Reblogueo esta entrevista con novedades publicada por Letras Propias.

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05d8322Tal y como ya os anunciamos la semana pasada, continuamos con nuestra serie de entrevistas a los autores de Letras Propias. Hoy es el turno de Yanet Acosta, la única mujer en nuestras filas, por lo menos hasta el momento. Escritora y periodista, es autora de la novela El Chef ha muerto y coordinadora y fundadora del fanzine gastronómico enCrudo. Además es columnista de la Cadena Ser, en el sección Tinta de Calamar, y ha colaborado con los periódicos El MundoEl País y Público, así como con las revistas nacionales SobremesaSpain GourmetourDistribución y Consumo y El Gastronómico y las internacionales Status (Brasil) y Mundo Gastronómico (México).

Próximamente la polaca BIURO LITERACKIE publicará una recopilación de relatos de grandes autoras españolas, entre los que han escogido El batido de chocolate de Yanet Acosta, que será publicado junto a los de autoras como Laura Freixas,  Almudena…

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El espejo del mar. Autora de la fotografía: Yanet Acosta

Delfín en el Atlántico. Autora de la fotografía: Yanet Acosta

Aún con el sabor a mar en la boca quiero compartir mi última lectura: El espejo del mar de Joseph Conrad. Es un libro que en tierra no me había llamado la atención pero en estos días de travesía veraniega me ha llegado hasta el tuétano.

Conrad es el escritor de los amantes del mar y de la navegación, pero también de quienes comenzamos travesías en las que en cada singladura nos acercamos más al centro de uno mismo.

En El espejo del mar Conrad comienza hablando de la Recalada y la Partida. Las escribe en mayúsculas, porque la vida es Recalada y Partida. Y a partir de ahí sus frases hablan por sí mismas:

«En ningún sitio se sumergen en el pasado los días, las semanas y los meses más rápidamente que en el mar. Parecen quedar atrás con tanta facilidad como las ligeras burbujas de aire en los remolinos de la estela del barco».

«Un ancla no puede jamás levarse si antes no se la ha largado».

«Un barco no es un esclavo. No hay que forzarlo en una mar gruesa, no hay que olvidar nunca que uno le debe la mayor parte de sus ideas, de su habilidad, de su amor propio».

«Los barcos quieren ser mimados. Hay que mimarlos al gobernarlos y si se pretende gobernarlos bien antes hay que haberlos complacidoen la distribución del peso que les pide uno que lleven a través de las venturas y desventuras de una travesía».

«Los puertos no son buena cosa…se pudren los barcos y los hombres se van al diablo».

«Las naciones de la tierra se rigen eminentemente por el miedo: miedo de un tipo que un poco de oratoria barata convierte fácilmente en furia, odio y violencia».

«No somos sino nosotros mismos, regidos por la audacia de nuestras mentes y los estremecimientos de nuestros corazones, lo artesanos únicos de cuanto portentoso y novelesco hay en el mundo».

«Lo único que conviene a ciertas situaciones es el silencio».

«Habíamos estado demasiado absortos en la contemplación de nuestro sino para prestarnos atención los unos a los otros».

«Encerrados en la morada de las ilusiones personales, treinta siglos de la historia de la humanidad parecen menos, al mirar hacia atrás, que treinta años de nuestra propia vida».

«Incluso ahora, cuando, habiéndole yo también vuelto la espalda al mar, alumbro estas pocas páginas en el crepúsculo, con la esperanza de encontrar en un valle interior la callada bienvenida de alguien paciente dispuesto a escuchar».

Este verano en Tinta de Calamar de la Cadena Ser han apostado por la literatura gastronómica. Para mí ha sido un placer aportar ficción a la gastronomía, pues a veces es más esclarecedora que la propia realidad. Aquí está en forma de microrrelato esta utopía gastronómica: Celanova 2020

