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Noche de los libros en pijama Noches sin sexo

Gran parte de los mortales leemos antes de dormir. Dicen los budistas que eso no es bueno, que inquieta los sueños, pero, yo creo que más bien te invita a soñar. El qué, ya es cosa de lo que cada uno tenga en la cabeza. Y bueno, para celebrar la Noche de los Libros, a la escritora y tabernera Marisol Torres se le ha ocurrido ponernos a leer a los escritores en ¡pijama! La verdad es que no suelo usar, así que he empezado a buscar…, pero el que más me gusta es aquel de los ochenta que te servían en un plato enorme…flan, nata, dos bolas de helado, piña y melocotón en almíbar, plátano, caramelo y un par de barquillos ¡Eso sí que te impide dormir!

Mañana nos vemos con un pijama cualquiera en El Dinosaurio en calle Lavapiés, 8 en Madrid para celebrar la Noche de los Libros con #NochesSinSexo 

 

Hay pocas ocasiones en las que un diálogo sea más entretenido, honesto y sanote. Nada de flores gratuitas (solo la rosa de Sant Jordi de la editora de Adeshoras, Susana Noeda, nos adelantó al término de la presentación). Gracias a la escritora Susana Hernández por sus preguntas y comentarios que dieron sabor y olor a estos relatos de Noches sin sexo , a Gramona, que nos dio sus burbujas Imperial Gran Reserva 2007, para que sintiéramos que no todas son #NochesSinSexo y a Pequod que nos cedió su refugio librero en el barrio barcelonés de Gracia. También a los lectores: Diana, Isidro, Lola, Xose, María, Ángel y muchos más cuyos nombres grabó la pluma en el comienzo de estos 43 relatos.

Aquí les dejo algunas de las preguntas y respuestas de este diálogo-presentación:

-¿Noches sin sexo es una colección de relatos que ya tenías o los pensaste como libro?

-Los pensé como libro.

-Es que todos están escritos en registros muy distintos…

-Sí, porque la idea es que en común tuvieran el sentimiento real de una emoción, esa que a veces deja una noche sin sexo…

-En algunos relatos creas el suspense que en una novela te requiere páginas en tan solo unas líneas…

-Es divertido desnudar lo escrito…

-Me encanta «El batido de chocolate», es canario y deja ganas de comer chocolate…

-Es uno de los tres o cuatro relatos que tienen como fondo Canarias y ese olor del chocolate es tan potente…

-Sin embargo, en  «AmbiPur Limón» el olor es nauseabundo..

-Odio los ambientadores.

 

Noches sin sexo Yanet Acosta Barcelona

El próximo miércoles 11 de abril en la librería Pequod de Barcelona, la escritora Susana Hernández presentará mi último libro: Noches sin sexo.

El libro está compuesto por cuarenta y tres piezas entre las que se combinan relatos breves con microrrelatos, muchos de ellos brevísimos, para describir de forma directa e intensa las reacciones irracionales, anómalas e incluso violentas de unos personajes condenados a sus propias pesadillas.

Mujeres, hombres y niños recurren a la destrucción, la propia y la ajena, como única forma de canalizar su soledad, frustraciones, miedos o deseos no consumados.

Los cuentos de Noches sin sexo apelan a los sentimientos y a los sentidos, estableciéndose entre éstos un límite sutil y prácticamente inapreciable. Así, el amor, el desamor, el miedo, la frustración o el deseo se mezcla con los olores, sabores, texturas y sonidos para conformar un universo cercano a lo onírico, en el que también tiene cabida el sentido del humor y la ironía.
Complementan los cuentos las bellas ilustraciones a dos colores de Ariadna Acosta, ofreciendo a los lectores su sugerente punto de vista o contrapunto a este universo trágico y visceral.

 

Libro de relatos Noches sin sexo Yanet Acosta

De 4 años solitarios de escritura de relatos cortos y microrrelatos nació Noches sin sexo. Un libro de los más especiales que he podido escribir, en el que cada palabra refleja una emoción vital, gastronómica, suicida o de locura. Todas esas que nos asaltan, sobre todo en Noches sin sexo  y de las que solo salimos con un toque de humor, aunque sea negro.

Hoy puedo anunciar que la Editorial Adeshoras (con la que colaboré para su antología 44 mundos a deshoras) ha iniciado el proceso de impresión de este libro ilustrado con mimo por Ariadna Acosta, con quien no solo comparto el apellido, sino un lazo creativo de profundas raíces.

Gracias a todos los que me han apoyado para dar a luz este libro, en especial a Fernando Ferro y a Susana Noeda de Adeshoras.

