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Siempre dan que hablar las estrellas de la guía Michelin, pero a mí me sigue quedando una pregunta a la que, por ahora, no he encontrado respuesta: ¿Por qué no hay mujeres entre los inspectores de la Guía Michelin?

Esto es lo que responde Pascal Remy en su libro Un inspector se sienta a la mesa (publicado en 2004):

No hay inspectoras en la Guía. Los varones pueden dormir tranquilos. La dirección le da mil vueltas al problema: se necesita una sotera no demasiado joven -tiene que demostrar una cierta seguridad frente a los antiguos inspectores-, ni demasiado mona, ni sexy, pues ello perturba a los colegas y a los restauradores; sí, pero tampoco debe ser demasiado mayor…Y luego está la carretera, los desplazamientos, tan poco adecuados para una joven así…¿Mayor, entonces? Ya sabemos los problemas que tenemos con los viejos leones, la carretera los desgasta cada vez más deprisa…Venga démonos cinco, diez meses o, mejor, un año para encontrar una solución a tan espinoso problema.

Incluir mujeres puede que ni mejore ni empeore el criterio de esta guía realizada por 12 inspectores para España y Portugal y que en su última edición (2012) destaca con 3 estrellas a 5 restaurantes, mientras que con dos a 17 y con una a 115.

Aquí puedes consultar la lista completa de los restaurantes con estrellas en la Guía Michelin 2012.

En fin, El Chef ha muerto.

Siempre hay una buena excusa para recordar a Pepe Carvalho. El 22 de noviembre se cumplieron 48 años del asesinato del presidente estadounidense John F. Kennedy. En 1972, Manuel Vázquez Montalbán publicó Yo maté a Kennedy, con el subtítulo «Impresiones, observaciones y memorias de un guardaespaldas». Y ese guardaespaldas es Pepe Carvalho.

Es emocionante y descacharrante el comienzo de esta novela, con Pepe Carvalho hablando de tú a tú con Jacqueline Kennedy y pidiéndole un dólar. Con  la misma soltura se despacha el gallego con el presidente y con sus familiares. De hecho, hasta Edward Kennedy le estampa un beso en la sien (con gran entusiasmo).

Entre las frases negras de esta novela me quedo con:

Aprender a matar fue lo más difícil. Las vacilaciones, decía el profesor, generalmente no proceden de una repugnancia natural, sino cultural. El profesor no era alemán, como ustedes podían haber supuesto. Era un ex relojero suizo que había obtenido su sabiduría en la directa contemplación de la naturaleza.

Aunque aún no es el gourmet que sería, Carvalho ya apunta maneras (sobre todo, políticas):

Ante un café espeso, rodeado de jóvenes estudiantes que salían del Hospital General cercano, en el aire agror de vinagre y solaje de pescado enharinado y frito, reflexioné sobre mi condición social. Repasé, atónito, la lista de cosas que debía pagar en los próximos quince días. Busqué un culpable y no lo había. Era una mecánica vital. Doscientas voces de diccionario ilustrado equivalían a tres plazos del televisor, un alquiler, seis bragas de plástico para la niña, tres bistecs de unos ciento veinte gramos, dos kilos de patatas, dos de naranjas, una cajita de nuez moscada en polvo, una revista ilustrada, diez duros a la portera por vaciar cotidianamente nuestro cubo de la basura, dos sesiones cinematográficas para dos personas, una botella de whisky tamaño petaca. Y no, no llegaba para pagar el plazo en la librería.

Yo maté a Kennedy pasó sin pena ni gloria, según el propio Montalbán, quien aseguraba que, en definitiva, el asesino es siempre el escritor.

Los Ojos de Dios del escritor Miguel Aguerralde es una novela joven y negra. Negra como el eclipse con el que comienza. Y confío en que no llegue a ser profética.

La historia, además, también tiene su sabor: el de un dónut de chocolate sacado de una máquina expendedora.

Aquí una mordida:

-Madrid se hunde -oyeron decir a una mujer…-El caos ya está aquí. Que Siam nos proteja.

-David -murmuró Lara-, anda, larguémonos.

