Today, proyecto fotográfico de Ariadna Acosta, ilustradora de Noches sin sexo

La artista Ariadna Acosta, con quien comparto apellido, inspiración y un libro titulado Noches sin sexo, acaba de presentar su proyecto fotográfico «Today» como Trabajo Final de Grado. Este fin de semana ha festejado el término de su carrera de Bellas Artes. Y para borrar toda duda de que no es la inanición lo que le espera, lo hizo entre platos en un restaurante 🙂

A modo de homenaje, le dedico esta crítica a su obra, que les invito a conocer en su blog: Ariadna Acosta.

 

Los instantes captados por el ojo de Ariadna Acosta parecen inocentes, fugaces, intrascendentes. Son como esos miles de segundos al día en los que parece que no pasa nada. Sin embargo, la instantánea de esta fotógrafa hace que la mirada del espectador se quede un largo rato sobre ellos y que, incluso, regresen a la memoria como trozos inmortales del anuncio de la fugacidad de la vida y de la vulnerabilidad de su transcurso.

Estos instantes están tomados del paso del día a día rodeados de gente, pero también de espacios que pasan desapercibidos. Y aún más en detalle por objetos que podrían perderse en el barroquismo de la imagen, pero que ella los saca a primera línea para protagonizar una emoción, habitualmente de vacío inquietante que queda clavada en el cerebro del espectador.

Los espacios

Inquieta observar un espacio de una casa al que nadie ha hecho el más mínimo caso. El paso del tiempo se percibe en sus paredes. Las cosas amontonadas recuerdan la dejadez del ser humano. Y el espacio en sí, demuestra el absurdo de tantas de las acciones que ejecutamos y transformamos en materia durante nuestro paso por esta vida.

La mugre del suelo es parte de la decadencia que nos envuelve desde nuestro nacimiento. Y el pequeño cuadro transmite la tristeza del intento por hacer bello con más materia lo decadente e inservible.

Sobre una cama se amontonan cosas. En primer plano, una silla rota, decadente, absurda, que apenas ya puede cumplir su función.

En otras ocasiones, el amontonamiento (por ejemplo el de cajas vacías de bebidas apoyadas contra un muro) es otra huella más de la decadencia a la que estamos condenados. Beber y generar inservibles desperdicios parecen ir de la mano. La acción de beber la festejamos con la vaga ilusión de sentirnos en el paraíso. Sus residuos los ocultamos en la pared de atrás de cualquier bar.

A veces, esos espacios no tienen nada. ¿Puede haber algo más inquietante que un pasillo vacío? ¿El ascensor vacío? ¿Un parking vacío? Lo absurdo del espacio construido con un objetivo funcional que no cumple. Un proyecto de algo que no vale para nada. Una intención tirada por la borda.

También trata el paisaje como un espacio que inquieta. Tras las encinas de la dehesa asoman tres rascacielos. Nada tiene sentido.

Los objetos

Ariadna Acosta utiliza los objetos como centro de parte de sus series de instantes. Los objetos juegan un papel decisivo en el día a día y nos anuncian nuestra propia decadencia y muerte. Un dispositivo para el goteo parece el centro de la cuenta atrás de una vida. Un oso de peluche que cuelta de una pinza en una cuerda, el término de una infancia. Y una taza con un “divertido” payaso pintado pierde toda la alegría que supuestamente debería dar entre las manos por las que ha pasado el tiempo.

Los gestos

Entre los gestos que Ariadna Acosta deja congelados en sus fotografías se encuentran los de caras anónimas que pasan por la calle y que solo en un segundo dejan la impronta de su ser que luego ella dejará inmortalizada para siempre.

También trata como gesto el que tiene un cuerpo. Una niña sentada con los brazos cruzados con una cara rebanada por la paupérrima toalla mil veces usada que espera a secarse al sol para volver a usarse.

También se encuentra el gesto del modelo que se mira al espejo, y el de la que lleva sus manos a la cabeza o el del que anda a los lejos en un espacio de nada.

