Archivos de la categoría ‘Literatura y gastronomía’

 

David Torres Yanet Acosta

Hoy es el Día del Libro, el día en el que celebramos las letras y muchos tenemos la costumbre de regalar libros y, también, de recomendar. Ha coincidido así, pero acabo de terminar de leer dos libros que me parece genial compartir un día como hoy. Todos los buenos soldados por ser novela histórica aderezada con el suspense e investigación de algunos asesinatos entre militares durante la olvidada guerra española en Sidi Ifni y La sombra de Caín por ser un libro de relatos en los que la venganza que no hay en la Tierra se hace a través de las letras.

David Torres es uno de los grandes narradores del momento en España. Como muestra un botón y aquí les dejo el comienzo de un capítulo de Todos los buenos soldados que fue de los que más disfruté gracias a esa fuerza narrativa:

El toque de diana sorprendió al sargento Armendáriz rascándose los huevos. No había mucho que rascar después de medio siglo de madrugones con resaca. Tosió, gargajeó y blasfemó, por ese orden, hasta dar con el paquete de tabaco al lado de la almohada. Extrajo un cigarrillo a tientas y acertó a clavarlo en la boca antes incluso de abrir los ojos. Luego parpadeó con esfuerzo, gargajeó un poco más, se sentó en el borde de la cama y exhaló el saludo ritual de todas las mañanas:

—Me cago en mi puta vida.

David es además un aficionado a la cocina.  Su restaurante favorito es Viridiana de Abraham García en Madrid y sobre comida y restaurantes puede hablar un rato largo. Sin embargo, en esta novela de militares en el desierto del Sáhara Occidental, no habla ni de un mal rancho. Solo bebida, alcohol que sube rápido a la cabeza y que actúa como matarratas. Y es que esta novela es una historia de fantasmas y los fantasmas no comen, solo tragan.

El fantasma de Gila es el primero que aparece, pero que lejos de protagonizar la historia actúa como un recuerdo más de lo que fue el régimen de Franco para los que “estaban en el bando equivocado”. Los fantasmas de los militares “más bravíos”, los legionarios, los fantasmas de los “enemigos”, los fantasmas de una colonia como el Sáhara Occidental y los fantasmas de una Guerra Civil demoledora de la que aún hablamos con tapujos.

Entre todos esos fantasmas, solo una mujer, Adela, que lleva la apariencia más fantasmal por simbolizar el resultado de una guerra.

Unos turrones y unos polvorones enviados como “regalo” por madrinas son el único alimento que se menciona en esta novela, para recordar nuevamente lo ajena que estaba la población y esas mujeres de una guerra entre el calor y el polvo.

la sombra de caín alejandro pedregosa

En La sombra de Caín, Alejandro Pedregosa tampoco deja comer. En sus relatos, sus personajes solo aplacan la sed con ribeiro y sangría, pero el lector sacia el hambre con  un banquete de venganza y justicia hecha por la gente sencilla, a la que nunca nadie le da la razón.

¡Salud y Feliz Día del Libro!

Y es que esto de comer pulpo vivo, puede hasta matar al chef. Mañana será un día de celebración del periodismo gastronómico y de la evolución de la gastronomía en nuestro país contada a través de periodistas como Paz Ivison, Cristino Álvarez, El Comidista o quien les escribe.

Un placer poder compatir una noche de lujo y homenaje a la prensa gastronómica en el Teatro Calderón de Madrid.

HAVANA 7. HISTORIAS QUE CUENTAN DEL PERIODISMO GASTRONÓMICO
CUÁNDO: Martes, 11 de marzo de 2014, a las 20h.
DÓNDE: Teatro Calderón (Atocha, 18. Madrid)
CON QUIÉN: Mikel López Iturriaga, Paz Ivison, Cristino Álvarez y Yanet Acosta. Presenta, Darío Barrio.

