Hannah Collins inauguró ayer una muestra fotográfica en IvoryPress  Art + Book Space en Madrid con el nombre de The Fragile Feast (El festín frágil). Son sólo una veintena de fotografías que aparecen en un libro con el mismo nombre y que presentará la autora junto a Ferran Adrià el próximo 24 de enero a las 19.00 horas en esta galería.

En el libro aparecen cientos de fotos, en las que el lprincipal objetivo no es la belleza ni la seducción, como podría ser el del porn food, sino la reflexión. La artista viaja por Japón, Ecuador, Colombia,  Italia, Francia, Reino Unido, Grecia y España para mostrar el origen de los ingredientes de los platos de elBulli.

Impacta ver en medio de un campo en Latacunga (Ecuador) dos cajas como dos féretros llenos de rosas que se servirán a los afortunados comensales del que fue el primer restaurante del mundo.

Inquieta ver desde atrás las casas de los pescadores gaditanos que obtendrán las ortiguillas que llegarán al plato y al marinero subsahariano en el barco que busca los pepinos de mar durante su descanso comiendo una fruta.

El romanticismo de las huevas frescas se viene abajo con el plano de la trucha de la que proceden y sorprende que el agua con la que se elaboraba el postre llamado «Estanque mentolado» sea de Llanllyr, una granja cercana a la ciudad de Lampeter en el condado de Caredigion, Gales.

Un libro para la reflexión sobre la fragilidad del festín de la alta cocina, que sin la globalización y los ingredientes, pescadores, subsaharianos, ganaderos y agricultores, no es nada.  Y si no, que se lo pregunten a los chefs japoneses que sufren la devastación de parte de su mar y de su tierra.

El próximo 28 de enero de 2012, será un sábado negro con El Chef ha muerto en la librería Traficantes de Sueños (Embajadores, 35) de Madrid.

Lo organiza  Sábados Negros, una asociación cultural para la divulgación de la novela negra española e internacional y todo aquello que la rodea y a lo que influye como el cine, la música, el cómic o la fotografía, de forma gratuita.

Los lectores de Sábados Negros y cualquier otro aficionado o curioso que pase por la librería a las 19.30 horas tendrá a su disposición a la escritora de la novela negra gastronómica El Chef ha muerto.

Cuerpo a cuerpo escritor-lector.

Espero que se olviden los cuchillos, y no termine en zarajos como la última vez…

El escritor estadounidense James Sallis escribió en 2005 Drive. Yo la he descubierto con su versión cinematográfica. Y con su lectura he disfrutado de lo lindo. Es literatura negra en esencia: muerte, vida cotidiana, filosofía de la supervivencia, frialdad y, a veces, arrepentimiento. Se lee de una sentada y te deja impregnado del ambiente durante horas.

Y el escritor para conseguir el ambiente del actual Broadway se apoya, continuamente, en la gastronomía.  Hamburguesas y platos latinos se combinan con el espíritu gourmet de un guionista que escapa de su realidad con los vinos de la variedad  merlot procedentes de Chile o los australianos mezcla de merlot y sirah.

A Driver le gusta el sabor de la yuca y el cerdo asado a fuego lento del Gustavo’s; los burritos con machaca montados sobre rodajas de tomate y jalapeños; arroz y gambas y tortillas con frijoles de los restaurantes salvadoreños de Broadway;  enchiladas verdes y patatas fritas con salsa picante; y “la maravillosa comida de carretera del país” de bistecs con huevos fritos, rosbif, redondo de ternera y pollo frito para desayunar.

En la calle donde está a punto de cometerse uno de los robos es “el ajo, el comino, el cilanto y el limón de una tienda de falafels « los que aromatizaban la zona.

También aparece el cátering de los rodajes cinematográficos en los que

“Había tanta comida que habría podido alimentarse una ciudad de tamaño medio. Fiambres, quesos, fruta, pizza, canapés, salchichas de cóctel con salsa barbacoa, donuts y panecillos dulces y bollos, sándwiches, huevos duros, patatas, salsa picante, vinagretas, barritas de cereales, zumos, agua mineral, café, té, leche, bebidas energéticas, galletas y tartas”

Y en un viaje a la infancia, el sabor también se queda en la memoria de Driver.