Decadencia, muerte, vacío y lo absurdo de la existencia son las emociones que impregnan esta serie de instantáneas de Ariadna Acosta, que inquietan hasta al más optimista.

Más fotos en Ariadna Acosta.

En la literatura siempre hay que volver a los clásicos. Shakespeare y Cervantes son la referencia. En Madrid, también hay que revisitar los clásicos de la gastronomía, que son Botín y Casa Lucio.

Visitar el restaurante Botín merece la pena ya solo por ver su antiquísimo horno en el que cada día se asan decenas de cochinillos. La belleza de un lugar que tiene a orgullo ser la taberna más antigua del mundo según el libro Récord de los Guiness, se ensalza con la amabilidad de sus camareros y responsables, que permiten a los comensales pasear por sus salas antes de elegir mesa. Cada vez que voy, me gusta mirar el horno, inspirar y bajar a la cueva (planta subterránea con techo abovedado) para sentir el paso del tiempo. Sin embargo, termino por sentarme en la segunda planta. Es inevitable estar rodeada de japoneses, rusos, y otros ciudadanos del mundo que vienen atraídos por el entorno del restaurante, la Plaza Mayor de Madrid, y por las recomendaciones de sus guías.

Desde luego, en Botín, aunque hay una extensa carta, el plato para tomar es el cochinillo. Piel crujiente y carne jugosa. Perfecto. Además, te permiten pedir media ración si eres de picotear mucho. Y para entrantes aconsejo las anchoas y la ensalada de pimientos asados, aunque hay otras opciones que tampoco desmerecen como el gazpacho.

Sin embargo, para tomar gazpacho prefiero el Casa Lucio. Cerca de Botín, pero en un ambiente distinto. Está situado en la calle de la Cava Baja en el barrio de Latina —el lugar elegido por los madrileños para tomar el aperitivo de los domingos, repleto de bares y gente—. Casa Lucio es memorable entre españoles y extranjeros por sus huevos estrellados, es decir, huevos fritos con patatas fritas. Ha sido además el lugar elegido por muchos políticos para mostrar España a representantes internacionales (difícil olvidar que ha sido visitado en varias ocasiones por los Clinton y otras celebridades) y ese poso queda.

Para poder sentarse a la mesa hay que tener la previsión de reservar, incluso entre semana. Muchas comidas y cenas de trabajo y un público más nacional que internacional en muchas ocasiones. Ambiente reservado, nada de pasear por la sala y rigidez en los camareros. Menos mal que el gazpacho está suave y delicioso, que por la puerta entra de vez en cuando Juanito el Golosina haciendo una broma a los de la barra. Eso sí,  los huevos estrellados nos recuerdan la sobriedad de nuestra cultura. Mis amigos estadounidenses me preguntan que dónde está la salsa, y aunque les explico que con el aceite de oliva de la fritura y la yema es más que suficiente no quedan convencidos. Tampoco mis jóvenes primos, que los prefieren con chorizo por encima. En mi caso, sí que me gusta percibir la elegancia del más humilde pero más emocional de nuestros platos. La patata de corazón blando y exterior crujiente perfumada al aceite de oliva y tocada con la sabrosa yema líquida —para mí la mejor salsa del mundo—. Este plato, como se puede observar, es ejemplo de la dificultad que entraña la crítica gastronómica por la subjetividad que lleva implícita. Sin embargo, cuando se quiere entender un país, es mejor no buscar los sabores propios, sino entender los de aquel sitio o plato donde vamos. Así también lo enfoco yo cuando me siento en cualquier restaurante. Me pregunto: ¿Qué me quiere decir? Y ya luego, ¿está bueno? Y como con el Arte, una vez se entiende el contexto, lo que tienes delante puede gustar mucho más.

Bueno para acabar el solomillo de Casa Lucio es un clásico, pero hay que guardar sitio para el postre: Pan Perdido. Se trata de una preparación como la de la torrija, pero más cremosa y deliciosa.

¡Volveremos!

Si quieres leer más críticas gastronómicas de El chef ha muerto: pincha aquí.