Celanova 2020 Microrrelato gastronómico

Los primeros rayos de sol aparecen por el Este entre los castaños y atraviesan la ventana del dormitorio. Su energía comienza a calentar las placas que alimentarán el fuego y despertarán el andarín titilar de la luz.
Desde la ventana se ven los brotes de la higuera, los verdes frutos que en un mes madurarán como higos. Las uvas empiezan a aparecer menudas en racimos sobre las hojas de la vid. En el huerto, las vainas de las judías despuntan de su planta trepadora. Todo se prepara para el fin del verano. También María. Esta noche da su última clase a los niños de la aldea. Les preparará un rico plato de pasta y un refresco para festejar. Hierba Luisa y zarzamora infusionada en agua de la fuente con el  toque dulce de la panela.
Tiene un paquete en su despensa. Viene de lejos y sin etiquetar, como los verdaderos tesoros. Se lo envió uno de sus puntos  de conexión con otra aldea en el sur de Nueva Guinea, de donde nunca debió salir la caña de azúcar. Fuera de su lugar, esta planta divina fue profanada en nombre de la humanidad y a su costa se creó esclavitud, deforestación y obesidad.
Hace tiempo que su despensa se libró de esos paquetes de azúcar, de harina, de leche y de carne etiquetados y marcados con grandes letras como: Producto No  Natural, Sucedáneo Modificado genéticamente o Alimento Transgénico. Afortunadamente consiguió huir de la ciudad antes de que cayeran los últimos principios éticos y humanos y antes de que cerraran sus puertas dejando a miles de cautivos que ahora la Resistencia intenta guíar.
Por las aldeas del mundo, unidas en red, se pasea alguna vez el demonio de manos de hormigón y perilla que incendia montes y campos. Pero ya saben cómo atajarlo: sólo hay que ignorarlo. Dejarlo que pase de lado. Todos ya lo saben, también los niños. Si alguien lo mira a los ojos sin la suficiente consciencia, cae fulminado por el engaño.
María recoge los huevos de las gallinas en casa de una de sus tres vecinas, Celsa. A cambio ella teje los cuentos que acompañan las tortillas de la cena e invitan al mejor de los sueños.
Cada semana, a dos caminos de su casa, recoge el pan de centeno en la panadería  que regala caricias de aroma a harina cocida por la leña.
Desde el camino se ve a lo lejos la barrera de quienes no vieron la única alternativa. Y a María se le escapa alguna lágrima de compasión.
Ahora prepara el refresco y la salsa de tomate con salvia para los macarrones hechos en otra aldea  del sur. Esta noche hay fiesta porque  es la última clase antes del fin del verano, en la que los niños recordarán su lugar en el espacio.

Microrrelato para Tinta de Calamar

Hoy en Tinta de Calamar de la Cadena Ser me publican un microrrelato muy veraniego de ciencia ficción con el título: Benidorm 2020.

Comienza así:

Las 12. Hora de marchar. Hace tiempo que los aeropuertos han dejado de funcionar. No hay coches circulando porque no hay con qué llenar el depósito. Solo un microbús escapa de Madrid cada noche para llegar al Sur.

Durante una hora y media el microbús se llena de pasajeros, más del doble de su capacidad. En cada asiento, dos personas. Todas en búsqueda, de alguien o de algo.

Es cierto que nada pasa de un día para otro. Que muchas veces se ve venir. Se  va advirtiendo poco a poco. Incluso un dolor de muelas tiene sus avisos. Y primero fueron los deshielos, luego la falta de petróleo y, más tarde, la imposibilidad de aprovechar otras energías porque, cuando se pudo hacer, las grandes compañías lo impidieron, y cuando ya no existían, apenas quedaban recursos para hacerlo.

Y como cuando los órganos de un cuerpo entran en colapso, así se vislumbró la muerte de lo que había sido todo hasta ese momento. Quedaban lejos los momentos de triunfo y revolución, cuando la comida llegó a ser arte. Ahora era la pepita de oro a encontrar entre toneladas de basura. La valiosa mercancía del siempre próspero mercado negro.

El microbús da trompicones. Las carreteras empiezan a entrar en desuso y los boquetes del camino son difíciles de sortear. Los pasajeros soportan mudos los golpes de sus cabezas contra el techo. Nadie habla. El silencio ganó la partida. Hablar de más era quedarse sin abrigo.

Parón en seco. Tras cientos de saltos, baches y golpes, y tras otros tantos cientos de minutos de silencio, el microbús para y abre las puertas. El día empieza a clarear y se ve la silueta del hormigón vertical que fue una ciudad.

Benidorm.

Sus calles están desiertas y apenas las atraviesa alguien rápido y silencioso con un abrigo negro. Los edificios tienen el desarreglo que deja el abandono y nadie puede acertar si queda vida en ellos o no. El tipo del abrigo negro sigue su camino sin mirar a los lados, sin alzar la cabeza. Sabe adónde va.

Son las inacabadas torres In tempo. La ruina va desdibujando su forma de eme y el brillante que las une. El alguien del abrigo negro se pierde en una subida oscura, residual, de peldaños sueltos en escalera.

En el piso 45 se encuentra con otros con abrigo en el que ocultan el dinero con el que pretenden comprar lo que ya nadie encuentra.