“A Driver no le sorprendió que, una noche, mientras cenaban, su madre se levantara y se acercara a su viejo con un cuchillo en cada mano, el del pan y el de trinchar carne, como si fuera una ninja con delantal a cuadros rojos. Cuando quiso dejar la taza en la mesa, ella ya le había cortado una oreja y le había dibujado una gran boca en el pescuezo. Driver lo vio todo y siguió comiéndose el sándwich de paté con mermelada de menta. Las dotes culinarias de su madre no daban para más”.

Mejor recuerdo de la infancia le deja el sabor de la cocina de la casa de su amigo Jorge en Tucson con frijoles refritos, tortillas caseras, burritos y guisode puerco.

Y  Driver aprendió a cocinar porque “No he tenido otro remedio”. Y sedujo a la chica rallando parmesano con unas salchichas italianas preparadas para cortar y un sauvignon blanco en la copa, “bueno y nada caro”. Sin embargo, el whisky Buchanan, el favorito de los latinos, es su bebida.

Cuando toca compartir mesa con un rico, elige pato (“¿Había comido pato alguna vez en su vida?”).

Y hasta el asesinato tiene un tic gastronómico:

«Driver dejó la caja con la pizza grande de pepperoni, doble de queso y sin anchoas sobre el pecho de Nino.

La pizza olía bien.

Nino no».

Entre los libros inspiradores para hablar de gastronomía y género negro se encuentra el Manual Práctico de cocina Negra y Criminal de Montse Clavé, librera, gourmet y lectora. Cuando lo compré en 2004 ni soñaba con publicar El Chef ha muerto, pero sí con ir a alguno de sus sábados de mejillones en la librería Negra y Criminal de Barcelona.

En este libro entresacaba párrafos gastronómicos de novelas como Tatuaje de Vázquez Montalbán; Huye rápido, vete lejos de Fred Vargas; Un día volveré de Juan Marsé o El Halcón maltés de Hammet.

Entre las recetas un baba ganoush para leer Asesinato en el corazón de Jerusalén de Batya Gur y caneton à la presse Lucullus para aderezar la novela Están matando a los grandes chefs de Nan e Ivan Lyons.

Retomando esta idea de su libro, Montse Clavé acaba de comenzar el blog Gastronomía Negra y Criminal. ¡Un gustazo!

El Chef ha muerto nació con la publicación de la novela del mismo nombre el 22 de mayo de 2011. Durante estos siete meses he publicado 78 posts sobre literatura y gastronomía y 189 imágenes (todas propias, excepto las carátulas de los libros), que han recibido más de 18.000 visitas, según las estadísticas de WordPress.com.

Gracias a todos por el seguimiento y especialmente a El monstruo de las galletas, El Comidista y a Cocina.es, así como a Liacice e Interrobang por el seguimiento y su entusiasmo.

Aquí hay un extracto:

The concert hall at the Sydney Opera House holds 2,700 people. This blog was viewed about 18.000 times in 2011. If it were a concert at Sydney Opera House, it would take about 7 sold-out performances for that many people to see it.

Haz click para ver el reporte completo.

Deseo de ser egipcio del escritor cairota Alaa al-Aswany es un libro de relatos escalofriante. En sus 17 cuentos retrata buenos ciudadanos de la sociedad egipcia, aunque bien podrían ser de cualquier otro país, que bajo su apariencia alimentan la maldad y el odio hacia el otro.

Esta obra le costó su condena por «subersivo» ante la Organización del Libro de Egipto, quizás por usar de forma crítica versos del Corán como este:

«Si tenéis algún defecto, ocultadlo»

Y entre esta retahíla de retratos de la perversidad en «Las tribulaciones de Hagg Ahmed», la comida egipcia es la provocadora de la maldad.

