Posts etiquetados ‘gastronomía’

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El sueño hecho realidad: un libro inspirado en la gastronomía inspira a un bloguero y cocinero y a su vez se convierte en programa de televisión. Esto es lo que se llama un proceso de retroalimentación de las Artes total.

Ayer empezamos a grabar un programa piloto para televisión en la Escuela de Hostelería y Turismo Simone Ortega de Madrid dirigido por Juanjo Castro sobre estas recetas que Rafa Prades ha creado inspirado en los capítulos de la novela negra El Chef ha muerto y en sus personajes.

Aquí dos de los platos:

Lata al baño maría o fabes con pulpo en su tinta

Se trata de un plato muy negro pero con intenso sabor a mar, gracias a que las fabes están cocidas en fumet de pescado. Durante la cocción disfruté mucho del aroma de los ajos y el laurel mezclado con estas judías asturianas que iban creciendo en la olla a medida que se les iba añadiendo el caldo. A 15 minutos del final (¡¡después de dos horas y 45 minutos!!), Rafa introdujo un par de cucharadas de pimiento choricero y otras dos de tinta de calamar. Los colores rojo, negro y blanco se fundieron, aunque ganó el más fuerte. Toda una metáfora literaria que sirvió en lata como guiño al plato favorito de Ven Cabreira, fabada en lata.

Vergüenzas en salsa verde  o Callos de bacalao en salsa de algas

Me fascinan los callos de bacalao porque sellan los labios de lo melosos que son. Este plato, además, me parece una creación que seguro algún día me encontraré en un restaurante porque las algas dan mucha frescura a los callos, que no son más que la vejiga natatoria del bacalao, una vergüenza como la que soportaban los pies de Ven Cabreira, en El chef ha muerto.

Fue un día completo de cocina y rodaje, pero también de diversión. Gracias a Juanjo y esperamos vernos pronto en televisión.

El álbum completo de fotos aquí.

La receta Disney de Ratatouille

Estos días se celebra el Festival de Cine de San Sebastián, que desde hace poco -2011- cuenta con su sección Culinary Zinema y en noviembre comienza Film&Cook, que se celebra también desde 2011. Y yo he recordado la última muerte  gourmand, la de James Gandolfini, conocido por su papel de Tony Soprano.

Su última cena fue a los 51 años comiendo langostinos fritos con mayonesa y salsa chile acompañados de ron, cerveza y piña colada. Fue en el restaurante del hotel Boscolo Exedra de Roma, según informó el diario ‘The New York Post’ y pese a que la familia aseguró que se debió a un paro cardíaco y no a la cena en sí, es difícil no relacionarlo.

No puedo evitar pensar en que fue una muerte al más puro estilo de la peli La grande bouffe en la que cuatro amigos -en este caso gourmet y gourmand, es decir, exquisitos con lo que se come y excesivos con la cantidad- se reúnen para despedirse de la vida en un suicidio gastronómico colectivo, algo que en estos tiempos de Merkel, Rajoy, monárquicos, corruptos, crisis y desechados de la sanidad pública en España es algo que tiende a apetecer.

Así que, con la esperanza de que esto cambie, hoy me he preparado una ratatouille, más optimista y ligera siguiendo la receta Disney pasada por mi propia invención y que ha consistido en poner las verduras -cebolla, pimiento, berenjena, tomate y calabacín- en rodajas al horno con un chorrito de aceite y otro de agua y espolvorearlas con tomillo y romero durante 40 minutos. Sin embargo, aconsejo diez minutos menos de tiempo en el horno, porque, como se ve en la foto de arriba, es inevitable que se queme tras prolongar demasiado la espera.

http://www.youtube.com/watch?v=4oxPOU5J-j4

No apto para mujeres PD James

No apto para mujeres es una novela policíaca escrita en 1972 por la autora inglesa Phyllis Dorothy James, quien firmaba como P.D. James, un método habitual entre inglesas como J.K. Rowling como estrategia para no dar a conocer que tras el nombre hay una autora mujer. Pero en este caso, no solo hay una autora sino una detective mujer: Cordelia Gray.

