El escritor argentino Ernesto Mallo, que acaba de publicar en España El Policía descalzo en la Plaza de San Martín, puso sobre una mesa de la biblioteca de La Casa Encendida su receta de cómo cocinar una novela negra.

Aquí van las tres claves por si alguien se anima:

1- Hacer un plan a seguir, que incluya el inicio y el final.

2- Plantar la novela agregando palabras.

3-Depurarla eliminando todo lo que le sobra.

Y aquí, en algunas de sus palabras, el modo de hacerlo:

«En una novela todo lo que no es imprescindible molesta»

«¿Es mi novela mejor y más bella que los 300 árboles necesarios para publicarla?»

«La vanidad del autor debe estar detrás de la obra. Tienen que hablar sus personajes»

«No hay que subestimar al lector»

«Escribir es muy difícil y da mucho trabajo. Hay que ser obsesivo para ser escritor»

«Un best seller no lo es hasta que lo es»

«Uno no escribe lo que quiere sino lo que puede»

 

 

Aquí parte de la presentación de El Chef ha muerto en la Semana Negra de Gijón 2011 con el escritor argentino Ernesto Mallo, el cocinero de Casa Gerardo, Marcos Morán, y el periodista de Reuters, Martin Roberts. ¡De lujo!

De lo gastronómicamente atractivo a lo repulsivo. Así se pueden mover los escritores de novela negra y, como ejemplo, esta inquietante y cruel receta de pisco sour de Cristina Fallarás en Las niñas perdidas:

Quien haya decidido al fin matarlo debe adquirir el hámster en un puesto callejero (…).

Habiéndolo adquirido, se requiere solamente la mano derecha, una botella de pisco peruano, el zumo de un limón y la clara batida de un huevo pequeño, cotidiano.

Mézlense los ingredientes añadiendo una cucharadita pequeña de azúcar y sírvanse en copa de jerez o similar. En caso de tenerla a mano, añádanse unas gotas de angostura.

Y una vez con la copa en la mano izquierda, si uno es diestro, abrácese la pequeña bestia con la derecha hasta sentir su latido entero en ella. Con la panza del hámster en la palma y el pulgar sobre su lomo, procédase a recorrer su espalda con dicho dedo desde las traseras hasta la cabeza. Una vez realizado tal masaje las veces suficientes como para sentir al animal cercano (…) colóquese el pulgar en el punto exacto en el que la cabeza se distingue del tronco. Allí se halla la última vértebra cervical. Con un trago seco del pisco sour, ejecútese un gesto brusco del dedo que sirva para separar la cabeza del tronco del animal.

Láncese el cadáver al cubo de la basura.

Sólo apto para psicópatas. En fin, El Chef ha muerto.

Acabo de terminar de leer Un mal paso, la novela de mi colega Alejandro Pedregosa,  sobre un cuerpo mutilado que va apareciendo en el camino de Santiago.

Suso Corbalán, un comisario de policía de Santiago, tiene que afrontar el caso y para ello nada mejor que comenzar la mañana en dulce:

Follas Secas. Así se llamaba la cafetería en la que aquella mañana el comisario Suso Corbalán lidiaba cara a cara con un buen pedazo de bizcocho de limón, bañado en chocolate blanco y con montañitas de nata circunvalando el plato.

Y otra mañana:

Suso había regresado de su reunión diaria con los azúcares. En esta ocasión había desayunado un milhojas que alternaba las capas de merengue con las de natilla de naranja. El hojaldre se derretía en el calor de la boca mientras la naranja refrescaba el paladar y facilitaba la ingestión.

Para sentarse a la mesa con su ex-mujer, unas xoubas fritas, pulpo a feira, chorizo en vino tinto y mucho albariño.

Para la seducción, el escritor elige la cocina kosher en Roma y para el camino, mucho bocadillo de chorizo y tapas en la calle Laurel de Logroño.

Pena que Cunqueiro, que en la novela resucita en la cabeza de un viejo profesor universitario, no hablara en esta ocasión de La cocina cristiana de Occidente.

Y hablando de Universidad, aquí una reflexión de uno de sus personajes:

Las universidades no son lugares aconsejables para la gente de paz. Vaya al departamento que vaya siempre encontrará dos bandos enraizados en una guerra mortal y fratricida que no acaba nunca.

Como ven, no sólo El chef ha muerto.

 

 

 

El número uno del único fanzine gastronómico en blanco y negro y en papel, enCrudo, ya está en las calles. De mano en mano. Después del plantel del número cero, el uno sigue rompiendo en contenidos y en diseño.

