosos vinos de Sicilia, vinos de quince grados que te cubren la boca de terciopelo y te encienden la sangre; con algún supertoscano de moda (un Sassicaia, un Ornellaia). Comer, beber, leer y ver arquitectura y pintura”.

El sueño de cualquier gourmet de la cultura: Comer, beber, leer y ver.

 

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Literatura y gastronomía. Sascha Arango En mi afán de encontrar el uso que hacen los escritores de la gastronomía como herramientas para definir personajes me he encontrado con La verdad y otras mentiras, la primera novela del afamado guionista berlinés Sascha Arango. Es una historia con un toque de policial y un estilo (en la primera parte del libro) que podría recordar a Houellebecq y en la segunda al tono de la serie estadounidense Breaking Bad. El autor muestra al protagonista de la novela, Henry Hayden, utilizando muchos recursos, entre ellos, su comida. Siempre que estaba en un restaurante pedía, sin mirar la carta, un filete con patatas. Desde luego, esta forma de comer define a un cretino o a un tipo que se esconde tras una supuesta idea de normalidad. Pues en casa, sin embargo, elaboraba delicadas recetas como la de medallones de rape con espuma de Riesling o faisán que trinchaba con esmero. Además, cuando había que ligar, no escatimaba esfuerzos para encontrar el mejor restaurante:

En Verger en Puig d’Alaró, en Mallorca. Henry, tozudo, se había encaramado por una pronunciada cuesta (…). Tras una ascensión eterna y empinadísima, por veredas estrechas y sinuosas, llegaron a la madre de todos los restaurantes de montaña, donde comieron el cordero más delicioso de su  vida. Aquella noche, Betty estaba convencida de ello, engendraron a su hija.

Esta forma de identificar un personaje puede resultar arriesgada por lo increíble que puede llegar a ser, pero el protagonista de esta novela lo es. Un escritor que no ha escrito ni una sola línea, un hombre que nunca habla de su pasado, un perdedor que triunfa. En la novela, la comida además es utilizada por el autor para explicar la forma de pensar del protagonista. Un pastel de ruibarbo es el dispositivo para desarrollar su filosofía vital, la que explica que prefiera el castigo a la recompensa:

Henry habría preferido que lo torturaran. El ruibarbo le había parecido siempre una verdura de los más amarga. Alguna gente la utilizaba para elaborar una gelatina asquerosa con la que ludo les hacían la vida imposible a niños indefensos en los comedores escolares. Su experiencia a lo largo de su odisea por varios internados e instituciones disciplinarias había sido siempre la misma: cada falta tenía su castigo y, como recompensa, compota de ruibarbo.  

El personaje, sin embargo, come a solas, en la intimidad, su bocado favorito: una albóndiga en la calle entre la estación y las putas, que al lector le parece tan grasienta y asquerosa como sus “brillantes” planes.

Henry se dirigió a su puesto de comida rápida preferido y se comió una albóndiga. Era el momento de elaborar un buen plan y allí era donde se le ocurrían las mejores ideas.

La gastronomía sigue siendo un elemento clave en la literatura y Sascha Arango lo demuestra con La verdad y otras mentiras.

dominó Cuento de mercado de Yanet Acosta

Los mercados me inspiran relatos y este es uno de ellos: Dominó. Se me ocurrió al pasar por un bello puesto en el mercado de La Llibertat en Barcelona y aquí está el comienzo:

Cada uno tiene su refugio y el de Laura estaba en el punto en el que el expositor de una pescadería se convertía en una barra de bar en el mercado de la Llibertat. Al borde de los 40, tenía la certeza de que su vida de éxito sólo estaba empañada por la ausencia del que siempre elige mal. Cuando estudiaba la carrera de Derecho, parecía que todo vendría rodado: despedida de soltera con sus amigas de la Universidad, boda con su novio de la adolescencia, trabajo fijo, carrera brillante, hijos, coche de alta gama, piso y casa en la playa y en la montaña. La vida de la hija de un arquitecto y una diseñadora, de la nieta de un botiger que sufrió la Guerra Civil española y que en lugar de huir a Francia, se quedó en la prisión de una vida bajo la dictadura franquista. Un hombre que centró su lucha en la espera silenciosa mientras vendía relojes con los que contaba el tiempo que faltaba para poder abrir la botella de Dom Perignon y escuchar “Ya soc aquí” del President legítimo de la Generalitat. Y Tarradellas volvió del exilio 13.870 días después, con sus 332.880 horas y sus 19.972.800 segundos.

Para Laura el tiempo también pasaba con sus horas, minutos y segundos, pero …

Puedes leerlo completo aquí.