Una astuta y joven mujer a quien su socio deja en herencia una agencia de detectives y a quien todo el mundo le recuerda que ese no es un trabajo apto para mujeres ( y me pregunto si esto lo seguirán creyendo algunos…). Sin embargo, su mirada consigue llevarla a descifrar un caso teniendo en cuenta un aspecto tan habitual como el protocolo en la comida.

Todo apunta a un suicidio, incluso la policía así lo cree. Pero Cordelia se pregunta cómo una persona que va a suicidarse se prepara un estofado de buey.

«La marmita estaba aún sobre el hornillo y llena hasta el borde. No era una comida recalentada que hubiese quedado de la noche anterior. Esto seguramente indicaba que no tomó la decisión de matarse hasta después de haber preparado el estofado y haberlo puesto sobre el hornillo para que se cociese. ¿Por qué había de molestarse en preparar una comida si sabía que no iba a estar vivo para comer?»

A la detective tampoco le cuadra una taza de café sobre la mesa. La víctima acababa de llegar de trabajar en el jardín y con una comida en perspectiva, por lo que su reflexión es que:

«La cerveza habría sido el medio más rápido, más obvio de apagar la sed. Seguramente nadie, por mucha sed que tuviese prepararía y bebería café justamente antes de comer. El café venía después de la comida».

Cordelia lleva sus razonamientos a la policía, pero le contestan que:

«Usted no puede pretender establecer un caso de asesinato basándose en el orden en que una persona escoge comer y beber».

Ella demostrará que el protocolo de la comida es mucho más que un capricho. Es cultura de la más arraigada. Como también demostrará que las mujeres bellas son duras porque, de lo contrario, «¿cómo podrían sobrevivir?». Pero no será ella quien desafíe las ilusiones de los hombres que creen que «la belleza es frágil, transitoria, vulnerable». Y recuerda:

«Lo importante no es lo que uno sospecha, sino lo que es capaz de probar».

dominó Cuento de mercado de Yanet Acosta

Los mercados me inspiran relatos y este es uno de ellos: Dominó. Se me ocurrió al pasar por un bello puesto en el mercado de La Llibertat en Barcelona y aquí está el comienzo:

Cada uno tiene su refugio y el de Laura estaba en el punto en el que el expositor de una pescadería se convertía en una barra de bar en el mercado de la Llibertat. Al borde de los 40, tenía la certeza de que su vida de éxito sólo estaba empañada por la ausencia del que siempre elige mal. Cuando estudiaba la carrera de Derecho, parecía que todo vendría rodado: despedida de soltera con sus amigas de la Universidad, boda con su novio de la adolescencia, trabajo fijo, carrera brillante, hijos, coche de alta gama, piso y casa en la playa y en la montaña. La vida de la hija de un arquitecto y una diseñadora, de la nieta de un botiger que sufrió la Guerra Civil española y que en lugar de huir a Francia, se quedó en la prisión de una vida bajo la dictadura franquista. Un hombre que centró su lucha en la espera silenciosa mientras vendía relojes con los que contaba el tiempo que faltaba para poder abrir la botella de Dom Perignon y escuchar “Ya soc aquí” del President legítimo de la Generalitat. Y Tarradellas volvió del exilio 13.870 días después, con sus 332.880 horas y sus 19.972.800 segundos.

Para Laura el tiempo también pasaba con sus horas, minutos y segundos, pero …

Puedes leerlo completo aquí.

