-Comer es una forma de amar –le dijo a los ojos a la paloma torcaz.

El número 2 del fanzine gastronómico enCrudo ya está en la calle de mano en mano. Este es el menú:

Garbancita Cristina habla de su experiencia en la cocina de Koldo Rodero: ¿Me lo dices o me lo cuentas?

Rafa Prades crea al superhéroe Eustaquio el Marmitón.

Carlos G. Cano hace el psicoanálisis a la tortilla española.

José Ramón Navarro Pareja desvela la preparación zen de la paella.

Curro Lucas hace las delicias de caníbales indignados con una receta de migas de alcalde.

RaqueLíquida descubre las nuevas palabras del vino y Alejandro Vargas clasifica los clientes de un restaurante.

José Aja lleva al límite el comer en su acuarela sobre papel y Ariadna Acosta muestra lo más oscuro de la cocina.

Jordi Valero ofrece ración de microrrelato negro y gastronómico y el poteiro Rafael María Blázquez revela a lo gallego el conjuro de una queimada.

Roberto Gómez seduce con su foto que parece lo que no es y Pablo Q muestra lo que es.

Yanet Acosta aporta un microrrelato de Noches sin sexo y Jacobo Gavira pone los clasificados de las cocinas del mundo.

Francisco López Canís hace anecdotario de la memoria y se va a 1976 y Pedro Fernández Castañón habla del aroma del futuro, el del durian.

-La poeta Carmen Moreno desnuda el desamor de la Nocilla y José Ramón Navarro Pareja da la receta zen de la paella.

Carlos G. Cano recuerda de la primera a la última tortilla española en una sesión de psicoanálisis y a Fernando Huidobro le da por la oda al cocinero, mientras que Chiqui Abril clava un anuncio del mejor bar.

Rodrigo de la Calle deja la cocina y la botánica por la pintura con un retrato de David Pinilla en #verde y Alberto Marcos diseña el chocolate.

-Y trinchado a preguntas enCrudo cae Robin Food versus David de Jorge.

¿Alguien da más? Un fanzine que suma creatividad y que se mueve de mano en mano. Si lo encuentras cuéntalo en Facebook para que siga la rueda y  si quieres ver un número anterior visita el blog.

Michel Houellebecq (como ya hizo Roberto Bolaño con 2666) ha superado la literatura de género negro con El mapa y el territorio. Lejos del clásico asesinato en la primera página, el escritor francés lo lleva al límite de lo más negro y sólo aparece en la tercera parte de su libro, en la página 239 (a 138 páginas del final).

Esta novela, premio Goncourt 2010, es, sobre todo, un brillante ensayo sobre el arte contemporáneo, la lasitud del ser humano y la sociedad de consumo. Y en este último punto, la gastronomía le sirve de ejemplo magistral.

-Sí dijo Olga, poco convencida. Pero soy una turista y quiero cocina franco-francesa.

(…)

Esto le dio que pensar y unos días más tarde propuso a la jerarquía (de la empresa Michelin) que hicieran una encuesta estadística sobre los platos que efectivamente se consumían en los hoteles de la cadena. Los resultados sólo se conocieron seis meses más tarde, pero validarían en gran medida su primera intuición. La cocina creativa, así como la asiática, eran unánimemente rechazadas. (…) Fuera cual fuera la región, los restaurantes que ostentaban una imagen tradicional o a la antigua se embolsaban cuentas superiores (…)

Cuando se atiende a las exigencias de la clientela, se desencadenan consecuencias a las que ni el mercado presta atención:

En el castillo de Vault-de-Lugny, las salchichas en el desayuno habían sido introducidas en principio para complacer los deseos de una clientela anglosajona tradicionalista, aficionada a un breakfast proteínico y graso; se había debatido la iniciativa en una breve pero decisiva reunión empresarial; los gustos aún inciertos (…) de aquella nueva clientela china habían inducido a conservar  esta línea. (…) y, de este modo Salchichas y Salazones Martenot, con sede en la región desde 1927, se libró de la declaración de quiebra.