Aforo limitado. Imprescindible invitación. Si quieres asistir, escribe a confirmohavana7@duendemad.com

Para más información, entrevistas con los ponentes, fotos y acreditaciones,
Paloma F. Fidalgo
pfidalgo@duendemad.com

coaching y literatura

Tengo la curiosidad del periodista acrecentada por la del escritor y el jueves pasado me apunté a un curso de coaching. Como profesora intento aplicar algunos de los preceptos del coaching a la docencia, porque creo que los profesores somos en muchas ocasiones guías para los alumnos que quieren hacer cambios en su vida que les permitan conseguir sus metas.

Enrique Jurado de D’Arte Coaching y Formación Artesanal fue el guía de esta clase de introducción a este “arte” como le gusta decir a él, mediante el que  se consigue ayudar a las personas a crecer, a superar esa zona de confort que en muchos casos nos deja inmovilizados, para llegar a la de aprendizaje, en la que se consigue que el ser crezca.

Entre casi los 4o alumnos que asistimos, había una gran rama de profesiones, desde masajistas, informáticos, periodistas o militares. Incluso coincidí con otros tres profesores universitarios, preocupados también por ayudar a su alumnado. Y es que el coaching se puede aplicar a cualquier plano, recuerdo incluso que el equipo del restaurante Mugaritz trabajó con un coach y que el cocinero Paco Roncero tuvo a su entrenador personal como coach en su camino para ponerse en forma. De hecho, hay coaches nutricionales también. Sin embargo, el corazón me hizo tilín cuando escuche la profesión de otro compañero de clase, Raúl Jiménez: escritor.

Raúl es autor de la divertida sátira, Yo, Gandul, y mientras hablaba pensé que quizás estaba allí también porque la novela es una herramienta de coaching. En ella, son muchas las ocasiones en las que los personajes comienzan en un estado de confort que ya no pueden soportar -algo que crea gran empatía pues es una situación que el lector o ha vivido o está viviendo- y página a página van cambiando hasta conseguir una evolución -que es desde luego la ilusión de quienes leemos una novela, que el personaje cambie, llegue a algún lado.

Así que, bien para escritores o bien para quienes quieran salir de la inercia de la zona de confort, les dejo algunas frases de nuestro profesor:

“Los cambios no se piensan, se hacen”.
“La suerte es una actitud”.
“Lo que no se puede cambiar se puede reencuadrar”.
“Arriesgado es no arriesgar”.
“No es entusiasmo sino serenidad lo que hay q tener para tomar una decisión de cambio”.
Y para todos aquellos que se quieran dedicar al coaching, adelante, porque trabajo hay.

Cocina en Misericordia de Galdós

A finales del siglo XIX, España vivía una crisis monumental en la que las clases medias fueron cayendo hasta casi su disolución. El reflejo de lo que acontecía en aquella España parece el que nos llega a la de ahora, pero sobre todo gracias a la acerada mirada del escritor Benito Pérez Galdós. Se trata de la novela “Misericordia” en la que habla de una cocinera que pide limosna para la señora a la que sirve.

La culpa de que esta novela volviera a caer en mis manos fue de Alexis Ravelo, porque en su Última tumba la recuerda diciendo que Galdós “escribe para gente como nosotros”. Y la verdad, aluciné, porque pareciera que Galdós estuviera contando la actualidad. La novela comienza con una descripción arquitectónica del Madrid de finales del XIX que bien podría ser la de hoy:

“En Madrid, el carácter arquitectónico y el moral se aúnan maravillosamente…La caricatura monumental es también un arte…”.

En este Madrid de finales del XIX las conversaciones giraban en torno a lo mismo que hoy “de lo malo que está todo”, “que va a subir el pan” y “que la Bolsa está bajando más” (Aquí solo le faltaría hablar de si sube o baja la prima de riesgo, que parece que ya se nos ha olvidado). Y  como hoy en día, en las casas de fuste se  servía “arroz con almejas”  y café de Moca frente al bodrio de los pobres, que consistía en un caldo de restos que se entregaba a los que no tenían posibilidades económicas en los conventos y en casas caritativas.