 

 

 

Este verano en Tinta de Calamar de la Cadena Ser han apostado por la literatura gastronómica. Para mí ha sido un placer aportar ficción a la gastronomía, pues a veces es más esclarecedora que la propia realidad. Aquí está en forma de microrrelato esta utopía gastronómica: Celanova 2020

Celanova 2020 Microrrelato gastronómico

Los primeros rayos de sol aparecen por el Este entre los castaños y atraviesan la ventana del dormitorio. Su energía comienza a calentar las placas que alimentarán el fuego y despertarán el andarín titilar de la luz.
Desde la ventana se ven los brotes de la higuera, los verdes frutos que en un mes madurarán como higos. Las uvas empiezan a aparecer menudas en racimos sobre las hojas de la vid. En el huerto, las vainas de las judías despuntan de su planta trepadora. Todo se prepara para el fin del verano. También María. Esta noche da su última clase a los niños de la aldea. Les preparará un rico plato de pasta y un refresco para festejar. Hierba Luisa y zarzamora infusionada en agua de la fuente con el  toque dulce de la panela.
Tiene un paquete en su despensa. Viene de lejos y sin etiquetar, como los verdaderos tesoros. Se lo envió uno de sus puntos  de conexión con otra aldea en el sur de Nueva Guinea, de donde nunca debió salir la caña de azúcar. Fuera de su lugar, esta planta divina fue profanada en nombre de la humanidad y a su costa se creó esclavitud, deforestación y obesidad.
Hace tiempo que su despensa se libró de esos paquetes de azúcar, de harina, de leche y de carne etiquetados y marcados con grandes letras como: Producto No  Natural, Sucedáneo Modificado genéticamente o Alimento Transgénico. Afortunadamente consiguió huir de la ciudad antes de que cayeran los últimos principios éticos y humanos y antes de que cerraran sus puertas dejando a miles de cautivos que ahora la Resistencia intenta guíar.
Por las aldeas del mundo, unidas en red, se pasea alguna vez el demonio de manos de hormigón y perilla que incendia montes y campos. Pero ya saben cómo atajarlo: sólo hay que ignorarlo. Dejarlo que pase de lado. Todos ya lo saben, también los niños. Si alguien lo mira a los ojos sin la suficiente consciencia, cae fulminado por el engaño.
María recoge los huevos de las gallinas en casa de una de sus tres vecinas, Celsa. A cambio ella teje los cuentos que acompañan las tortillas de la cena e invitan al mejor de los sueños.
Cada semana, a dos caminos de su casa, recoge el pan de centeno en la panadería  que regala caricias de aroma a harina cocida por la leña.
Desde el camino se ve a lo lejos la barrera de quienes no vieron la única alternativa. Y a María se le escapa alguna lágrima de compasión.
Ahora prepara el refresco y la salsa de tomate con salvia para los macarrones hechos en otra aldea  del sur. Esta noche hay fiesta porque  es la última clase antes del fin del verano, en la que los niños recordarán su lugar en el espacio.

Microrrelato para Tinta de Calamar

Hoy en Tinta de Calamar de la Cadena Ser me publican un microrrelato muy veraniego de ciencia ficción con el título: Benidorm 2020.

Comienza así:

Las 12. Hora de marchar. Hace tiempo que los aeropuertos han dejado de funcionar. No hay coches circulando porque no hay con qué llenar el depósito. Solo un microbús escapa de Madrid cada noche para llegar al Sur.

Durante una hora y media el microbús se llena de pasajeros, más del doble de su capacidad. En cada asiento, dos personas. Todas en búsqueda, de alguien o de algo.

Es cierto que nada pasa de un día para otro. Que muchas veces se ve venir. Se  va advirtiendo poco a poco. Incluso un dolor de muelas tiene sus avisos. Y primero fueron los deshielos, luego la falta de petróleo y, más tarde, la imposibilidad de aprovechar otras energías porque, cuando se pudo hacer, las grandes compañías lo impidieron, y cuando ya no existían, apenas quedaban recursos para hacerlo.

Y como cuando los órganos de un cuerpo entran en colapso, así se vislumbró la muerte de lo que había sido todo hasta ese momento. Quedaban lejos los momentos de triunfo y revolución, cuando la comida llegó a ser arte. Ahora era la pepita de oro a encontrar entre toneladas de basura. La valiosa mercancía del siempre próspero mercado negro.