Si quieres escribir tus propias críticas, te animamos a formarte con The Foodie Studies.

 

 

Salir en la tele criticando y poniendo orden en todo tipo de restaurantes, como hace Alberto Chicote, tiene un efecto reflejo. La gente cuando va a su restaurante recién inaugurado en el madrileño barrio de Chueca, Yakitoro,  va con la lengua afilada dispuesta a ponerlo a parir, porque es lo que mola. Yo, también. La verdad es que me cabreó mucho tener que reservar en un garito donde las mesas son compartidas, pero claro, la clave es que esto ocurre porque está a tope de reservas y expectativas. El camarero, lento para sentarte, pero rápido para darte la respuesta: «Es que esto es un sitio para hacer amigos». Sin embargo, esa noche a mi lado estaba sentado un señor con su iPad ingiriendo su ración de pastillas (primero pensé que eran aperitivo de la casa, pero luego me di cuenta de que eran made in Farmacia) con pocas ganas de hablar. «Yo me voy pronto», fue lo único que dijo.

La carta está repleta de raciones muy pequeñas con un precio que ronda los 3 ó 4 euros, que me parecen ideales para picotear de forma individual para acompañar una cerveza. Algo desenfadado y ligero, para gente que no tenga las expectativas de llenar el estómago en exceso. La gracia es que muchas de estas tapas están pasadas por la parrilla, siguiendo la costumbre japonesa de algunas izakayas o tabernas donde las brasas, sin embargo, son de leña frente a las eléctricas del Yakitoro y que tienen el inconveniente de desprender demasiado calor en la sala.

Todas las tapas son, en esencia, españolas, aunque casi todas con la gracia de la contaminación por la fusión de cocinas y culturas, un estilo muy presente siempre en la cocina de Chicote. Entre las que más me gustaron, las setas shitake que quedan geniales al grill porque se mantienen crujientes, lo que contrasta con la sedosas y saladas virutas de bonito que las cubren que al contacto con el calor de la seta recién asada casi se derrite. También me conquistaron las albóndigas de cerdo gracias a lo potente de su sabor y a lo bien que le queda la miel de romero que las envuelve.

La tapa que menos me gustó, la de tortilla de patata: seca y sin sabor, por supuesto sin la gracia del huevo que se escapa y con un alioli que no la reemplazaba en absoluto. Tampoco me gustó el marshmallow, y es que me lo esperaba casero, y, no. Así que me sentí como un adolescente que se come uno en el parque después de pasarle el mechero, lo que tampoco está mal, aunque no era lo que buscaba en ese momento.

Entre los comensales se festejan mucho las patatas fritas en tempura con salsa de sésamo tostado, pero sinceramente, a mí me parecieron una fritanga. Eso sí, que cada uno sea libre de meterse lo que quiera. Y de ello no culpo al restaurante ni al cocinero. Es un sabor que cada vez se generaliza más y que gusta a la mayoría. Yo prefiero otras apuestas, que me dejen descubrir sabores más puros y elegantes. Y, si buscamos en la carta, encontramos esos platos también, con combinaciones divertidas y que funcionan, como los tomates y melocotones con vinagreta de limón y albahaca. Pero los restaurantes son negocios, y lo que más se vende no es siempre lo más saludable, o lo que nos gusta mucho a algunos.

Una cena en Yakitoro puede resultar divertida e ideal para disfrutar de pequeños platos desfilando entre cervezas y risas con amigos, por supuesto, sin parar de criticar, que para eso nos ha enseñado el mismo Chicote en la tele sobre lo bueno, lo malo y lo que tampoco está tan mal. Para descubrir qué es a lo que mi paladar está acostumbrado y qué es lo que puede estar bueno, aunque nunca lo haya probado. Y, lo mejor, a este restaurante también se puede ir solo, con iPad para hacer las críticas en las redes sociales o sin él para aprovechar a charlar con el vecino.

Por cierto, si te hace ilusión profundizar en la crítica gastronómica, no dejes de ojear nuestra propuesta de Curso de Teoría y Práctica de la Crítica Gastronómica en The Foodie Studies o el II Máster de Comunicación y Periodismo Gastronómico, que comienza este mes de octubre.