La mugre de las calles y de las barriadas se pega a cada página frente al poderío de la calle Claudio Coello, en el barrio de Salamanca que desde entonces hasta ahora, pese a ser uno de los mayores pelotazos inmobiliarios de la historia de la ciudad, continúa siendo una de las calles en las que los madrileños les gusta mirarse. Y es que  esa calle fue la que tuvieron que abandonar ama y cocinera tras el desahucio para alojarse después, gracias a los ahorros de la sirvienta, en la calle del Olmo, en el viejo Madrid arrabalero de Lavapiés. Pero no les duró mucho y después tuvieron que ir mudándose a calles cada vez más al Sur, hasta las afueras de la ciudad.

Incluso algunas decisiones del Gobierno, tomadas en el siglo XIX, podrían recordar al estilo actual. Una de ellas que casi mata a la protagonista de Misericordia, fue llevar a la cárcel a todos los que pedían en la calle. Por ahora, en las calles de Madrid lo que se pide es el carnet para actuar como músicos callejeros, pero, nunca se sabe.

En esta novela, además de reflexiones para comparar momentos históricos, he encontrado también una gran fuente documental para saber más de la cocina que se hacía en casa hace un siglo. Entre lo platos habituales de la cocinera cuando tenía dinero para poder comprar la materia prima eran la tortilla en escabeche (¡qué poco se ve ya este delicioso plato!), chuletas con patas fritas, coliflor cocida, conejo en salmorejo (salsa típica canaria similar al escabeche),  sopas de ajo con huevos, bacalao frito y magras. Sin embargo, estos platos distan de los que elaboraba en tiempos de bonanza en el barrio de Salamanca como el pavo en gelatina con huevo hilado, cabeza de jabalí, gallinas asadas, pescadilla frita, solomillo, bartolillos y el jerez y el champán con el que se brindaba.

También aparecen detalles en la narración que nos recuerdan cómo se comían en otro siglo, con las burras en los zaguanes en los que se vendía su leche, los mercados descubiertos y animados de La Cebada (que ojalá volvamos a recuperar) y “comer dos reales de cocido en el Figón de Boto” en la antes popular y ahora afamada calle de la Cava Baja, donde se concentran gran cantidad de bares de tapas y pinchos en la actualidad.

Misericordia es una novela de perdedores y de antihéroes, tan actual como cuando se escribió porque profundiza en la injusticia y en la perversidad. Y en ese mundo mugroso, la cocinera es la gran perdedora, pues pese a su bondad solo vive la injusticia, aunque en el fondo es la única que vive con su conciencia completamente tranquila y la única que todavía sonríe.

¡Toma ya que novelón de Galdós!

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Portet kobiet (Retrato de mujer) de la editorial polaca Biuro Literackie

La antología Portet kobiet (Retrato de mujer) de la editorial polaca Biuro Literackie incluirá “El batido de chocolate” uno de mis relatos del libro Noches sin sexo. Se trata de la editorial más potente de Polonia y la antología incluye 10 relatos sobre mujeres escritos por 10 autoras contemporáneas de España: Laura Freixas,  Almudena Grandes, Berta Marsé , Marina  Mayoral,  Rosa Montero,  Cristina Peri Rossi, Soledad Puértolas, Carme Riera, Esther Tusquets y Yanet Acosta.

La editorial Biuro Literackie es la organizadora del Puerto Europeo de Literatura (Europejski Port Literacki) Wrocław, festival que anuncia la primavera con una “fiesta de la literatura”, que reúne a escritores, lectores, críticos y traductores.

El libro sale en marzo de 2014, pero su traductora, Małgorzata Kolankowska, ya ha adelantado en su blog parte de mi relato en polaco y una entrevista que me hizo en Garachico, el pueblo de Tenerife en el que nací y en el que está inspirado este relato que aborda el trabajo silencioso de las mujeres durante la Guerra Civil en una Isla en la que muchos maridos acabaron en el campo de concentración franquista de Fyffes.

La última tumba de Alexis Ravelo en La Panificadora de Vigo (Galicia)

Hay libros que intuyo que prefiero no acabar porque estoy segura de que me darán ganas de emprenderla a golpes contra las injusticias. Con el último del escritor canario Alexis Ravelo me ha pasado y es que La última tumba es la venganza de un pringado contra la jerarquía que nos domina a todos: la de políticos, policías y empresarios corruptos.