La gastronomía en esta novela es además el indicador del paso del tiempo de una persona. Joven y con éxito, el protagonista Jed Martin disfruta con su amante del pollo con cangrejo de Limousin en un restaurante de moda dirigido por una pareja gay. De unas vieiras a la sartén con souflé de rodaballo a la alcaravea con nieve de pera en un restaurante de un hotel con encanto. Y, en soledad, de una botella de agua mineral noruega de lujo o de un Gewürzstraminer.  Pero termina sus días solo con productos lácteos y azucarados.

“La cercanía de la muerte torna humilde a un hombre”

Charles Dickens, tras 200 años de su nacimiento, está más vivo que nunca. Oliver Twist fue su segunda novela, pero una de las primeras en tener como protagonista a un niño y en describir el mundo sórdido de criminales, estafadores y rateros.
Este ambiente llega al lector no sólo con las descripciones de lugares y a través de los diálogos, sino también con la sensación continua de hambre. Oliver Twist tiene que comer unas gachas diarias en el orfanato, que son hambre. Después, en su primer trabajo, le dejan las sobras (exentas de carne para poder dominar mejor al muchacho) con las que pasa más hambre. En su huida a Londres, sólo un poco de pan y todavía más hambre.
El contraste lo ofrecen el té con muffins del señor Brunlow, el primero que lo auxilia, y la mesa de truhanes en la que no falta el pan, la cerveza y la manteca.
La brutalidad de la violencia de género  y la crueldad del asesinato frustrado de un perro por su propio amo, son las semillas de la literatura más negra que dejan esta novela de 1839.

-Le recomiendo este vino, es uno de los que más me gusta.

-Nunca bebo lo mismo que el servicio.

Salvo Montalbano es de Catania, trabaja en la imaginaria ciudad siciliana de Vigàta y “cuando quiere entender una cosa, la entiende”.
Andrea Camilleri creó este personaje en honor a Pepe Carvalho y, aunque le guste mucho comer, se pasa las novelas ingiriendo a destiempo lo que la señora que le cuida la casa le deja en la nevera.  Cuando el caso se lo permite, se prepara platos como unos espaguetis con erizos de mar, que sólo nombrarlos hacen soñar.
Su gusto por comer le ha granjeado la simpatía de la hostería San Calogero, donde se le respeta no tanto por ser comisario como por ser buen cliente, de los que saben apreciar las cosas.

“Le sirvieron salmonetes de roca fresquísimos, fritos hasta quedar crujientes y dejados un rato sobre papel de estraza para que soltaran el exceso de aceite”.

La forma del agua apareció en 1994 y fue la primera novela con Salvo Montalbano. El comisario, aunque su nombre sea en homenaje del catalán, apenas lo recuerda, salvo en momentos de deleite gastronómico que le llevan a la introspección:

«Más que una nueva receta para preparar los pulpitos, el invento de la señora Elisa, la esposa del jefe superior de policía, fue para el paladar de Montalbano una auténtica inspiración divina. Se sirvió por segunda vez un abundante plato y, cuando estaba a punto de terminar, aminoró el ritmo de la masticación para prolongar, aunque fuera por poco tiempo, el placer que el plato le estaba deparando (…)Los pulpitos habían obrado en parte una especie de milagro; pero solo en parte, pues aunque era cierto que ahora Montalbano se sentía en paz con Dios y con los hombres, no lo era menos que seguía sin estar en paz consigo mismo».

-¿Qué es lo más lejos que has llegado de tu casa?

Ella mira al horizonte. Dos segundos después baja la vista hasta su muñeca. Un rosario mongol está enrollado en tres vueltas. En sus pies, unas zapatillas de Corea. En el paladar, el ácido de los chapulines.  Y el recuerdo de un volcán activo en Khyuzu, los rascacielos de barro en Shibam y la arena del desierto que atraviesa el tren a Zuerat.

Ella vuelve la mirada y contesta:

-Hasta la tuya.

En 1951 la escritora belga Marguerite Yourcenar publicó Memorias de Adriano, una novela en la que se pone en la piel del emperador romano Adriano en los últimos días de su vida.