¡Salud!

 

 

Una entrevista a Susana Noeda, la editora de Noches sin sexo.

Avatar de agencialetraspropiasPost Scríptum, el blog de la agencia literaria letras propias

DSC_0655Hemos hablado con Susana Noeda, la editora y fundadora de la editorial Adeshoras, que empezó en 2012 y se atreve tanto con novelas como con relatos. 

¿Cuál fue vuestro objetivo al fundar la editorial?

Adeshoras es un proyecto editorial muy personal que parte de mi propia inquietud y de las ganas de hacer aquello que desde hace años tenía en mente y me entusiasma. El primer objetivo es editar libros de calidad, casi por encima del económico, aunque no por ello deje de sopesar riesgos y hacer números para que un libro sea rentable y pueda ser sostenible económicamente nuestro proyecto. Más que una visión estrictamente empresarial, este proyecto tiene un componente emotivo y pasional que tiene como centro el mundo del libro y de la edición.

También, un poco después que Adeshoras, en marzo de 2013, lancé el sello editorial Anexo, especializado en diversas áreas de las humanidades…

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Noches sin sexo en la feria del libro de madrid

El próximo domingo, 15 de junio, estaré de 19 a 21 horas en la caseta 122 de A Punto Librería firmando el libro de relatos ilustrado Noches sin sexo y la novela El chef ha muerto.

¡Les espero!

 

 

El reino de los hombres sin amor de Alfonso Mateo-Sagasta

La novela histórica utiliza la gastronomía para ambientar al lector en una época y cuando está bien ligada, la lectura es un gustazo. Pero si además el protagonista es un tipo de pico fino y tan enamorado de los platos de la cocinera como de su ama, pues placer asegurado totalmente. Este es el caso de Isidoro Montemayor, el protagonista de «El reino de los hombres sin amor», que desde las primeras páginas no deja de entrar en la cocina de María (la cocinera de la marquesa de Cameros) atraído por el aroma del bacalao hecho en «una especie de guiso de manjar blanco muy suavemente espaciado».

Y es que en la casa de la marquesa se come bien —civet de liebre con arroz—, aunque  en el camino, a veces, no tanto. Algunos días, solo lo que hay en la alforja: tasajo, pan duro y queso. En las tabernas y ventas, un plato de bacalao al ajo, olla podrida o unas uñas de vaca.

Sin embargo, esas uñas, aunque muchos las disfrutaban, en un mal día por muy hambriento que se esté solo saben a «tierra» y los garbanzos a «serrín». Aquí uno de los símbolos más humanos, nuestro cambio de la percepción de los sabores según nuestro estado de ánimo. Y es que lo maravilloso es encontrarnos con el plato que te haga olvidar la tristeza. Pero eso, ni ahora ni antes, es tan fácil.

El reino de los hombres sin amor es una novela también llena de detalles médicos, de cómo remedios ahora absolutamente ilógicos eran seguidos a pie juntillas en la época e incluso pagados a muy buen precio solo por los poderosos. Entre las prescripciones médicas, también aparecen las tan antiguas de la comida. A López Madera roído por la sífilis médico le había recetado «gallina guisada, caldos de ave, pistos, huevos pasado por agua,…», pero viendo el final tan cerca, se pasó por ahí mismo las normas.

La comida de la calle del siglo de Oro en Madrid también tiene sitio en la novela. Son las empanadas de liebre las que animan una mañana de mercado, pero «estaban tan especiadas que igual podían ser de gato que de rato». En estos puestos ambulantes, llamados también mesones o bodegones de puntapié, además de comida también se vendían bebidas como el aguardiente.

El desayuno es lo que más llama la atención: Micaela chocolate con picatoste e Isidoro aguardiente con letuario (frutas glaseadas) o vino con torreznos. Pero tan pronto se está arriba como se queda uno en la calle sin nada y es que «los pobres ni pueden hacer planes ni tienen futuro». Y en la calle, la conversación que no cambia:

—Nos abrasan a impuestos para pagar sus fiestas (la de la monarquía española).

