Maus

Cuando empiezas, a veces, no paras. En Los Ignorantes conocí la referencia de Maus, un cómic Premio Pulitzer en 1992, que marcó un punto de inflexión en la historias de las viñetas. El autor, Art Spiegelman, narra la biografía de su padre, un judío en Auswicht. Caracteriza a los personajes como animales, según su nacionalidad o religión. Los judíos son ratones y jamás pensé que los trazos de las caras de ratones  pudieran ser tan dramáticas.

Muerte y hambre, marcan una historia en la que su autor tampoco escatima en emoción al mostrar a su padre víctima, pero también verdugo por su racismo frente a los afroamericanos.

Son muchas las viñetas impactantes de este cómic, pero una especialmente se me quedó grabada: en un tren, judíos encerrados mueren sin poder salir de él. Unos sobre otros, sin nada que comer ni beber durante días.

«No sabes lo que somos capaces de hacer con hambre», dice el padre al hijo, autor del cómic.

Y es así como se me ha despertado la curiosidad por saber más sobre el hambre: a ver qué dicen los antropólogos en el Curso de Verano de la Complutense.

La poeta Olaia Pazos lee en El Dinosaurio todavía estaba allí

El Día del Libro me gusta celebrarlo paseando, viendo, ojeando y escuchando. Así que primero me paseé por el centro de Madrid (Gran Vía, Callao y Sol). Puestos en la calle, pocos mirando y menos comprando.

¿Es la crisis económica o es la crisis del libro? ¿O son las dos?

La noche la pasé en la Librería Burma, y allí, aunque menos movidos que el año pasado, sí que se vendían, sobre todo, cómics y novelas gráficas.

Y más tarde me fui a El Dinosaurio todavía estaba allí. Lecturas de poemas y de relatos cortos. Una gran parte de los participantes eran escritores y poetas publicados. Y una gran parte de los espectadores, también eran escritores y poetas publicados.

Allí se venden libros, pero anoche, se vendieron sobre todo cervezas. Y los poemas y relatos se leyeron casi todos sin papeles, desde el móvil.

Un té en el Sáhara

Uno de mis cuentos favoritos aparece en la novela El cielo protector escrita por Paul Bowles en 1949 y llevada al cine en 1990 por Bertolucci con John Malkovich y Debra Winger como protagonistas.

El comienzo de la historia es de esos que me gustan:

«Se despertó, abrió los ojos. La habitación le decía poco; había estado demasiado sumergido en la nada de la que acababa de emerger».

En esta novela aprendí la diferencia entre turista y viajero: una cuestión de tiempo.

«Mientras el turista se apresura a regresar a casa, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la Tierra».

Y aquí va el cuento:

«Las hermanas Outka, Aicha y Mimouna ahorraron durante años para ver cumplido su sueño, tomar té en el Sáhara. Después de años, aunque no habían conseguido ahorrar lo suficiente decidieron vender todo lo que tenían y marchar, porque, de lo contrario, acabarían tristes y sin haber tomado nunca té en el Sáhara.

Outka, Aicha y Mimouna compraron una tetera, una bandeja y tres vasos y en la puerta del desierto dieron el resto de su dinero a una caravana. En la noche, cuando la luna iluminaba la arena blanquecina del desierto, decidieron cumplir su sueño. Tomar té en el Sáhara.

Las tres hermanas caminaron largo rato hasta elegir una duna donde prepararlo. Tras subir, Outka divisó una duna aún más alta. Así que, pese al cansancio, decidieron trepar hasta la duna más alta para cumplir su sueño. Al llegar, dispusieron la tetera, la bandeja y los tres vasitos, pero estaban tan cansadas que decidieron dormitar un rato antes de cumplir su sueño. Tomar té en el Sáhara.

Muchos días después pasó otra caravana y un hombre vio algo en la duna más alta. Cuando llegó a la cúspide, allí encontró a Outka, Aicha y Mimouna. Yacían en la misma posición en que se habían dormido. Y los tres vasos estaban llenos de arena».

Y como escribe el mismo Paul Bowles en esta novela:

«Uno nunca se toma el tiempo de saborear los detalles, pues uno se dice, otro día será, pero lo cierto es que cada día es único y definitivo, y nunca hay otra vez».

Only to eat

Un fin de semana de tapas con una amiga americana me inspiró este post para Tinta de Calamar en la Cadena Ser. Y es que el typical spanish y la traducción de la carta o del menú con el Google, a veces solo vale para que los guiris tomen fotos.