Es la historia de un hombre religioso que se prepara gustoso a la comida después del ayuno diario del Ramadán. Describe así los platos responsables de lo que podría ser una seducción fatal:

Hagg Ahmed estiró el brazo y cortó un gran trozo de fetir (pan dulce) casero, caliente y empapado en mantequilla, y lo untó en el cuenco de ful (crema de habas) que tenía justo delante de él en la mesa. Las habas habían pasado por un lagro proceso de cocción a fuego lento. Después las habían pelado, triturado y mezclado con rodajas de tomate. Luego se les había añadido la cantidad justa de aceite de girasol, limónpimienta y comino, para deleite de quienes se las comiera con el fin de ganar fuerzas para una larga jornada de ayuno.

 

En una mesa hablaba con otros tres. Cada uno ponía sobre el tapete su escrito inédito, y, a su lado, un huevo frito. Con puntillitas y la yema perfecta; pequeños, de codorniz; grandes, de avestruz. El de Anne estaba acompañado por dos de gallina, con la yema muy hecha.

Hablaban sin parar en defensa de sus huevos fritos. Bebían sangría, casi a oscuras. Un pequeño farol tras sus cabezas dibujaba las sombras. Anne miró a derecha y a izquierda buscando a un camarero, pero no había ni rastro del personal. De hecho, parecía que estuvieran solos y sin nada que beber. Fumaban y hablaban. No se escuchaban. Caras pensativas.

Anne estaba desorientada e intentaba averiguar en qué terraza se habían sentado. Sólo había una mesa, un farol y sombras de plataneras. ¿Cuánta sangría había bebido? No lo sabía, pero quería una copa más.

Un picor la sacó de sus pensamientos. Era un cosquilleo que comenzaba en la punta de los dedos del pie y que iba subiendo por sus piernas hasta la barriga. Allí el escozor era aún más intenso y trepaba con fuerza hacia la espalda. En el cuello, era irresistible. Los ojos miopes de Anne empezaron a enfocar.

Su cuerpo estaba cubierto de hormigas.

Giró la cabeza hacia atrás. Un espeso manto negro, avanzaba imparable hacia la mesa. Sin hablar se levantó de un salto de la silla. Intentó sacudirse las hormigas. Los otros tres seguían hablando. Sin verla.

Anne salió corriendo, aturdida, así que en lugar de alejarse, se fue al encuentro de esa marea negra hecha por un aluvión de insectos. Cuanto más corría, más se introducía en un mar de zumbidos y aleteos y mejor podía ver en detalle los cuerpos de los insectos, y, hasta sus caras de pavor.

No entendía lo que ocurría, pero seguía corriendo en la dirección opuesta a los que huían. Un gran grupo de mariquitas, de bellos caparazones rojos, silbaban en su escapada. Sus rostros eran de pánico. Sus ojos y sus bocas abiertas, enseñaban la mucosa interior, llena de terror.

Anne iba directa hacia el foco desde el que salían despavoridos los insectos. Notaba el temblor de la tierra y, ante ella apareció una gran puerta abierta. Eran las entrañas. Dentro, los temblores eran más fuertes. Detrás de la masa de insectos, que invadía la gran entrada, una estampida de cuadrúpedos y personas. Se pisoteaban al intentar salir. Gritos, alaridos. Mujeres embarazadas apisonadas por la muchedumbre. Entre los que corrían, rostros conocidos. Su amiga, la china Estrella Roja. Anne gritó:

—¿De qué huís?

Estrella Roja sólo dejó escapar un resuello con los ojos perdidos, sin parar de correr. Anne se detuvo. Miró a su alrededor. Estaba cerca de la puerta por la que se había colado en el interior. Parecía una gran catedral. El techo era como el de una cueva, pero con bóvedas perfectas talladas en la piedra. Otra chica, también se detuvo. Se miraron. Se entendieron. Sortearon los cuerpos en el suelo y a los que escapaban para llegar hasta una columna, en una esquina. Estaba claro que ella también había recibido esas enseñanzas en la escuela para protegerse de un terremoto. Todo temblaba cada vez más y Anne quiso convertirse en parte de la columna. Callada, casi sin que se notara su respiración entrecortada.

Las entrañas de la tierra rugieron y los pilares de la cueva se vencieron. Polvo, confusión. Anne perdió el conocimiento.