—Deberían gravar con impuestos los pescados frescos, las carnes finas de caza, los corderos, las terneras y el aceite de ballena. Pero no, marcan la sisa sobre el vinagre, la carne de oveja y hasta las velas de sebo.

Los guiños gastronómicos son solo una pequeña parte de esta novela llena de lecturas, entre las que me quedo con las críticas a la corrupción por parte de los «hombres de Estado» desde que nuestro reino de España es nuestro reino.

«A Lerma se le podría culpar de muchas cosas, pero jamás de la tacañería con los fondos del patrimonio del Estado».

También la crítica alcanza a la Iglesia y me quedo con un hecho que está documentado que indica cómo esta institución se perdía en grandes asuntos:

—Por cierto —preguntó doña Luisa—, ¿se han puesto ya de acuerdo en si el chocolate es comida o bebida? ¿Quebranta o no quebranta el ayuno?

—Interesante tema, doña Luisa —comentó el fraile mojando un bizcocho (en su chocolate) —. Se han dicho muchas cosas, pero el papa Pío V declaró claramente que era un líquido. Claro, que León Pinelo puntualizó luego que el chocolate no quebrantaba el ayuno, pero sus aderezos…—explicó alzando el bizcocho—.

Y para grandes males, grandes soluciones, también en el Siglo de Oro:

— ¿Conoce a alguien que no encuentre justificado robar a un banquero?

Por cierto que desde entonces, se forjó también otro de los pilares de nuestro reino, la pobreza del escritor:

«Es la necesidad la que le hace escribir. Nosotros debemos rogar al cielo para que lo mantenga en ella, de modo que la pobreza le estimule el ingenio y nos enriquezca a los demás con sus obras».

«El reino de los hombres sin amor» de Alfonso Mateo-Sagasta es una novela en la que seguir las aventuras de Isidoro y sus desvelos amorosos por una dama, y en la que a falta de sexo, buenos son sus sabores y sinsabores.

Yanet Acosta firma en la feria del libro de madrid

 

Yanet Acosta firmará su último libro Noches sin Sexo en la Feria del Libro de Madrid el próximo jueves 12 de junio y el domingo 15.

 

JUEVES 12 DE JUNIO

De 19.00 a 21.00 horas

Caseta 191: Librería Muga

 

 

DOMINGO 15 DE JUNIO

De 19.00 a 21.00 horas

Caseta 122: Librería A Punto

 

¡Les espero en la Feria del Libro de Madrid en El Retiro!

No hay trabajo bueno

La novela negra y erótica No hay trabajo bueno podrá ser adquirida este sábado, 24 de mayo, con el periódico Noticias de Guipúzcoa. ¡No pierdas la oportunidad!

La chispa de la novela No hay trabajo bueno se encendió el 12 de febrero de 2005, cuando ardía el edificio Windsor en Madrid, hace hoy nueve años. A las horas de declararse el incendio,  los medios “apuntaban” como posible responsable a una trabajadora que se había fumado un pitillo en el despacho a aquellas horas intempestivas hasta las que se había prolongado su horario laboral. Días más tarde se dieron a conocer  las imágenes de las dos sombras rebuscando entre los archivos en el edificio en llamas y ya la acusación anterior hizo aguas. El caso se cerró seis años después con un acuerdo extrajudicial y sin que se esclarecieran las causas del incendio.

No hay trabajo bueno  está protagonizada por Nieves, la trabajadora que se fumó el último cigarrillo en el despacho que ardió y que fue utilizada como cabeza de turco. Y en este contexto es en el que a través de la ficción encuentra la venganza en el “lejano Oeste” que es el Madrid de las oficinas desde el otro “alejado Madrid”, el que se encuentra al otro lado de El Retiro.

Esta historia, cargada de erotismo, habla de Madrid y su gente desde la mirada acerada del género negro y el western.