Aquí el post completo: Typical Spanish (anatomía de una carta de tapas en inglés)

Siempre hace ilusión que El chef ha muerto guste, pero si además está recomendada por Alberto Chicote, pues más. Al ser preguntado por la revista FHM, Chicote dice que sus libros favoritos inspirados en la cocina son Lo que hemos comido de Josep Pla y El chef ha muerto de Yanet Acosta. Un honor.

Alberto Chicote recomienda El chef ha muerto

Hoy se ha muerto Sara Montiel, una grande. Da igual que te gustara más o menos cómo actuaba o cómo cantaba, el caso es que se paseó con una tranquilidad pasmosa por todos los platós y por todos los fregados de los más míticos. Ella lo contaba con la naturalidad con la que cuenta esta anécdota sobre el día que le hizo unos huevos fritos a Marlon Brando.

Así, de natural y divertida. Manchega, que adoptó su nombre artístico de un pueblo vecino al que nació Campo de Montiel y que hablaba siempre de gachas y migas, sus comidas favoritas.

Y hablando de comidas favoritas, de cine y de muerte, otro recuerdo para Bigas Luna, el director de Jamón, Jamón o Huevos de Oro. Lo conocí en San Sebastián, en Lo Mejor de la gastronomía, cuando le dieron un premio. Allí dijo que «la culpa de todo la ha tenido el ajo, el jamón y el aceite de oliva». Y son fetiches que aparecen una y otra vez en sus películas. Eso y las tetas. Que también le dieron algún problema, porque memorable fue su idea de que el postre de una cena fuera hecho a base de chocolate fundido y tomado directamente del pezón de una modelo. Su amigo del alma, Paco Torreblanca, lo tomó al pie de la letra y las feministas aún lo recuerdan.

Hoy también ha muerto la Dama de Hierro, Margaret Thatcher y, la verdad, lo que más recuerdo de ella es su amor por el whisky. Así que después de los huevos fritos, el jamón y el chocolate de una teta, un trago de whisky, porque los muertos son recordados con cariño únicamente por lo que comieron en compañía y bebieron en soledad.

Crema pastelera

Publicado: 07/04/2013 en Gastronomía y vino

En Negra con Puntillo han tomado la receta de la Crema Pastelera que aparece en El Chef ha muerto. La autora, Linda Meyer, pastelera, inquietante y apasionante.

Avatar de TerriNegra con puntillo

(…)

Pablo Ras, el nuevo jefe de cocina aún no ha dejado de dar órdenes desde que el propietario del restaurante le nombrara capitán del barco.

—Tú, llama a los proveedores de marisco. Liliana, a limpiar espárragos ahora mismo.

Mira con ojos de triunfador a Linda.

—La pastelera, a sus pasteles. Nada de tonterías ni de novedades. Comienza con la crema pastelera y el hojaldre que hacíamos en los ochenta. ¡Ahora mismo!.

Linda toma un bote de azúcar que lleva escrito en letras grandes Isomalt. Es un derivado de la sacarosa típico de los dulces y caramelos industriales desde los años 80, conocido como E-953. En el año 2000 el Chef lo puso de moda en la cocina, pese a que la industria ya lo utilizaba. Pablo vuelve sobre ella.

—No quiero nada de excentricidades, Linda. El Chef ha muerto. Haremos un menú vintage de los ochenta en su honor…

Ver la entrada original 108 palabras más

Foto restaurante El Poblet

Parece obvio, pero a veces no lo es tanto. Lo que hace que uno vaya a un restaurante u a otro puede ser un simple detalle. Aquí va una lista de 10 que he hecho para la Cadena Ser.

vivir_de_noche

Vivir de noche tiene sus normas, dice Dennis Lehane en su última novela. El género negro, también y él las aplica de maravilla. Ha sido mi libro de estas vacaciones y me ha dejado el paladar con el gusto a buen ron, a arroz con pollo y a una historia que suena cada vez más cercana: la crisis del 29 en Estados Unidos y la Ley Seca.

Un gánster, que comenzó en la adolescencia cuando aceptó dinero del diario Globe para incendiar un puesto de venta de la competencia, el Standard, se mueve de Boston, tras pasar dos años en la cárcel, a Tampa para controlar el mercado del ron. Allí se relaciona con los cubanos y allí se hace el rey del mambo. Crueldad, venganzas y matanzas, pero sobre todo amor, porque esta novela gira en torno a su enamoramiento de dos mujeres, que son quienes de verdad hacen que su vida vaya en un sentido u otro.

Cuando se enamora de la primera, el gánster para el que trabaja le dice:

-¿Sabe cocinar?

-Sí -afirmó Joe, aunque la verdad es que no tenía ni idea.

-Eso es importante. Da igual si lo hacen bien o mal, lo que cuenta es que se pongan.