Cuando abrió los ojos, ahí estaba, pegada a la columna como si fuera parte de ella. La luz le hacía daño. Sólo quedaban cascotes y dos columnas por encima de todo. Buscó a la otra chica. Ella estaba allí, completamente zombi, despegándose de su columna. A su alrededor, nada más que escombros y ni rastro de insectos, aunque quizás quedaran algunos huevos de hormiga escondidos en la tierra que poder freír.

Noches sin sexo

2011 ha sido el año del cierre de elBulli como restaurante para pasar a Fundación. También ha sido el año de la muerte de uno de los grandes cocineros, Santi Santamaría. Y en las cocinas de vanguardia ha sido el año del intimismo y la apuesta conceptual, alejándose de la espectacularidad de los últimos años en cocineros como Quique Dacosta o Andoni Luis Aduriz.

En el contexto internacional, ha sido el año de las aspiraciones de Latinoamérica, representada por Perú, México y Brasil, de liderar la nueva revolución gastronómica que queda por venir con actos como el de Mistura.

En España, ha sido un año de cierre de restaurantes, pero también de aperturas, tanto de locales de alta cocina, como Nerúa de Josean Martínez Alija, como de bares de tapas como Tondeluna de Francis Paniego.

También ha sido un año de nuevas publicaciones gastronómicas, unas on-line como Cook Circus, y otras en papel como el fanzine enCrudo.

De libros con un enfoque ensayístico que tanto hacían falta en la edición gastronómica española como La cocina de los valientes de Pau Arenós y Comer en España de Inés Butrón.

En la fotografía gastronómica quedó claro que se ha pasado del bodegón al porn food y en la literatura negra gastronómica que El Chef ha muerto.

De cabeza ahora a recibir el 2012: ¡Creatividad para todos!

 

Sentarse a la mesa de Quique Dacosta es una fiesta fallera. Comienza la mascletá de los aperitivos. Una lluvia de platos de bellísima y delicada estética: unas hojas de albahaca escarchadas en canela, kalanchoe y esferas de aceite de oliva, unas hojas del Montgó (raim de pastor) encurtidas, otras hojas de stevia, un caracol de la casa que esconde a dos y un caviar de su salsa finísimo, té frío de hibisco y achicoria, kumquat relleno de huevas de pez volador y una tortita de camarones que es un guiño a sus colegas del Sur como Dani García y Angel León.

En conjunto: un bodegón que deja un rastro dulce de inicio festivo en su menú “Sale el sol” de 2011.

Y de aquí al nido de golondrinas. Crujiente, refrescante y sabroso. Una minimalista representación figurativa que comienza a anunciar la evolución de este cocinero del paisaje exterior al interior.

Después, da la vuelta al sushi y lo convierte en mediterráneo, con una hoja de rompepiedra que envuelve un filete de caballa que se deshace en la boca.

Para divertir en la sala, un pase de salazones en el que el camarero muestra su virtuosismo con el cuchillo y entre las que me alucinó una pata de pulpo a la brasa (por el simbolismo con El Chef ha muerto). Estas salazones se acompañan de un papel de salvado y cebolletas frescas encurtidas.

Y el primer descanso de la obra: Higo. Y eso es lo que hay sobre la mesa: higo deshidratado.

Continúa la fiesta con una lista de la compra, porque así de sencillos quiere presentar sus platos: aguacate, chufas, tomate, guisantes, ostra, almendra, remolacha y gamba roja.

Todos son platos inspirados por la materia prima e interpretados conceptualmente. Sin adornos.

El aguacate recuerda a la mejor pieza de foie gras (también me recordó a un plato de Josean Martínez Alija de Nerua que lo llama foie gras vegetal).

Sigue la chufa, tan seductora como si fuera la mejor trufa. Y después el tomate, más refrescante que nunca gracias al agua de gazpacho en escarcha y más penetrante en sabor que nunca, gracias a la emulsión que se encuentra en el fondo. Continúa la frescura con guisante, que deja su toque picante a mostaza. En almendra, un homenaje al ajoblanco en forma helada y laminada. El plato de remolacha, tal cual, pintado con su zumo, un homenaje a la cocina en crudo que reúne a varios cocineros liderados por el danés René Redzepei cada año (Cook it raw).