Si lo prefieres puedes comprarla en versión ebook en Amazon

 

Yanet Acosta con el músico Luis Antonio Muñoz (izqda) y el escritor Alfonso Mateo-Sagasta

Yanet Acosta con el músico Luis Antonio Muñoz (izqda) y el escritor Alfonso Mateo-Sagasta

Alfonso Mateo-Sagasta es escritor de novela histórica y amigo. Ayer presentó en Madrid su última obra: El reino de los hombres sin amor inspirada en el siglo de Oro español y protagonizada por Isidoro Montemayor, el personaje principal también en sus novelas Ladrones de tinta y El gabinete de las maravillas.

Durante la presentación, en la que fue interrogado por la autora de novelas policiacas Alicia Giménez Bartlett, el escritor desveló su receta personal para cocinar una novela histórica. Aquí algunos de sus trucos:

La novela histórica te debe hacer viajar a esa época.
Por ello el autor utiliza recursos como la descripción de un viaje de Burgos a Hendaya, que actualmente tomaría una hora en coche, pero que en el siglo XVII ocupaba más de un mes. Se trataba de un viaje infernal, sin hoteles ni restaurantes por el camino, por lo que había que arrastrar a muchos sirvientes que prepararan lo necesario. También había que contar con una estrategia para tener los suministros de comida suficiente. Por ello, en muchas ocasiones, el paso del rey por cualquier lugar en esta época era una auténtica ruina, porque se lo comían todo.
La Historia es una recreación personal. Yo la tomo con mucha ironía porque todo es discutible.
Para el escritor el humor es fundamental para recrear tiempos pasados. Además, asegura que hay momentos en los que la ironía sale sola porque describir situaciones como las que se vivían en aquella época son ahora una absoluta locura por lo que hay que mirarlas con humor.
La enfermedad como constante.
La enfermedad era una constante en siglo XVII y la humillación de terribles enfermedades llegaba a todos por igual, tanto al pueblo como a los jerarcas. La gente arrastra sus miserias como puede y esta situación es otro de los elementos que hace viajar al lector hasta esa época histórica.
La caricatura y los personajes.
En la novela aparece un gran número de personajes y para conseguir que el lector los recuerde, el escritor opta por la caricatura de muchos de ellos con grandes narices o culos desproporcionados.
La crítica desde la Historia a la actualidad.
En la Historia se encuentran situaciones como las que se viven en la actualidad y remarcarlas vale de crítica. Por ejemplo, la burbuja inmobiliaria tan actual en España, dice el autor que se inició con el Duque Lerma en 1601 cuando se llevó la Corte a Valladolid tras comprar terrenos allí que luego vendió a precio de oro.
Con esta receta de cómo cocinar una novela histórica comienzo la lectura de El reino de los hombres sin amor, una historia, en definitiva, afirma Alfonso Mateo-Sagasta, de amor.

El reino de los hombres sin amor de Alfonso Mateo-Sagasta

David Morello canta versos actuales por flamenco

El poeta David Morello se ha armado de valor y ha salido al tablao para renovar las letras del cante flamenco. Según él, se trata de acercar la poesía española contemporánea al flamenco, pero también valdría decir, acercar el flamenco a lo contemporáneo. Para David, muchos poetas españoles actuales escriben poemas con mucho de flamenco, «así que solo hay que darle música a los versos«.

Y en esta línea ha adaptado versos de Antonio Gamoneda, Félix Grande, Francisca Aguirre, Ángel González, Nicolás del Hierro, Luis Alberto de Cuenca, José Elgarresta, Manuel López Azorín, José Luis Morales, Rafael Montesinos, Ramón Hernández, Manuel Lacarta y de él mismo, que ha hecho sonar ya en su voz en Madrid en el Café Comercial y en La Siega junto a la guitarra de Sergio Burgas.

Entre muchos y muy buenos me quedo con estos de José Luis Morales cantados por Tientos Tangos:

«Lo peor de un hospital

no es el dolor ni la angustia,

sino la comida que dan»

El próximo 31 de mayo, cantaor y guitarrista actuarán en Sevilla para llevar estas nuevas letras al flamenco en La Carbonería.