Adriano murió sin descendencia y lo explicaba así:

“No tengo hijos y no lo lamento. Me he reprochado a veces no haberme tomado el trabajo de engendrar un hijo que me hubiera sucedido. Pero esa vana nostalgia descansa en dos hipótesis igualmente dudosas: la de que un hijo nos sucede necesariamente y la de que esa extraña mezcla de bien y de mal, esa masa de particularidades ínfimas y extrañas que constituyen una persona, merezca tener sucesión. He empleado lo mejor posible mis virtudes, he sacado partido de mis vicios, pero no tengo especial interés en legarme a alguien”.

Los momentos más potentes de la novela son aquellos en los que Adriano reflexiona sobre la enfermedad y la muerte.

«Mi muerte me parecía mi decisión más personal, mi supremo reducto de hombre libre. Me engañaba. Comprendí que para el pequeño grupo de amigos abnegados que me rodean, mi suicidio parecería una señal de indiferencia, acaso de ingratitud. No quiero que su amistad conserve esa imagen irritante de un supliciado incapaz de soportar la tortura».

Adriano sentencia:

La meditación de la muerte no enseña a morir y no facilita la partida.

Por ello,…tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos.

No hay intelectual de la gastronomía ni cocinillas de la literatura que no haya sido abducido por La cocina caníbal de Roland Topor. Una colección de recetas imposibles, surrealistas unas veces y, certeras, otras, con un humor que quita la risa a los que se sienten ingredientes. Aquí una ración de frases salpimentadas:

«Muchas novatas se echan a perder en asuntos domésticos: el resultado, manos pegajosas y sangre por doquier». «¿La peste? ¡Menudo plato!». «El gilipollas se sirve con un poco de aceite y un chorro de vinagre». «Secuestre a los miembros de una secta cualquiera, córtelos en múltiples trozos y sírvalos con salsa mayonesa». «Es difícil conducir al hombre al matadero porque es caprichoso y poco inteligente». «Come a su mujer… y muere envenenado». «La viuda se toma manida, con relleno y guarnición». «La historia rebosa carnes ilustres. El Borbón se encuentra en la frontera entre el honor y el envilecimiento de los alimentos». «La muchedumbre se come de entremés, entrada o guarnición». «Por un lado, la estupenda asamblea de gourmets y por otro, delgada y pudorosa, la flor y nata de los hombres». “Se pueden hacer deliciosos patés con los hombres que se manchan la corbata”.

Y entre sus recetas más aclamadas, la del Puré de cabeza de jefe:

«Se le hace una pequeña visita al jefe a finales de año, justo antes de las fiestas de Navidad, y se le mata como a un cerdo, es decir, que se toma la precaución de dejarle desangrarse durante un tiempo para que su carne quede bien blanca. Una vez que la cabeza se ha cortado de tajo, se la deja chorrear. Después, se mete en agua hirviendo durante media hora aproximadamente. Al cabo de este tiempo se retira, se saca del agua hirviendo y se introduce en agua fría para refrescarla. Es sorprendente cómo la cabeza del jefe ha cambiado ya en ese momento. Su pelo se ha vuelto blanco y su mirada, aunque sigue siendo maliciosa, tiene cierto aire soñador. No es más que el principio, continuemos el ejercicio. Se arranca la mandíbula hasta el ojo, se deshuesa la cabeza, teniendo cuidado de unir las carnes para que no pierdan su forma. Una vez terminada la operación, se frota la cabeza con champú, y se envuelve en un paño atado con un cordel.

Para cocerla, se diluyen tres cucharas de harina en agua, se añade un ramo de flores, un trozo de mantequilla, sal, pimienta. Se introduce la cabeza en el preparado, se hierve quitando la espuma de vez en cuando; después se retira y se deja caer en una cubeta de una altura de 1,5 m. aproximadamente llena de puré, para que no pase frío en las orejas. Es un plato monumental que hay que reservar para las grandes reuniones familiares».

En lo alto de la escalera, de una patada, quedó en suspensión.

Se llevó las manos al cuello.

Había olvidado tomar café.