Para 2012 la cosa parece que continuará igual, con un plato llamado piquillos, en el que se ríe con el comensal ofreciendo una recreación de los pimientos.

En este momento entra en escena el fetiche de Quique Dacosta: la gamba roja de Denia. Y si en otras ocasiones la vistió de rojo valentino (gamba en rojo con una hoja de rosa roja), en 2011, en cuatro pases de olé: de la clásica cocida, a sus patas fritas y cabeza como recipiente de una cremosa salsa de su coral, para pasar al delicada sedosidad de su carne tras pasar por un papillote en lechuga de mar. Como punto final, la copa que acompaña a cualquier espectáculo voiyeur, pero en lugar de brandy, su caldo y sorpresa en el fondo: bombón de coral.

Sigue la fiesta con otro fetiche de Dacosta: el salmonete. Esta vez en una sola pieza y envuelto por la radicalidad de una salsa de sus propias vísceras. Un golpe de sabor, para decir: aquí estoy yo y hago de tripas, corazón a brochetazo (pasó del cuadro con sus salmonetes en homenaje a Mark Rothko a quedarse únicamente con un trazo).

Y continúa el fetichismo del ingrediente. En este caso las algas, con un suquet acompañado de un pan.

Para cambiar de acto, un Rocío helado y refrescante.

Ahora los platos que recuerdan al Dacosta del principio, el del paisaje exterior, con ¿Qué fue primero? Y por muchas vueltas que le dé el refranero popular, está claro que lo primero fue el huevo.

A este le sigue el tuétano y un rostit de champiñones de sabor potente, para volver a decir: Aquí estoy yo.

Por último, el referente de la casa. Un arroz, que esta vez son cenizas, de, quizás, lo que fue en el pasado, porque su sabor penetrante a coral y vísceras vuelve a imponer el Aquí estoy yo.

Para acabar un té matcha en tres servicios envolventes como la espiral en la que se sirve: un macarron, una espuma y una ósmosis en manzana. Sigue un campo de cítrico y finaliza un coco (sin miedo), que puede advertir el juego de viaje interior y conceptual al que puede llevar este cocinero en su próxima temporada.

Pero sea como sea, esta fiesta, aunque sea del yo del artista, en el restaurante se esfumaría sin su gente de sala, comandada por el mago de la buena acogida y la elegancia Didier Fertilatti.

Homero escribió en el siglo octavo antes de Cristo las aventuras de un semidiós que fue a la batalla de Troya: Ulises. Su “odisea”, la vuelta a casa, Ítaca.

En La Odisea se encuentra el mito del aventurero. Da igual que se hable de océanos, galaxias, tierras o de la simple vida. Y también el mito de la fidelidad, encarnado por su mujer, Penélope, la de dulce mirada.

Entre los episodios más gastronómicos, el del Cíclope. Canibalismo en estado puro.

“Echando a mis hombres la mano, agarró a dos de ellos como a unos cachorros y a tierra los lanzó y su cerebro saltó y salpicó todo el suelo. Y sus miembros cortó y preparóse con ellos la cena. Como un león montaraz los comió sin dejar nada: ni intestinos, ni carne, ni huesos, ni médula”.

Y Ulises vence al Cíclope de la forma más mundana, emborrachándolo con vino. Una vez ebrio el monstruo el audaz Ulises aprovecha el momento para clavarle un palo de olivo en el ojo y salir de su cueva atado a la barriga de una oveja.

La Odisea es toda una metáfora de la vida y son múltiples las versiones y adaptaciones que se han hecho de ella, así como la influencia que ha tenido sobre la creación literaria y artística. Pero, también, sobre la propia sociedad occidental. Muchos de los más arraigados memes culturales, esos genes de la cultura que se transmiten de generación en generación, pueden verse en esta obra.

Uno de ellos: el peligro de la tentación femenina representado por las sirenas.

Ulises tiene que atarse al mástil de su embarcación y taponar los oídos de su tripulación para no caer bajo sus encantos.

Circe advertía así a Ulises del peligro:

“Llegarás a las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos”.