 

En este nuevo ejemplar, que sale numerado en serie limitada, estos son los temas y sus autores:

  •  La periodista Nuria Blanco con la «La cocina y el amor» (comer y amar son necesidades que pueden convertirse en Arte, ¡láncese a la comida!)
  •  La cantante Yanira propone  doble ración de alquimia: escuchar música y cocinar.
  •  El chef Rubén Cordero Paz nos «dibuja» la alta cocina.
  • La periodista Alessia Cisternino se plantea si la cesta de la compra puede definirnos… y ¿atraernos?
  •  El escritor Pedro Escudero Zumel nos presenta los gustos culinarios de su niño zombi…
  •  Los fotógrafos Baldomero Fernández y Álvaro Fernández Prieto nos introducen por debajo de la piel con poemas sub-cutáneos.
  • El periodista gallego Serxio Gonzalez saborea y muerde el pasado preguntándose: ” ¿que carallo a pasado aqui?”
  •  El Pingue, Roberto González Paredes, saca las Cachas y el carnicero dispara, claro.
  •  El cocinero Sacha Hormaechea sabe que siempre hay un móvil, en la novela negra y …en todas las mesas.
  • El periodista Mikel Lopez Iturriaga, también conocido como El Comidista, se da vuelta y vuelta entre pregunta y respuesta en una entrevista de Yanet Acosta.
  • La escritora Almudena Montero alucina con la que se le ha montado en la cocina: ¡huevolucion!
  •  El profesor Alfonso Puyal nos ofrece un exquisito menú del día.
  •  La viajera Bárbara Sebastian por Japón se sorprende a sí misma.
  • El artista Javi Delgado deja su corazón.
  • La periodista Alexandra Sumasi y la ilustradora Mar Sumasi regresan a la abuela.
  • El abogado y navegante Antonio Tena cuenta su experiencia de cocina a bordo.

Jacobo Gavira echa el resto ilustrando este número y nos regala una imagen «Experience» y Yanet Acosta pesca a El Comidista y a Pepe Solla y los vuelve tarumba.

Un día, en el comienzo de la campaña electoral por la presidencia del gobierno de España, me levanté con los tweets de Rajoy y Rubalcaba sobre sus desayunos. El político del PP tomó kiwi y pan con aceite y, el otro, el del PSOE, algo de fruta. Ayer, antes del debate del cara a cara por las elecciones del 20-N, se afanaron por mostrar en Twitter lo que comían.

Rubalcaba pollo con ensalada, kiwi y poleo (más que sano, me parece algo hospitalario). Rajoy, jamón ibérico (Ojo a la foto, porque el plato intacto parece parte del decorado con los candelabros, el papel pintado y ningún ordenador).

Una vez más, sólo puedo decir que la comida también es propaganda.

Inevitablemente me viene a la cabeza aquello de «Aquí se come lo que Dios manda». Las lentejas de los viernes, la paella de los jueves, el cocido del domingo y el cordero por navidad. Si fueras judío, pues la comida kosher y nada de levadura en Pessah. Si fueras musulmán, pues se acabó el jamón. Y si te da por el budismo, nada de carne que nos pone violentos.

La propaganda gastronómica ha sido religiosa y también política. No hay más que estudiar el franquismo. En los años de posguerra en España, cuando los alimentos se distribuían entre la población a través de la cartilla de racionamiento, se obligó a las tabernas a tener un “plato único”.

El objetivo era evitar a la vista la abundancia gastronómica en una España hambrienta, pese a que los cuadros del partido se paseaban por el Horcher y el Jockey, los restaurantes de referencia en la capital y que tenían fama europea.

En los sesenta del siglo XX, Fraga Iribarne se inventó el «menú turístico» para vender una imagen de España. Fue tan fuerte el impacto propagandístico que aún lo sufrimos.

En el siglo XXI los políticos españoles han pasado a la imagen saludable, mediterránea o ibérica. Pero el objetivo es el mismo: propaganda.

Y ante eso: Resistencia gastronómica.

Ir a un restaurante para mí es pasármelo en grande. Divertirme, reírme, pensar. Y eso sin la gente de sala es imposible. Un jefe de sala que te sonría, pero no en plan anuncio, sino desde la sinceridad. Que se interese por ti, pero no en plan políticamente y distantemente correcto, sino desde la empatía. Que participe de tu fiesta  a través del guiño de la sonrisa. Que te guíe en conocimientos, pero nunca desde la soberbia ni desde el exceso de información, sino desde la naturalidad del que quiere aportar. Y que también se deje alimentar de otros conocimientos, pero no desde el solícito “Ah”, sino desde su propia curiosidad. Que no se note que está cuando llega el momento de silencio y reflexión y que aparezca como por casualidad en el momento que toca volver a festejar. Que comparta felicidad.

Por eso en la sala también se pregona: El Chef ha muerto. Y si no que se lo pregunten a Didier Fertilati y a Giovanni Mastromarino del restaurante Quique Dacosta.

¡Gracias!

Los canallas no estamos hechos para la nostalgia. Te acuerdas de tu abuela, del flan que te hacía cuando eras pequeño (el de verdad, no el de los polvos) y vas y quieres volver a hacerlo. Y como era el que hacía la abuela, pues te vas a la estantería a por un recetario viejuno y manos a la obra.