El microbús da trompicones. Las carreteras empiezan a entrar en desuso y los boquetes del camino son difíciles de sortear. Los pasajeros soportan mudos los golpes de sus cabezas contra el techo. Nadie habla. El silencio ganó la partida. Hablar de más era quedarse sin abrigo.

Parón en seco. Tras cientos de saltos, baches y golpes, y tras otros tantos cientos de minutos de silencio, el microbús para y abre las puertas. El día empieza a clarear y se ve la silueta del hormigón vertical que fue una ciudad.

Benidorm.

Sus calles están desiertas y apenas las atraviesa alguien rápido y silencioso con un abrigo negro. Los edificios tienen el desarreglo que deja el abandono y nadie puede acertar si queda vida en ellos o no. El tipo del abrigo negro sigue su camino sin mirar a los lados, sin alzar la cabeza. Sabe adónde va.

Son las inacabadas torres In tempo. La ruina va desdibujando su forma de eme y el brillante que las une. El alguien del abrigo negro se pierde en una subida oscura, residual, de peldaños sueltos en escalera.

En el piso 45 se encuentra con otros con abrigo en el que ocultan el dinero con el que pretenden comprar lo que ya nadie encuentra.

Las existencias de la industria alimentaria hacía tiempo que se habían agotado y solo quedaban las que mantenían las manos privadas. Pero la perla la tenía un manco en ese piso 45, tras una puerta en la que se agolpaban más y más abrigos negros que ocultaban la desesperación del dinero que no hay en qué gastar. Daban con la fuerza que podían sobre la puerta hasta que el manco decidía:

—Hoy, agua para dos.

Los elige según le conviene. Y ahora le conviene los que tienen semillas. Señala a uno y a otro. La transacción acaba y el resto calla. Sediento, silencioso y abrasado en la añoranza de tantos litros que ignoraron y que se escaparon en alimentar edificios, industrias, campos de golf, piscinas, plantas de refrescos, de cervezas, de alimentos.

Los abrigos acarician sus bolsillos y descienden cabizbajos por la escalera imposible sin ver que de la casa del manco sale la hoja verde de una planta trepadora de la que quizás vuelva a nacer un tomate.

El cuento en Tinta de Calamar.

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Todos muertos de Chester Himes es una ración triple de novela negra. Lo es porque es una novela del género en su más puro estilo y lo es, porque su autor es de color, y además, también porque antes que escritor Himes fue convicto.

Sus protagonistas, dos policías negros en Harlem en los años 60, Coffin Ed Johnson y Grave Digger Jones, son tipos de carne y hueso, a los que se les caen los dientes cuando se dan de golpes y a los que se les ve en la cara las huellas del oficio. Son polis que se equivocan, chocan su coche o disfrutan echando una pieza de baile y comiendo los típicos platos de soul food de Harlem, aunque por ello, a veces, falten a sus obligaciones.

“La razón por la cual el sargento no pudo comunicarse con Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson era que ambos se hallaban en el salón trasero de la tienda de cerdo de Mammy Louise, comiendo «patitas de pollo», un plato geechy«.

La cocina geechy es la elaborada por quienes son mezcla de esclavos africanos huidos e indios semínolas, nativos de las Carolinas y de Florida y consiste en «patas de pollo rustidas, arroz, quingombó y chiles rojos picantes», cuyo efecto hace revivir a los dos polis:

«En una noche fría como aquélla, ese guisado mantenía un calorcillo ardiente en el estómago y la gelatina tierna y blanca de las patas de pollo hacía sentir sólidamente llenas las tripas”.

Y como el guiso, la novela te hace sentir en el Harlem de hoy y de siempre, puesto que pese a que en esos años y en la ficción resulta mucho más violento, siempre resulta misterioso, tenso y a veces peligroso especialmente para la mirada de un blanco. Lugares y calles míticas, aunque con muertos a diestro y siniestro. Un lugar donde todos se conocen, donde hay mala suerte y mala gente y también políticos negros y ricos quienes:

«Viven en  lugares abandonados por los blancos ricos».