Minutos después encontraron una máquina de bebidas que también había sido saqueada, y otra en la que se adquirían frutos secos y aperitivos que debió de haber presentado mayor resistencia porque todavía seguía en pie. Jon revisó sus bolsillos en busca de monedas y compró un donut de chocolate y un paquete de chicles de menta. Los chicles parecían de piedra y el dónut…

-¡Por todos los…! -exclamó el joven al llevarse el bollo a la boca-. ¡Debe de haber llevado ahí dentro por lo menos tres años!

-¿De qué te extrañas? -preguntó Lara con actitud indiferente-. Yo nunca he conseguido sacar de esas máquinas un bollo decente.

El pasado domingo 27 de noviembre en la FNAC de Madrid, me tocó presentar este libro. Y allí quedó claro que algunas novelas pueden ser premonitorias. Luego huimos, porque entre quien destruyó Madrid por el poder de Siam y los bancos y la que se atrevió a matar al Chef

Madrid es así.

Una sorpresa a cada esquina.

Una realidad que supera la ficción.

El escritor argentino Ernesto Mallo, que acaba de publicar en España El Policía descalzo en la Plaza de San Martín, puso sobre una mesa de la biblioteca de La Casa Encendida su receta de cómo cocinar una novela negra.

Aquí van las tres claves por si alguien se anima:

1- Hacer un plan a seguir, que incluya el inicio y el final.

2- Plantar la novela agregando palabras.

3-Depurarla eliminando todo lo que le sobra.

Y aquí, en algunas de sus palabras, el modo de hacerlo:

«En una novela todo lo que no es imprescindible molesta»

«¿Es mi novela mejor y más bella que los 300 árboles necesarios para publicarla?»

«La vanidad del autor debe estar detrás de la obra. Tienen que hablar sus personajes»

«No hay que subestimar al lector»

«Escribir es muy difícil y da mucho trabajo. Hay que ser obsesivo para ser escritor»

«Un best seller no lo es hasta que lo es»

«Uno no escribe lo que quiere sino lo que puede»

 

 

Aquí parte de la presentación de El Chef ha muerto en la Semana Negra de Gijón 2011 con el escritor argentino Ernesto Mallo, el cocinero de Casa Gerardo, Marcos Morán, y el periodista de Reuters, Martin Roberts. ¡De lujo!

De lo gastronómicamente atractivo a lo repulsivo. Así se pueden mover los escritores de novela negra y, como ejemplo, esta inquietante y cruel receta de pisco sour de Cristina Fallarás en Las niñas perdidas:

Quien haya decidido al fin matarlo debe adquirir el hámster en un puesto callejero (…).

Habiéndolo adquirido, se requiere solamente la mano derecha, una botella de pisco peruano, el zumo de un limón y la clara batida de un huevo pequeño, cotidiano.

Mézlense los ingredientes añadiendo una cucharadita pequeña de azúcar y sírvanse en copa de jerez o similar. En caso de tenerla a mano, añádanse unas gotas de angostura.

Y una vez con la copa en la mano izquierda, si uno es diestro, abrácese la pequeña bestia con la derecha hasta sentir su latido entero en ella. Con la panza del hámster en la palma y el pulgar sobre su lomo, procédase a recorrer su espalda con dicho dedo desde las traseras hasta la cabeza. Una vez realizado tal masaje las veces suficientes como para sentir al animal cercano (…) colóquese el pulgar en el punto exacto en el que la cabeza se distingue del tronco. Allí se halla la última vértebra cervical. Con un trago seco del pisco sour, ejecútese un gesto brusco del dedo que sirva para separar la cabeza del tronco del animal.

Láncese el cadáver al cubo de la basura.

Sólo apto para psicópatas. En fin, El Chef ha muerto.

Ir a un restaurante para mí es pasármelo en grande. Divertirme, reírme, pensar. Y eso sin la gente de sala es imposible. Un jefe de sala que te sonría, pero no en plan anuncio, sino desde la sinceridad. Que se interese por ti, pero no en plan políticamente y distantemente correcto, sino desde la empatía. Que participe de tu fiesta  a través del guiño de la sonrisa. Que te guíe en conocimientos, pero nunca desde la soberbia ni desde el exceso de información, sino desde la naturalidad del que quiere aportar. Y que también se deje alimentar de otros conocimientos, pero no desde el solícito “Ah”, sino desde su propia curiosidad. Que no se note que está cuando llega el momento de silencio y reflexión y que aparezca como por casualidad en el momento que toca volver a festejar. Que comparta felicidad.