Las existencias de la industria alimentaria hacía tiempo que se habían agotado y solo quedaban las que mantenían las manos privadas. Pero la perla la tenía un manco en ese piso 45, tras una puerta en la que se agolpaban más y más abrigos negros que ocultaban la desesperación del dinero que no hay en qué gastar. Daban con la fuerza que podían sobre la puerta hasta que el manco decidía:

—Hoy, agua para dos.

Los elige según le conviene. Y ahora le conviene los que tienen semillas. Señala a uno y a otro. La transacción acaba y el resto calla. Sediento, silencioso y abrasado en la añoranza de tantos litros que ignoraron y que se escaparon en alimentar edificios, industrias, campos de golf, piscinas, plantas de refrescos, de cervezas, de alimentos.

Los abrigos acarician sus bolsillos y descienden cabizbajos por la escalera imposible sin ver que de la casa del manco sale la hoja verde de una planta trepadora de la que quizás vuelva a nacer un tomate.

El cuento en Tinta de Calamar.

fotografía gastronómica

El 63% de los móviles que hay en España son smartphones. Y la mayoría no le sacamos todo el partido que pudiéramos. Para ello, este verano The Foodie Studies propone este jueves, 25 de julio, un curso-taller con el periodista y fotógrafo gastronómico Jorge Gutiérrez Narro como instructor.

El taller tendrá dos horas de duración (De 18.00 a 20.00 horas) y te permitirá aprender a tomar fotos de productos que se comen con los ojos, rostros que hablan de la historia de un mercado, tapas de siempre y cañas entre amigos.

Nos encontraremos en la puerta del Mercado de San Fernando (Embajadores, 41, Metro Embajadores) a las 18.00 horas el jueves 25 de julio de 2013.

Precio del taller: 20 euros.

Inscripción en Facebook o a través del mail: info@thefoodiestudies.com

 

El arte de volar

El arte de volar de Antonio Altarriba y Kim, es un cómic que no habla de comida ni de novela negra, pero sí de la visión más negra: la frustración como elemento constante en la vida.

Se trata de la unión de texto y viñeta para contar en poco más de 200 páginas una de las partes de la Historia de España más reciente e importante. El paso de una monarquía borbónica ineficiente a una República insuficiente. La Guerra Civil y la escapada ciega de miles de españoles a Francia donde los internaron en campos de concentración de lo que los sacaron para meterlos en la legión extranjera para luchar contra los nazis o para emplearlos en la esclavitud. Algunos acabaron en otros campos, en los de los nazis, otros en la resistencia francesa. Pero, casi todos -entre aquellos que pudieron sobrevivir- en la decepción y la frustración.

Esta es la historia de Antonio Altarriba, el padre del autor, un hombre que quiso volar y que solo lo consiguió a sus noventa años cuando se tiró de la cuarta planta de la residencia de ancianos en la que estaba pasando sus últimos años de perdedor.

La crisis económica en la que vivió continuamente y la crisis de ideales me hace pensar que los cambios, pese al cambio de contexto, no son tales. Escenas como la de un empleador en los años 30 del siglo XX que le dice «esto es lo que pago, lo tomas o lo dejas», son de lo más actuales.

También está de plena actualidad la violación de los valores humanos e ideológicos por el valor del dinero. Y la sensación de que, hagas lo que hagas, el que gobierna va a seguir haciéndolo a través de la corrupción. Y lo peor, el suicidio ante este desasosiego vital está de plena actualidad. No en los periódicos (sigue siendo tema tabú), pero cada vez escucho de más casos en mi pueblo o en el de al lado y, a veces, jodidamente no son un rumor, sino constatación porque un amigo, un familiar o el pariente de un amigo han acabado con su vida.

La depresión es una de las peores enfermedades que tendremos que combatir en este siglo. En El arte de volar, Kim la dibuja de forma magistral como un topo oscuro que te come el centro del pecho y que se ceba durante años.

Y me resisto a creer que ese topo sea inmortal igual que me resisto a creer en la inmortalidad de la corrupción política, de la crisis de valores y del poder del dinero de unos cuantos,  a los que, curiosamente, alimentamos poco a poco como a ese topo negro en el centro del pecho.

 

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Todos muertos de Chester Himes es una ración triple de novela negra. Lo es porque es una novela del género en su más puro estilo y lo es, porque su autor es de color, y además, también porque antes que escritor Himes fue convicto.

Sus protagonistas, dos policías negros en Harlem en los años 60, Coffin Ed Johnson y Grave Digger Jones, son tipos de carne y hueso, a los que se les caen los dientes cuando se dan de golpes y a los que se les ve en la cara las huellas del oficio. Son polis que se equivocan, chocan su coche o disfrutan echando una pieza de baile y comiendo los típicos platos de soul food de Harlem, aunque por ello, a veces, falten a sus obligaciones.