Noches sin sexo Yanet Acosta

Para saber más:

Posts sobre Noches sin sexo

Post de la editorial Adeshoras sobre Noches sin sexo

Hashtag en Twitter: #NSSX (Seguro que tú también has tenido alguna…)

Portet kobiet (Retrato de mujer) de la editorial polaca Biuro Literackie

La antología Portet kobiet (Retrato de mujer) de la editorial polaca Biuro Literackie incluirá «El batido de chocolate» uno de mis relatos del libro Noches sin sexo. Se trata de la editorial más potente de Polonia y la antología incluye 10 relatos sobre mujeres escritos por 10 autoras contemporáneas de España: Laura Freixas,  Almudena Grandes, Berta Marsé , Marina  Mayoral,  Rosa Montero,  Cristina Peri Rossi, Soledad Puértolas, Carme Riera, Esther Tusquets y Yanet Acosta.

La editorial Biuro Literackie es la organizadora del Puerto Europeo de Literatura (Europejski Port Literacki) Wrocław, festival que anuncia la primavera con una “fiesta de la literatura”, que reúne a escritores, lectores, críticos y traductores.

El libro sale en marzo de 2014, pero su traductora, Małgorzata Kolankowska, ya ha adelantado en su blog parte de mi relato en polaco y una entrevista que me hizo en Garachico, el pueblo de Tenerife en el que nací y en el que está inspirado este relato que aborda el trabajo silencioso de las mujeres durante la Guerra Civil en una Isla en la que muchos maridos acabaron en el campo de concentración franquista de Fyffes.

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Una lectura de El chef ha muerto y algunos relatos de Noches sin sexo animaron la tarde de sábado en la librería Burma de Madrid. Una tarde que compartí con autores como Ezequiel Teodoro, Roser de Letras Propias, algunos compañeros de Tinta de Calamar, algunos fichajes de Ampuero, amigos y vecinos de Lavapiés, como la actriz Margarita, y otros lectores-creadores, que somos todos los que disfrutamos de la literatura.

Además, los ajos vengativos repitieron y los detectives que más nos gustan salieron a flote: Carvalho y Lascano. Pero, sobre todo, una tarde en la que me encontré con Chus y Alfredo, que, pese a lo difícil que se pone todo, lo tienen claro.

Cuando le comenté a Chus que por qué no el estilo tan de moda de combinar cafetería, tapas y libros, me contestó con la determinación que llega al corazón:

«Yo quiero ser librera. Si hubiese querido montar un bar, lo hubiese hecho».

Tras caer rendida a su honestidad, pedí consejo a los libreros y me llevé una novela gráfica que estoy devorando. Se llama «Los ignorantes».

Las tres de la mañana. El olor a chamuscado invade el aroma del sueño. “Otra vez más”, se dice, “la casa se quema y he de salir huyendo”. Se revuelve, nota el sudor, la asfixia del calor. El niño pequeño se acerca y la despierta.

—Mamá, luz.

—¿Dónde? —murmura la madre somnolienta.

—Allí.

Abre los ojos y de un salto se pega a la ventana. La luz del fuego se acerca a los pinares que salpican las paredes del barranco. Algo más abajo los vecinos se mueven nerviosos. Hacen las maletas. Llenan sus coches de enseres. Sin palabras. Movimientos incongruentes, propios de sonámbulos. Las campanas de la iglesia repican quedas.

Ella toma con un brazo al niño. Lo engancha a su cintura y le protege la cabeza con una de sus manos. Con la otra, agarra con fuerza una botella de agua. En camisón y sin calzar, sale a la calle.

La gente a su alrededor escapa con sus coches repletos. El calor en la cara. El crepitar de los pinos deja de ser rumor y las brasas caen a sus pies empujadas por las corrientes de aire. Echa a andar calle abajo. En la carretera, una larga hilera de coches atrapados.

Baja por la ladera sintiendo cómo se le clavan las piedras picudas de zahorra en las plantas de los pies. El niño llora. Ella lo coge con más fuerza y tira la botella.

En quince, treinta, cuarenta minutos, llega al faro. Es lo más cercano al mar, lo más resguardado del fuego y lo más inhóspito. Una lengua de malpaís es su refugio.

El niño calla y, abrazado a su madre, hace que duerme. Ella lo mira para no alzar la vista. La ola de fuego consume lo poco vivo de una tierra arrasada por la lava.

Las horas pasan y la sed acucia.

—Mamá, agua, mamá, agua.

—Mierda, tiré la botella en el camino —recuerda la madre. Se levanta, toma al niño de la mano y se dirige al único lugar donde sabía que podía encontrar agua potable. Las salinas. Justo detrás del alzado que ocupa el faro.

