Posts etiquetados ‘Literatura’

Pistola (microrrelato Yanet Acosta)

En la cola del pan, pidió una pistola.

La lió.

 

 

*En Madrid la barra de pan se conoce como pistola. Según el escritor Miguel Ángel Almodóvar, es el nombre que se le daba a media barra del pan de Viena que introdujo en Madrid el tío de Pío Baroja. Se debe a una traducción del nombre que se usaba en Alemania para este pan, “pistole”.

Portada epub El Chef ha muerto

Esto es algo de lo que le pasa a Lucy Belda, la periodista gastronómica de El chef ha muerto:

 

Lucy lleva horas en la cama. Siente un deseo irrefrenable de fumar, de autodestruirse, de desaparecer. Necesita hablar de esto, contárselo a alguien. Coge su móvil entre las manos. Repasa su libreta de contactos. Uno tras otro. Periodistas, cocineros, blogueros, compañeros de trabajo, ex-compañeros de trabajo, ex-compañeros de estudios, ex-compañeros de clase de inglés, jefes de prensa, ligues de uno o dos días, su antiguo profesor de francés, su madre y su ex-novio. Vuelve a repasar la agenda repleta de ex-contactos. No tiene a quién llamar.

 

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Ven toma su café en el bar de Sito. Como todas las mañanas. Ojea los periódicos. Hace años que no gasta ni un céntimo en comprar uno. El papel está destinado a morir y no quiere ser él quien alimente el último aliento de la prensa. Le gusta comentar los titulares con los habituales de la barra y jugar a decir tonterías. Esta mañana, todas las portadas destacan la misma noticia.

Portada epub El Chef ha muerto

—Joder, Sito. Se ha muerto el tipo que hacía mariconadas con la comida.

—Joder, Ven. No me digas que te enteras ahora. Están bombardeando desde ayer en la televisión con el notición. Lo mejor es que no se sabe cómo coño ha muerto. Y lo peor es que estaba en no sé dónde…

—En Corea —grita Pepe el mecánico desde el otro lado de la barra—. Me acuerdo porque fue la sede del Mundial de fútbol y anoche pensé: hay que joderse irse tan lejos a morir. Además, era un tipo listo y se lo curraba. Yo lo vi un par de veces en el programa de Buenafuente. Así que Ven, déjate de rollos, que ya te hubiese gustado ir a ti a su superrestaurante.

—¡Bah! —contesta Ven desde el otro lado y sigue ojeando el periódico—. Coño, si parece que no ha pasado otra cosa en el mundo.

—Es que eres un pedazo de bruto —le suelta Juan, el carnicero—. ¿Es que no sabes que ese tipo hizo grande a España? Esta mañana decían en la radio que ha hecho más él por el país que el mismísimo presidente del Gobierno.

—Eso no es difícil —grita el mecánico.

 

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Hoy me levanté festejando el 13 de noviembre leyendo a mi tocayo de día Robert Louis Stevenson. Y para celebrarlo, un cuento escalofriante “Janet la contrahecha” publicado en La isla de las voces, en una edición de 1985 de la editorial Siruela prologado por Jorge Luis Borges.

Decía Borges:

“Me es tan difícil escribir sobre Stevenson como escribir sobre un amigo íntimo”

Y Stevenson siempre vuelve, como el recuerdo de un amigo de la infancia, con el terror de la dualidad maligna, con el sueño del viaje lejano y  la rica soledad de la vida.

También regresa con frases que saboreas como la que habla del protagonista de “Janet la contrahecha”:

“No cabía la menor duda de que el reverendo Soulis había pasado demasiado tiempo en la universidad. Se interesaba y se preocupaba de muchas cosas además de la única verdaderamente necesaria”.

Cuando hago memoria gastronómica de su lectura, recuerdo el vino que paladeaba con sus amigos el Doctor Jeckyl y de la despensa llena de vinos de Mr. Hyde. Pero, Mr. Utterson, el abogado:

“Cuando estaba solo bebía ginebra para castigar su gusto por los buenos vinos, y, aunque le gustaba el teatro, no había traspuesto en veinte años el umbral de un solo local de aquella especie”.