“La razón por la cual el sargento no pudo comunicarse con Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson era que ambos se hallaban en el salón trasero de la tienda de cerdo de Mammy Louise, comiendo «patitas de pollo», un plato geechy«.

La cocina geechy es la elaborada por quienes son mezcla de esclavos africanos huidos e indios semínolas, nativos de las Carolinas y de Florida y consiste en «patas de pollo rustidas, arroz, quingombó y chiles rojos picantes», cuyo efecto hace revivir a los dos polis:

«En una noche fría como aquélla, ese guisado mantenía un calorcillo ardiente en el estómago y la gelatina tierna y blanca de las patas de pollo hacía sentir sólidamente llenas las tripas”.

Y como el guiso, la novela te hace sentir en el Harlem de hoy y de siempre, puesto que pese a que en esos años y en la ficción resulta mucho más violento, siempre resulta misterioso, tenso y a veces peligroso especialmente para la mirada de un blanco. Lugares y calles míticas, aunque con muertos a diestro y siniestro. Un lugar donde todos se conocen, donde hay mala suerte y mala gente y también políticos negros y ricos quienes:

«Viven en  lugares abandonados por los blancos ricos».

La novela está preñada de violencia y de humor muy negro, inesperado. Incluso en la forma de matar,  lo que lo hace aún más terrible. Por ejemplo, el atravesar con un cuchillo el cerebro a un tipo que sigue andando por la calle como si fuera una atracción de feria en la casa del miedo, con el mango del cuchillo a un lado de la cabeza y el filo, en el otro. Otro muerte de forma fortuita al ser degollado por una hoja de acero que cae de un camión que le rebana la cabeza a la altura del cuello, lo que no impide que el cuerpo sin cabeza siga conduciendo su moto algunos metros más, como si fuera un pollo descabezado.  En otros momentos, el humor es más apaciguador y relaja la historia:

«— ¿Dónde estabais cuando pasó esto?
—Comíamos patitas de pollo en la tienda de Mammy Louise —confesó Grave Digger.
Casper le observó para determinar si estaba de broma; concluyó que no.”

También maneja la ironía con habilidad, incluso cuando habla de comida. En un momento de la novela dos jóvenes negros absolutamente desgraciados huyen de la policía y  se refugian en la casa de un amigo de éstos, donde encuentran unas cuantas cosas con las que cocinar algo que comer:

“Poco después el cuarto se llenó con el humo y el olor delicioso de la carne frita. Sassafras frió una parte de los copos de maíz junto con la carne. Roman abrió el bote de melocotones con su cortaplumas, pero el contenido era un bloque helado, de modo que lo puso sobre la estufa.
Al no hallar ni un solo plato limpio, Sassafras echó mano del que estaba menos sucio. Fregó un par de tenedores con un paño seco.
Roman se sirvió los copos fritos, la carne frita, y lo roció todo con melaza. Luego se llenó la boca con esa mezcla y aún se metió dentro un trozo de pan seco.
La chica le miró con expresión de disgusto.—Puedes sacar al muchacho del campo, pero no puedes sacar el campo del muchacho”“—filosofó mientras con gran delicadeza comía bocados de carne y de pan en forma alternada y sostenía cada copo de maíz entre el pulgar y el índice, según las reglas de la etiqueta.”

Y entre frases grandes y filosóficas, como las que siempre se encuentran en la gran novela negra, me quedo con las que aparecen en esta conversación entre los dos inspectores de policía negros mientras suben en un ascensor en una casa de ricos, tras el eructo de uno de ellos:

“—Eso nos descalifica —observó Coffin Ed—. Los caballeros no eructan.

—Los caballeros no comen oreja de cerdo ni coles —respondió Grave Digg—. Y no saben lo que se pierden.”

Chester Himes se marchó de Estados Unidos para vivir en Francia, donde creía que su raza era más aceptada socialmente. Pero su recuerdo se mantiene en Moraira (Alicante) donde hay un monumento en su nombre, pues fue allí donde Chester eligió vivir desde 1969 hasta su muerte en 1984.

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A través de una novela, también se profundiza en su autor. Y una manera de llegar a ello es la gastronomía que aparece en su ficción. Ezequiel Teodoro es un escritor incansable, empeñado en que todos los colegas nos pongamos a tope con el márketing para dar a conocer nuestras obras. Él tanto lo ha luchado que lleva miles de ejemplares vendidos de su thriller histórico El manuscrito de Avicena. Y tan bien lo hace que ha conseguido que la lea, aunque suelo evitar ese género.