Desciende por una estrecha vereda con el niño en brazos. Ahora, los pies le duelen. El oxígeno llega con dificultad a su cerebro. La maresía le refresca la cara, cada vez más incendiada.

Los espejos de sal de los tajos de la salina reflejan el naranja lejano del fuego. Las montañas blancas de sal apiladas en los balaches se ennegrecen con las cenizas que arrastra el viento caliente e irrespirable. Sus pies le llevan por la geometría irregular de los estanques casi automáticamente. “Hay senderos que no se olvidan”, piensa.

Toca a la puerta de la casa del salinero con una bola en la garganta.

—Sabía que volverías —le dijo el salinero nada más abrir la puerta.

—El niño. Agua —tartamudea ella, cogiendo con fuerza el hombro de su hijo.

El viejo se pierde en la oscuridad tras la luz de una vela para volver al rato con un jarro. Acerca la luz amarillenta a la cara del niño. Sus manos ajadas acarician la cabeza del pequeño de cuatro años.

—Es igualito que yo cuando era chico —dice orgulloso el salinero. La madre aprieta la mandíbula y posa su mano aún más firme en la espalda del niño.

—¿Quieres acostarte un ratito? —le pregunta el salinero.

El niño asiente y se va de la mano con él hacia una esquina de la casa guiado por la vela. La madre en el umbral de la puerta. Su brazo, rígido.

—Toma, tengo unas galletitas —dice el viejo y dirigiéndose a la madre, que aún está en la puerta, le pregunta:

—¿No vas a entrar? ¿Quieres tomar algo? ¿Agua? Tengo también una sopa de pescado recién hecha.

—No —contesta bruscamente la madre.

—Tranquilízate, venga, vamos a dar un paseo por las salinas, por ahí, afuera.

Él va por delante lento, reumático. Ella lo sigue con pasos indecisos.

—Parece que algunos se van escapando del fuego –dice el viejo, mirando las sombras que se congregan alrededor del faro y los coches que llegan a trompicones.

—Está ardiendo todo —dice ella.

—Sí y como siga este viento…

Ella se detiene a su lado. Aguza el olfato. Pino quemado, humo, salitre y gasolina. Lo coge por el hombro:

—¿No habrás sido tú?

Él calla, las arrugas alrededor de sus ojos se hacen más profundas.

—¡Hijo de puta! —grita enfurecida.

Él le tapa con fuerza la boca. La piel de sus manos hiere sus labios. Intenta abrirlos, pero hasta que no deja de forcejear, no la suelta.

—El motor de las salinas funciona con gasolina. Calla, nos van a oír los que están en el faro.

Ella baja los ojos. Los músculos pierden fuerza, ya no los domina.

—Vamos hasta el cocedero, donde rompen las olas, como te gustaba de pequeña.

Despacio, por el pasillo de piedra volcánica blanqueado por la sal, toman el camino hasta el estanque de mayor capacidad. Allí entran las olas que se salen del mar. Desde siempre, a ella le embelesaba ver la espuma que quedaba en la superficie y esperar a que poco a poco se fuera llenando el gran rectángulo, para, luego, dejar pasar por la estrecha esclusa el agua a los otros estanques menores, hasta que el mar se quedaba atrapado en los pequeños tajos de fondo ocre de barro en los que el sol lo reduce a sal.

Como una autómata, ella pasa uno de sus dedos por una de las resplandecientes montañitas de sal apilada en el pasillo. El viejo salinero la mira y deja ver sus dientes roídos tras una mueca de sonrisa. Cuando llegan al límite del cocedero con el mar, el viejo, se acerca a ella. Los gruesos dedos siguen el camino de la bragueta de su pantalón, antes de acariciar la melena alborotada de ella. En el intento por acercarse algo más, el viejo pierde el equilibrio. Ella aprovecha el momento y con toda la rabia de años toma el impulso suficiente para empujarlo. El viejo cae como una piedra sobre el estanque donde rompen las olas. Ella, desde arriba, murmura: “Papá, ya no habrán más besos de sal”.

Este relato pertenece al libro Noches sin sexo de Yanet Acosta.

 

La cataplana de cobre con fondo cóncavo mece los mejillones.

Sus conchas se desperezan con el vapor del dedo de vino que los abraza.

Su carne naranja y brillante se dilata.

Tan, tan.

A un lado y a otro.

Ella mira sus manos, sus dedos, sus torpes piernas llenas de varices, su flácida piel y, a golpe de cataplana, piensa:

“Es viejo, pero me gusta su mirada”.