En la mesa se puede encontrar el mayor placer, pero, cuando se junta a un padre poli, a su hijo gánster y a su novia de dudosa reputación, la tensión es el plato principal. La comida les da un respiro:

«Llegaron a la mesa los segundos platos, y los tres dedicaron los siguientes veinte minutos a comentar la calidad de la carne, de la salsa bearnesa y de la nueva moqueta del restaurante».

Según llega a Tampa le llevan a tomar una limonada y:

«No estaba seguro de que fuera la mejor que jamás había probado, pero aunque lo fuese, no dejaba de ser limonada. No era fácil entusiasmarse con una puta limonada».

La llegada a este nuevo lugar le introduce en nuevos sabores, los cubanos de la ropa vieja, las judías negras, el arroz con pollo y el arroz amarillo, y en un nuevo lío:

«La primera vez que hicieron el amor fue como un choque de trenes. Se crujieron mutuamente los huesos, se cayeron de la cama y se llevaron una silla por delante y, cuando él la penetró, ella le clavó los dientes en el hombro con tal fuerza que le hizo sangrar. La cosa duró menos de lo que se tarda en secar un plato».

El manejo del humor y la muerte de Lehane se nota en frases como esta:

«Tim Hickey se cortaba el pelo una vez a la semana en Aslem’s. Un martes, algunas de sus guedejas de pelo se le metieron en la boca cuando le dispararon en la nuca».

Las notas históricas están bien salpicadas en la novela, que habla de Sacco y Vanzetti, y de una crisis que se llevó por delante a 13 millones de puestos de trabajo en Estados Unidos y en la que cerraron más de 300 bancos. Y en esos momentos, solo el mercado del vicio permanecía boyante.

«Mientras el resto del país hacía cola por un plato de sopa y pedía limosna, los ricos seguían siendo ricos. Y ociosos. Y aburridos».

Y para acabar, otra frase muy actual dicha por el gánster:

Un prestamista le parte la pierna a un tío porque no paga sus deudas, y un banquero le quita la casa a alguien por el mismo motivo. Tú crees que son diferentes, como si el banquero se limitara a hacer su trabajo y el prestamista fuese un criminal. Yo prefiero al prestamista porque no intenta parecer otra cosa.

 

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Todo el mundo habla de maravillas del nuevo restaurante mexicano en Madrid y yo no estoy de acuerdo. No es un restaurante mexicano. No. Punto MX hace su propia cocina y eso significa cocina de autor.

Fui a él buscando las emociones del país en el que pasé un mes el pasado año (tengo allí familia) y, nada que ver, sino todo lo contrario, mucho mejor. Me alucinó el equilibrio de los sabores -ácido, dulce, picante y salado- que consigue en sus platos, la elegancia de las cocciones y el buen gusto a la hora de combinar ingredientes (la combinatoria es tan difícil como conseguir una buena paleta de colores para un pintor).

Su plato más afamado es el guacamole, puesto que lo hacen al momento en el molcajete de piedra volcánica, sin embargo, a mí personalmente no me pareció la panacea. Lo más habitual en los restaurantes mexicanos de Nueva York y de otras muchas ciudades acostumbradas a la cocina internacional es que lo hagan así, y en España ya tardábamos, la verdad. Así que espero que sea imitado por el resto de restaurantes de la ciudad, solo por el bien de nuestra cultura general.

Para mí fue mucho más intenso entrar en una carta bien redactada, sencilla de entender y fácil de comer. Pese al nombre poco atractivo para un español de chorizo verde, nos atrevimos a pedir el Taco de chorizo verde con aguacate, queso, salsa martajada y chiles toreados. El truco es que el chorizo se hace con aromáticas como el cilantro y otros picantes que le dan el tono verde y fresco y el taco estaba que se comía solo.

Por curiosidad mediterránea pedimos también los Tacos de bistec de atún rojo a la plancha, salsa de chile serrano y limón verde. Lo primero que uno piensa es que será un desastre la mezcla y, tachán, sorpresa, uno de los tacos más deliciosos que nunca tomé.

Y para seguir con mi curiosidad nos decantamos por un Pargo zarandeado a la brasa con pico de gallo de piña, que era pura elegancia y sutilidad en boca.

Al final de la comida yo tomé mezcal, porque mi prima mexicana me enseñó a disfrutarlo. Mi acompañante y amigo Álvaro, tequila. Los elegimos de un carrito que el camarero explicó con pasión y eso, se agradece. Tan bueno es el trato que apenas notas que estás en el pasillo de un sótano pintado de blanco animado por una ventana.

Ahora solo me falta repetir, porque ya deseo probar el resto de la carta. (Y que se bajen del burro los críticos, los malos restaurantes no merecen una segunda visita, solo uno se muere por repetir en los irrepetibles).