Por eso en la sala también se pregona: El Chef ha muerto. Y si no que se lo pregunten a Didier Fertilati y a Giovanni Mastromarino del restaurante Quique Dacosta.

¡Gracias!

Los canallas no estamos hechos para la nostalgia. Te acuerdas de tu abuela, del flan que te hacía cuando eras pequeño (el de verdad, no el de los polvos) y vas y quieres volver a hacerlo. Y como era el que hacía la abuela, pues te vas a la estantería a por un recetario viejuno y manos a la obra.

Cuando ya está la leche calentándose al fuego con la vainilla, vas y lees la parte superior de la receta en la que pone: “8 personas”. ¡Dios pero si vivo sólo con una gata que nunca quiere comer lo mismo que yo! Intentas corregir. Quitas la mitad de la leche (así, a ojo).

De pronto te llama Rafa por teléfono para quedar y, claro, tú sigues a la faena. Pones el azúcar a calentar mientras se lo vas transmitiendo con el móvil pinzado entre hombro y oreja a tu colega, quien, casualmente ha trabajado en alguna cocina. A los segundos, cuando intenta convencerte de que lo mejor es quedar en otro bar, te advierte: ”Y cuidado que no se te empanice”. “Empa…qué?”

Miro al recipiente y ya sé de lo que habla. Unas bolitas de azúcar han usurpado el lugar que debería ocupar un caramelo líquido. Cuelgas a tu colega medio cabreada diciendo aquello de: “Ya hablamos que estoy muy ocupada” y te propones hacerle la guerra al empanizado.

Intentas lavar la cacerola con el azúcar apelmazada en el fondo y se produce el terror en el fregadero. ¿Pero cómo se quita esto?

Respiras y recuerdas las últimas palabras que has leído de Freud. En otra cacerola lo vuelves a intentar y se medio vuelve a empanizar, pero al final, piensas que no se notará.

Revisas la receta y, claro, si has quitado la mitad de leche, pues habrá que quitar la mitad de huevos, pero, como está hecho a ojo, pues le pones un huevo más que, total, no se va a notar.

Y ya por fin, al horno. Media horita dice el libro. Y lo dejas. A los 25 minutos te acuerdas y reaccionas: “Si tiene la mitad de ingredientes, a lo mejor, necesita la mitad de tiempo”. Apagas con urgencia el horno y, ahora, a enfriar durante dos horas (¿o será una hora y media porque tiene la mitad de ingredientes?).

Cuando lo sacas de la nevera sólo tienes dos opciones: o soñar que vuelves a la infancia o leerte enCrudo.

Definitivamente, El Chef ha muerto.

(Por cierto, me ahorro la foto…)

El psicoanalista Sigmund Freud no sólo recetaba largas sesiones de diván. También recetas de erotismo oral, que es como él llamaba al placer de comer.

Increíble pastel edípico, Fettuccine libido, Tomates inconscientes y Ponche superyoico son algunas de las propuestas de este recetario delirante recopilado del archivo personal de Freud y que se acaba de publicar en español.

Freud dice que al leer entre sus recetas «Pastel de manzana de mamá» se dio cuenta del amor a la madre y de los celos al padre, así que lo termina rebautizando como «Increíble pastel edípico».

En los «Fettuccine libido» (cuya salsa se hace con nata, parmesano, guisantes y jamón) aconseja que sea homosexual el cocinero. Y remata la faena diciendo «yo nunca me canso de comerlos».

Para el psicoanalista, el inconsciente es tan complicado, que propone una receta de conserva de tomate para entenderlo. Y para potenciar el yo, su «Ponche superyoico» con huevos, ron, leche y azúcar.

Para Freud, comer mal o «Almuerzo interruptus» como él lo llama, era síntoma de neurótico.  Y como punto final hace una advertencia:

Los médicos (acostumbrados a las comidas de cafetería de hospital) no comen bien y han sublimado sus frutaciones orales en terribles advertencias contra las comidas sabrosas. Y si el psicoanálisis cae en manos de los médicos, el arte culinario no tardará en desaparecer.

Será por eso que…El Chef ha muerto?