-¿Qué es lo más lejos que has llegado de tu casa?

Ella mira al horizonte. Dos segundos después baja la vista hasta su muñeca. Un rosario mongol está enrollado en tres vueltas. En sus pies, unas zapatillas de Corea. En el paladar, el ácido de los chapulines.  Y el recuerdo de un volcán activo en Khyuzu, los rascacielos de barro en Shibam y la arena del desierto que atraviesa el tren a Zuerat.

Ella vuelve la mirada y contesta:

-Hasta la tuya.

En una mesa hablaba con otros tres. Cada uno ponía sobre el tapete su escrito inédito, y, a su lado, un huevo frito. Con puntillitas y la yema perfecta; pequeños, de codorniz; grandes, de avestruz. El de Anne estaba acompañado por dos de gallina, con la yema muy hecha.

Hablaban sin parar en defensa de sus huevos fritos. Bebían sangría, casi a oscuras. Un pequeño farol tras sus cabezas dibujaba las sombras. Anne miró a derecha y a izquierda buscando a un camarero, pero no había ni rastro del personal. De hecho, parecía que estuvieran solos y sin nada que beber. Fumaban y hablaban. No se escuchaban. Caras pensativas.

Anne estaba desorientada e intentaba averiguar en qué terraza se habían sentado. Sólo había una mesa, un farol y sombras de plataneras. ¿Cuánta sangría había bebido? No lo sabía, pero quería una copa más.

Un picor la sacó de sus pensamientos. Era un cosquilleo que comenzaba en la punta de los dedos del pie y que iba subiendo por sus piernas hasta la barriga. Allí el escozor era aún más intenso y trepaba con fuerza hacia la espalda. En el cuello, era irresistible. Los ojos miopes de Anne empezaron a enfocar.

Su cuerpo estaba cubierto de hormigas.

Giró la cabeza hacia atrás. Un espeso manto negro, avanzaba imparable hacia la mesa. Sin hablar se levantó de un salto de la silla. Intentó sacudirse las hormigas. Los otros tres seguían hablando. Sin verla.

Anne salió corriendo, aturdida, así que en lugar de alejarse, se fue al encuentro de esa marea negra hecha por un aluvión de insectos. Cuanto más corría, más se introducía en un mar de zumbidos y aleteos y mejor podía ver en detalle los cuerpos de los insectos, y, hasta sus caras de pavor.

No entendía lo que ocurría, pero seguía corriendo en la dirección opuesta a los que huían. Un gran grupo de mariquitas, de bellos caparazones rojos, silbaban en su escapada. Sus rostros eran de pánico. Sus ojos y sus bocas abiertas, enseñaban la mucosa interior, llena de terror.

Anne iba directa hacia el foco desde el que salían despavoridos los insectos. Notaba el temblor de la tierra y, ante ella apareció una gran puerta abierta. Eran las entrañas. Dentro, los temblores eran más fuertes. Detrás de la masa de insectos, que invadía la gran entrada, una estampida de cuadrúpedos y personas. Se pisoteaban al intentar salir. Gritos, alaridos. Mujeres embarazadas apisonadas por la muchedumbre. Entre los que corrían, rostros conocidos. Su amiga, la china Estrella Roja. Anne gritó:

—¿De qué huís?

Estrella Roja sólo dejó escapar un resuello con los ojos perdidos, sin parar de correr. Anne se detuvo. Miró a su alrededor. Estaba cerca de la puerta por la que se había colado en el interior. Parecía una gran catedral. El techo era como el de una cueva, pero con bóvedas perfectas talladas en la piedra. Otra chica, también se detuvo. Se miraron. Se entendieron. Sortearon los cuerpos en el suelo y a los que escapaban para llegar hasta una columna, en una esquina. Estaba claro que ella también había recibido esas enseñanzas en la escuela para protegerse de un terremoto. Todo temblaba cada vez más y Anne quiso convertirse en parte de la columna. Callada, casi sin que se notara su respiración entrecortada.

Las entrañas de la tierra rugieron y los pilares de la cueva se vencieron. Polvo, confusión. Anne perdió el conocimiento.

Cuando abrió los ojos, ahí estaba, pegada a la columna como si fuera parte de ella. La luz le hacía daño. Sólo quedaban cascotes y dos columnas por encima de todo. Buscó a la otra chica. Ella estaba allí, completamente zombi, despegándose de su columna. A su alrededor, nada más que escombros y ni rastro de insectos, aunque quizás quedaran algunos huevos de hormiga escondidos en la tierra que poder freír.

Noches sin sexo