La última tumba ha recibido el premio de Novela Negra Ciudad de Getafe 2013. Está escrita en primera persona y tengo que admitir que las 60 primeras páginas me costaron porque el tío que cuenta la historia es duro de roer. Sin embargo, un poco más allá, me cautivó, tanto que empecé a sentir como él.

“A los gilipollas y a los yonkis siempre los trincan. Y yo era el más gilipollas de los yonkis”.

Y así fue como llegó al talego Adrián Miranda para cumplir por un crimen que no había cometido. Se tuvo que “comer” 20 años  y muchas peleas y cicatrices hasta volver a poder pasear por su ciudad, Las Palmas de Gran Canaria, que el autor describe con la misma inquina que describió el mísero Madrid el propio Galdós.

“…en el lado del Muelle, también han puesto un centro comercial (hay centros comerciales por todos lados: rodean la ciudad como los leones a una cebra enferma)”.

En La última tumba, la comida es metáfora. Los años de cárcel y el deseo de venganza se “comen”. Los maridos cuernudos tienen cara de “acelga”, las relaciones sociales son “tan sabrosas como una hoja de lechuga”  y la vuelta a una vieja amistad comienza con sabor a tocinitos de cielo y milhojas francesas para acabar con un guiso de carne con papas desparramado por el piso de la cocina.

Como siempre en Ravelo, me encanta encontrar los guiños a lo más canario, como a las tienditas de “aceite y vinagre” (en Asturias se conocen como chigres y son aquellas en las que se vende de todo) y a los enyesques, los aperitivos o tapas como se dice en la España peninsular. Y también a lo que nos rodea en Canarias donde los hoteles son casi parte de nuestra vida, bien por ser parte del paisaje, por trabajar en ellos o por ser un sueño de huida de la cotidianidad. No obstante, a veces tampoco son el paraíso soñado ni para foráneos ni para locales:

“Me desperté sobre las diez. En el hotel ya se había acabado el turno del desayuno. Mejor. El bufé me recordaba al comedor del talego. Es curioso que esta gente pague para que la traten como a los reclusos”.

El protagonista, pese a ser un tío que se aleja del preciosismo de la comida moderna que “se sirve en platos cuadrados” y de que cuando está en  soledad el disfrute es prepararse “una buena tortilla de papas”, en un momento de la novela se deja seducir por los fogones y prepara un pollo al curry con arroz a su vecina Candi. Ella y la novela de Galdós, Misericordia, son las dos únicas cosas que de verdad traspasan el corazón de este ex-presidiario que  busca la venganza más difícil, la de los pobres frente a los ricos y poderosos. Y así acaba la novela con ganas de emprenderla contra todas las injusticias del mundo y del Planeta.

¡Enhorabuena, canarión!

No apto para mujeres PD James

No apto para mujeres es una novela policíaca escrita en 1972 por la autora inglesa Phyllis Dorothy James, quien firmaba como P.D. James, un método habitual entre inglesas como J.K. Rowling como estrategia para no dar a conocer que tras el nombre hay una autora mujer. Pero en este caso, no solo hay una autora sino una detective mujer: Cordelia Gray.

Una astuta y joven mujer a quien su socio deja en herencia una agencia de detectives y a quien todo el mundo le recuerda que ese no es un trabajo apto para mujeres ( y me pregunto si esto lo seguirán creyendo algunos…). Sin embargo, su mirada consigue llevarla a descifrar un caso teniendo en cuenta un aspecto tan habitual como el protocolo en la comida.

Todo apunta a un suicidio, incluso la policía así lo cree. Pero Cordelia se pregunta cómo una persona que va a suicidarse se prepara un estofado de buey.

“La marmita estaba aún sobre el hornillo y llena hasta el borde. No era una comida recalentada que hubiese quedado de la noche anterior. Esto seguramente indicaba que no tomó la decisión de matarse hasta después de haber preparado el estofado y haberlo puesto sobre el hornillo para que se cociese. ¿Por qué había de molestarse en preparar una comida si sabía que no iba a estar vivo para comer?”