La novela está preñada de violencia y de humor muy negro, inesperado. Incluso en la forma de matar,  lo que lo hace aún más terrible. Por ejemplo, el atravesar con un cuchillo el cerebro a un tipo que sigue andando por la calle como si fuera una atracción de feria en la casa del miedo, con el mango del cuchillo a un lado de la cabeza y el filo, en el otro. Otro muerte de forma fortuita al ser degollado por una hoja de acero que cae de un camión que le rebana la cabeza a la altura del cuello, lo que no impide que el cuerpo sin cabeza siga conduciendo su moto algunos metros más, como si fuera un pollo descabezado.  En otros momentos, el humor es más apaciguador y relaja la historia:

«— ¿Dónde estabais cuando pasó esto?
—Comíamos patitas de pollo en la tienda de Mammy Louise —confesó Grave Digger.
Casper le observó para determinar si estaba de broma; concluyó que no.”

También maneja la ironía con habilidad, incluso cuando habla de comida. En un momento de la novela dos jóvenes negros absolutamente desgraciados huyen de la policía y  se refugian en la casa de un amigo de éstos, donde encuentran unas cuantas cosas con las que cocinar algo que comer:

“Poco después el cuarto se llenó con el humo y el olor delicioso de la carne frita. Sassafras frió una parte de los copos de maíz junto con la carne. Roman abrió el bote de melocotones con su cortaplumas, pero el contenido era un bloque helado, de modo que lo puso sobre la estufa.
Al no hallar ni un solo plato limpio, Sassafras echó mano del que estaba menos sucio. Fregó un par de tenedores con un paño seco.
Roman se sirvió los copos fritos, la carne frita, y lo roció todo con melaza. Luego se llenó la boca con esa mezcla y aún se metió dentro un trozo de pan seco.
La chica le miró con expresión de disgusto.—Puedes sacar al muchacho del campo, pero no puedes sacar el campo del muchacho”“—filosofó mientras con gran delicadeza comía bocados de carne y de pan en forma alternada y sostenía cada copo de maíz entre el pulgar y el índice, según las reglas de la etiqueta.”

Y entre frases grandes y filosóficas, como las que siempre se encuentran en la gran novela negra, me quedo con las que aparecen en esta conversación entre los dos inspectores de policía negros mientras suben en un ascensor en una casa de ricos, tras el eructo de uno de ellos:

“—Eso nos descalifica —observó Coffin Ed—. Los caballeros no eructan.

—Los caballeros no comen oreja de cerdo ni coles —respondió Grave Digg—. Y no saben lo que se pierden.”

Chester Himes se marchó de Estados Unidos para vivir en Francia, donde creía que su raza era más aceptada socialmente. Pero su recuerdo se mantiene en Moraira (Alicante) donde hay un monumento en su nombre, pues fue allí donde Chester eligió vivir desde 1969 hasta su muerte en 1984.

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A través de una novela, también se profundiza en su autor. Y una manera de llegar a ello es la gastronomía que aparece en su ficción. Ezequiel Teodoro es un escritor incansable, empeñado en que todos los colegas nos pongamos a tope con el márketing para dar a conocer nuestras obras. Él tanto lo ha luchado que lleva miles de ejemplares vendidos de su thriller histórico El manuscrito de Avicena. Y tan bien lo hace que ha conseguido que la lea, aunque suelo evitar ese género.

En ella apenas hay  referencias a lo que comen los personajes, hasta que llega el momento clave: los personajes están en Ceuta y uno de ellos pregunta al camarero por «algo que no sea lento de digerir» y que fuera típico de la zona.

Y aquí el autor se explaya:

«—Pescado fresco, tenemos el Mediterráneo aquí al ladito. Les puedo ofrecer aguja palá, rodaballo, mero, atún y gallo. También pueden degustar coquinas, bogavante y langosta.

El doctor reflexionaba acerca del menú.

—En cuanto a carnes, les podría poner unos pinchitos morunos, además de solomillo y entrecot.

—¿Qué es eso de aguja palá?

—Pez espada. Aquí lo llamamos así.