Cuando ya está la leche calentándose al fuego con la vainilla, vas y lees la parte superior de la receta en la que pone: “8 personas”. ¡Dios pero si vivo sólo con una gata que nunca quiere comer lo mismo que yo! Intentas corregir. Quitas la mitad de la leche (así, a ojo).

De pronto te llama Rafa por teléfono para quedar y, claro, tú sigues a la faena. Pones el azúcar a calentar mientras se lo vas transmitiendo con el móvil pinzado entre hombro y oreja a tu colega, quien, casualmente ha trabajado en alguna cocina. A los segundos, cuando intenta convencerte de que lo mejor es quedar en otro bar, te advierte: ”Y cuidado que no se te empanice”. “Empa…qué?”

Miro al recipiente y ya sé de lo que habla. Unas bolitas de azúcar han usurpado el lugar que debería ocupar un caramelo líquido. Cuelgas a tu colega medio cabreada diciendo aquello de: “Ya hablamos que estoy muy ocupada” y te propones hacerle la guerra al empanizado.

Intentas lavar la cacerola con el azúcar apelmazada en el fondo y se produce el terror en el fregadero. ¿Pero cómo se quita esto?

Respiras y recuerdas las últimas palabras que has leído de Freud. En otra cacerola lo vuelves a intentar y se medio vuelve a empanizar, pero al final, piensas que no se notará.

Revisas la receta y, claro, si has quitado la mitad de leche, pues habrá que quitar la mitad de huevos, pero, como está hecho a ojo, pues le pones un huevo más que, total, no se va a notar.

Y ya por fin, al horno. Media horita dice el libro. Y lo dejas. A los 25 minutos te acuerdas y reaccionas: “Si tiene la mitad de ingredientes, a lo mejor, necesita la mitad de tiempo”. Apagas con urgencia el horno y, ahora, a enfriar durante dos horas (¿o será una hora y media porque tiene la mitad de ingredientes?).

Cuando lo sacas de la nevera sólo tienes dos opciones: o soñar que vuelves a la infancia o leerte enCrudo.

Definitivamente, El Chef ha muerto.

(Por cierto, me ahorro la foto…)

El psicoanalista Sigmund Freud no sólo recetaba largas sesiones de diván. También recetas de erotismo oral, que es como él llamaba al placer de comer.

Increíble pastel edípico, Fettuccine libido, Tomates inconscientes y Ponche superyoico son algunas de las propuestas de este recetario delirante recopilado del archivo personal de Freud y que se acaba de publicar en español.

Freud dice que al leer entre sus recetas «Pastel de manzana de mamá» se dio cuenta del amor a la madre y de los celos al padre, así que lo termina rebautizando como «Increíble pastel edípico».

En los «Fettuccine libido» (cuya salsa se hace con nata, parmesano, guisantes y jamón) aconseja que sea homosexual el cocinero. Y remata la faena diciendo «yo nunca me canso de comerlos».

Para el psicoanalista, el inconsciente es tan complicado, que propone una receta de conserva de tomate para entenderlo. Y para potenciar el yo, su «Ponche superyoico» con huevos, ron, leche y azúcar.

Para Freud, comer mal o «Almuerzo interruptus» como él lo llama, era síntoma de neurótico.  Y como punto final hace una advertencia:

Los médicos (acostumbrados a las comidas de cafetería de hospital) no comen bien y han sublimado sus frutaciones orales en terribles advertencias contra las comidas sabrosas. Y si el psicoanálisis cae en manos de los médicos, el arte culinario no tardará en desaparecer.

Será por eso que…El Chef ha muerto?

Un amigo, que ha tenido la suerte de pasear por Noruega me ha traído como recuerdo un serio libro (por peso y apariencia) titulado: «Norwegian National Recipes. An inspiring journey in the culinary history of Norway» (o sea, Recetas Nacionales Noruegas. Un viaje inspirador por la historia culinaria de Noruega) de la periodista Ardis Kaspersen y el cocinero Arne Brimi.

Un recorrido ilustrado que comienza por el Norte del país con platos como el cordero estofado, el halibut (pescado de profundidad) con repollo o carne de reno en diferentes preparaciones. Al llegar a la región de Trondelag, en el centro del país, entre recetas de langostinos y cangrejos me encuentro con la ¡tortilla de patatas! (Potetomelett, según reza el título de la receta en noruego).

En lugar de patatas confitadas en aceite de oliva virgen extra, la receta indica que se realiza con patatas cocidas. Además lleva cebolla gratinada, nata y media cucharadita de nuez moscada.

Por último, dispone que, patatas y huevos batidos deben gratinarse al horno con un poco de mantequilla, en lugar de cuajar en sartén como, por definición, se hace cualquier tortilla.

Para decorar, eneldo, en lugar del perejil de Karlos Arguiñano.

Y no dudo que la receta sea de tradición noruega, pero a juzgar por la foto del libro, la globalización llega hasta el corazón del Norte de Europa.

¿No les parece?


Para la próxima,  ciberactivistas gastronómicos recomiendan probar con la receta española. Menos mal que ya queda poco para el próximo enCrudo y que El Chef ha muerto.