Así que hoy brindaremos, con vino y, después, con ginebra.

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Me enamoré de Lascano. Perro viejo, que enamoró a Eva en Crimen en el barrio del Once. Y en su última aparición (Los hombres te han hecho mal) encontré un motivo más: se llama Venancio, como Ven, Ven Cabreira, el investigador privado de El chef ha muerto. Pero emociones coincidentes a parte, esta novela me flipa por su ritmo en presente furioso pero reflexivo, por su estilo que supera las limitaciones del género y porque jode de lo que habla, la trata de mujeres como ganado, y la estupidez del hombre que lo vende y que lo compra.

También me ha marcado por cómo muestra el paso del tiempo de un Lascano que se mira al espejo y dice: Envejecer es una mierda. (Y yo pienso, para él y para mí, da igual cumplir 65 que 35, es una mierda igual). Pero no hay otra que pensar y, entonces, se da cuenta de que:

“El pasado queda atrás, se destruye, se despedaza, se diluye y se revierte. No hay nada más que el presente”.

En esta novela, los personajes de Mallo son más violentos que nunca (¿Qué es más cruel, matar a la madre frente al hijo, o al hijo frente a la madre?), pero también, más gastronómicos que nunca.

Lascano cocina para su amante, sin frituras, sin libido:

“(…) echa un chorro de aceite sobre el colchón de hojas (espinacas) y lo cubre con las milanesas, que va seleccionando por forma y tamaño a fin de colocar la mayor cantidad posible (…). Abre la tapa del horno, enciende un fósforo y lo arrima al quemador(…) En unos minutos comemos“.

Y Eva cocina para su madre a punto de morir un risotto y el actual marido de Eva, le cocina su mundo brasileño de carne do sol, moqueca de camarao, paozinho de tata, peixe asado no leite de coco…y ella sólo añora su asado criollo.Y la madre de Eva da en el clavo del paso del tiempo:

“Los viejos vamos de comida en comida. Ya no trabajamos, no arreglamos la casa, no tenemos nada de que ocuparnos, dependemos de los demás para todo. Comer es la última actividad vital que nos queda. El problema es con qué llenar el tiempo entre una y otra comida”.

Y el libro se me pasó entre una y otra comida, y ahora, espero el siguiente, como el delincuente, que “está siempre apurado, huyendo de acá para allá”.

 

-Algunos empiezan por el postre.

Continuación de Gato I y II del libro de microrrelatos Media Ración.

Jamás había fallado. Un plato perfecto para cuando un amigo viene a comer a casa, pasa la tarde y al llegar la hora de la cena aún está detrás de tu hombro a ver qué vas a preparar. En ese momento, sacabas las triunfantes acelgas y el amigo se excusaba y se despedía hasta otro día.

Hasta ahora había sido infalible, pero la crisis es la crisis y no sólo porque haya o no dinero, sino porque la mirada está en proceso de cambio, al mismo ritmo que se va despejando el polvo de nuestros ojos antes las mentiras financieras y políticas.

Y anoche, se me ocurrió poner en práctica el viejo plato asusta-amigos. Lejos de marcharse, mi colega, me preguntó con curiosidad qué iba a hacer con eso. Cocerlas brevemente con muy poca agua y servirlas en un plato con aceite, vinagre y pimienta negra. ¿Y la carne? Las acelgas son el plato principal. Las patatas cocidas con un poco de mantequilla, la guarnición.

Y se quedó y las comió y flipó con el sabor cercano a la tierra de los tallos y el frescor de las hojas verdes y la buena compañía que le hacen las patatas.

Y aunque esta vez falló mi plan, siempre guardo unas espinacas en el congelador, como plato definitivo “asusta-amigos”.

Un crujir de hojas secas bajo una carrera. Asoma el rabo.

– Hmm, ¡qué postre!

– Camarero, este plato está algo pasado…

(Del libro de microrrelatos gastronómicos Media Ración de Yanet Acosta)