—Muy bien. Pónganos aguja palá para los dos…una para los dos. Ah traiga también una barras de pinchos morunos. «

Y ahí queda eso. Ceuta, una ciudad de cuya gastronomía se conoce poco, pero en la que ya ven lo que se puede comer, gracias a que este escritor ceutí nos lo desvela. Si es que como en casa, en ningún sitio.

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Llevo unos días de relectura, en plan viejuno. Y he vuelto a leer Tras los pasos de Ripley de Patricia Highsmith. No es la mejor trama de la literatura negra, pero lo que me sorprende es que pese a todo, su lectura engancha hasta el final. Y creo que lo consigue por el ambiente que describe en segundo plano y por la tensión emocional entre el personaje de Ripley (que se mueve entre lo paternal y el respeto entre colegas del crimen) y el adolescente (que se mueve entre la admiración filial, profesional y amorosa por Ripley).

Toda la novela está cargada de ambiente gay con escenas en bares del Berlín de los ochenta, transformistas e incluso comentarios bastante erótico-amorosos entre compañeros del crimen. Sin embargo, jamás toma el primer plano. Siempre en segundo, pero con intensidad.

Hasta en lo gastronómico, consigue Highsmith que Ripley, ese tío sin demasiados escrúpulos, demuestre su sensibilidad:

“Lleno de desasosiego, Tom Ripley bajó a hablar con madame Annette, que se hallaba enfrascada en la horrible tarea de arrojar una langosta viva a una enorme olla de agua hirviendo. Al entrar Tom la buena señora acercaba el crustáceo al vapor que emanaba de la olla. El animal movió las extremidades y Tom retrocedió hasta el umbral e hizo un gesto para indicar que esperaría en la sala de estar.”

Highsmith rompió con muchos tabúes. Hasta ella, las escritoras no hacían novela negra. Un género de hombres en el que se hablaba de tipos duros. Ahora la novela negra, nada tiene que ver y pienso en una de las últimas que se han publicado en España: Contra las cuerdas de Susana Hernández.

En esta novela las protagonistas son dos mujeres que trabajan como policías, Santana y Vázquez. Una de ellas es lesbiana, pero esto ni afecta ni deja de afectar a la historia, en la que la homosexualidad de una de ellas es parte de lo cotidiano.

Y en la comida,  entre Vázquez y Santana, no hay diferencias (excepto en el postre):

«Comieron como Dios manda en un restaurante de comida tradicional catalana de la calle Bonsuccés, muy cerquita de las Ramblas, y a la vez a resguardo de los típicos restaurantes para turistas que ofrecen paella plastificada y sangría venenosa a precio de oro. Degustaron entremeses variados, arroz caldos o con bogavante, albóndigas caseras con sepia y, de postre, crema catalana para Vázquez y arroz con leche para Santana».

 

contra-las-cuerdas

Unknown

Anoche la final del programa televisivo MasterChef arrasó con la audiencia en TV y en Twitter. Fue uno de los temas más comentados en esta red social porque ya nadie entiende ver la tele sin comentar lo que le parece.

A esta nueva forma de ver la televisión en la que se rompe la dirección única del mensaje, pues los telespectadores pueden comentar lo que ocurre e incluso interaccionar con quienes lo realizan a través de sus perfiles en Twitter se llama Televisión Social y ya en España supone el 32% de los tuits que se escriben en las horas punta o prime-time.

Es una nueva forma, mucho más divertida y crítica de ver la tele, que además la está haciendo resurgir. Pero lo más importante es la capacidad de reflexión que permite leer los comentarios de quienes ven el programa.

La semifinalista del programa Masterchef recibió anoche como regalo un trabajo por un año para cocinar en una cadena hotelera en México. Y aquí se encendieron los comentarios ácidos. Ya no regalan como en otro históricos concursos de la televisión en los años ochenta un coche o un apartamento en la playa. Ahora se regala trabajo. La televisión sigue viva y reflejando la realidad social: hoy por hoy, un trabajo es un regalo, aunque sea fuera de España.