En ella apenas hay  referencias a lo que comen los personajes, hasta que llega el momento clave: los personajes están en Ceuta y uno de ellos pregunta al camarero por «algo que no sea lento de digerir» y que fuera típico de la zona.

Y aquí el autor se explaya:

«—Pescado fresco, tenemos el Mediterráneo aquí al ladito. Les puedo ofrecer aguja palá, rodaballo, mero, atún y gallo. También pueden degustar coquinas, bogavante y langosta.

El doctor reflexionaba acerca del menú.

—En cuanto a carnes, les podría poner unos pinchitos morunos, además de solomillo y entrecot.

—¿Qué es eso de aguja palá?

—Pez espada. Aquí lo llamamos así.

—Muy bien. Pónganos aguja palá para los dos…una para los dos. Ah traiga también una barras de pinchos morunos. «

Y ahí queda eso. Ceuta, una ciudad de cuya gastronomía se conoce poco, pero en la que ya ven lo que se puede comer, gracias a que este escritor ceutí nos lo desvela. Si es que como en casa, en ningún sitio.

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Llevo unos días de relectura, en plan viejuno. Y he vuelto a leer Tras los pasos de Ripley de Patricia Highsmith. No es la mejor trama de la literatura negra, pero lo que me sorprende es que pese a todo, su lectura engancha hasta el final. Y creo que lo consigue por el ambiente que describe en segundo plano y por la tensión emocional entre el personaje de Ripley (que se mueve entre lo paternal y el respeto entre colegas del crimen) y el adolescente (que se mueve entre la admiración filial, profesional y amorosa por Ripley).

Toda la novela está cargada de ambiente gay con escenas en bares del Berlín de los ochenta, transformistas e incluso comentarios bastante erótico-amorosos entre compañeros del crimen. Sin embargo, jamás toma el primer plano. Siempre en segundo, pero con intensidad.

Hasta en lo gastronómico, consigue Highsmith que Ripley, ese tío sin demasiados escrúpulos, demuestre su sensibilidad:

“Lleno de desasosiego, Tom Ripley bajó a hablar con madame Annette, que se hallaba enfrascada en la horrible tarea de arrojar una langosta viva a una enorme olla de agua hirviendo. Al entrar Tom la buena señora acercaba el crustáceo al vapor que emanaba de la olla. El animal movió las extremidades y Tom retrocedió hasta el umbral e hizo un gesto para indicar que esperaría en la sala de estar.”

Highsmith rompió con muchos tabúes. Hasta ella, las escritoras no hacían novela negra. Un género de hombres en el que se hablaba de tipos duros. Ahora la novela negra, nada tiene que ver y pienso en una de las últimas que se han publicado en España: Contra las cuerdas de Susana Hernández.

En esta novela las protagonistas son dos mujeres que trabajan como policías, Santana y Vázquez. Una de ellas es lesbiana, pero esto ni afecta ni deja de afectar a la historia, en la que la homosexualidad de una de ellas es parte de lo cotidiano.

Y en la comida,  entre Vázquez y Santana, no hay diferencias (excepto en el postre):

«Comieron como Dios manda en un restaurante de comida tradicional catalana de la calle Bonsuccés, muy cerquita de las Ramblas, y a la vez a resguardo de los típicos restaurantes para turistas que ofrecen paella plastificada y sangría venenosa a precio de oro. Degustaron entremeses variados, arroz caldos o con bogavante, albóndigas caseras con sepia y, de postre, crema catalana para Vázquez y arroz con leche para Santana».

 

contra-las-cuerdas

Unknown

Anoche la final del programa televisivo MasterChef arrasó con la audiencia en TV y en Twitter. Fue uno de los temas más comentados en esta red social porque ya nadie entiende ver la tele sin comentar lo que le parece.

A esta nueva forma de ver la televisión en la que se rompe la dirección única del mensaje, pues los telespectadores pueden comentar lo que ocurre e incluso interaccionar con quienes lo realizan a través de sus perfiles en Twitter se llama Televisión Social y ya en España supone el 32% de los tuits que se escriben en las horas punta o prime-time.

Es una nueva forma, mucho más divertida y crítica de ver la tele, que además la está haciendo resurgir. Pero lo más importante es la capacidad de reflexión que permite leer los comentarios de quienes ven el programa.

La semifinalista del programa Masterchef recibió anoche como regalo un trabajo por un año para cocinar en una cadena hotelera en México. Y aquí se encendieron los comentarios ácidos. Ya no regalan como en otro históricos concursos de la televisión en los años ochenta un coche o un apartamento en la playa. Ahora se regala trabajo. La televisión sigue viva y reflejando la realidad social: hoy por hoy, un trabajo es un regalo, aunque sea fuera de España.