A la detective tampoco le cuadra una taza de café sobre la mesa. La víctima acababa de llegar de trabajar en el jardín y con una comida en perspectiva, por lo que su reflexión es que:

“La cerveza habría sido el medio más rápido, más obvio de apagar la sed. Seguramente nadie, por mucha sed que tuviese prepararía y bebería café justamente antes de comer. El café venía después de la comida”.

Cordelia lleva sus razonamientos a la policía, pero le contestan que:

“Usted no puede pretender establecer un caso de asesinato basándose en el orden en que una persona escoge comer y beber”.

Ella demostrará que el protocolo de la comida es mucho más que un capricho. Es cultura de la más arraigada. Como también demostrará que las mujeres bellas son duras porque, de lo contrario, “¿cómo podrían sobrevivir?”. Pero no será ella quien desafíe las ilusiones de los hombres que creen que “la belleza es frágil, transitoria, vulnerable”. Y recuerda:

“Lo importante no es lo que uno sospecha, sino lo que es capaz de probar”.

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Todos muertos de Chester Himes es una ración triple de novela negra. Lo es porque es una novela del género en su más puro estilo y lo es, porque su autor es de color, y además, también porque antes que escritor Himes fue convicto.

Sus protagonistas, dos policías negros en Harlem en los años 60, Coffin Ed Johnson y Grave Digger Jones, son tipos de carne y hueso, a los que se les caen los dientes cuando se dan de golpes y a los que se les ve en la cara las huellas del oficio. Son polis que se equivocan, chocan su coche o disfrutan echando una pieza de baile y comiendo los típicos platos de soul food de Harlem, aunque por ello, a veces, falten a sus obligaciones.

“La razón por la cual el sargento no pudo comunicarse con Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson era que ambos se hallaban en el salón trasero de la tienda de cerdo de Mammy Louise, comiendo «patitas de pollo», un plato geechy“.

La cocina geechy es la elaborada por quienes son mezcla de esclavos africanos huidos e indios semínolas, nativos de las Carolinas y de Florida y consiste en “patas de pollo rustidas, arroz, quingombó y chiles rojos picantes”, cuyo efecto hace revivir a los dos polis:

“En una noche fría como aquélla, ese guisado mantenía un calorcillo ardiente en el estómago y la gelatina tierna y blanca de las patas de pollo hacía sentir sólidamente llenas las tripas”.

Y como el guiso, la novela te hace sentir en el Harlem de hoy y de siempre, puesto que pese a que en esos años y en la ficción resulta mucho más violento, siempre resulta misterioso, tenso y a veces peligroso especialmente para la mirada de un blanco. Lugares y calles míticas, aunque con muertos a diestro y siniestro. Un lugar donde todos se conocen, donde hay mala suerte y mala gente y también políticos negros y ricos quienes:

“Viven en  lugares abandonados por los blancos ricos”.

La novela está preñada de violencia y de humor muy negro, inesperado. Incluso en la forma de matar,  lo que lo hace aún más terrible. Por ejemplo, el atravesar con un cuchillo el cerebro a un tipo que sigue andando por la calle como si fuera una atracción de feria en la casa del miedo, con el mango del cuchillo a un lado de la cabeza y el filo, en el otro. Otro muerte de forma fortuita al ser degollado por una hoja de acero que cae de un camión que le rebana la cabeza a la altura del cuello, lo que no impide que el cuerpo sin cabeza siga conduciendo su moto algunos metros más, como si fuera un pollo descabezado.  En otros momentos, el humor es más apaciguador y relaja la historia:

“— ¿Dónde estabais cuando pasó esto?
—Comíamos patitas de pollo en la tienda de Mammy Louise —confesó Grave Digger.
Casper le observó para determinar si estaba de broma; concluyó que no.”

También maneja la ironía con habilidad, incluso cuando habla de comida. En un momento de la novela dos jóvenes negros absolutamente desgraciados huyen de la policía y  se refugian en la casa de un amigo de éstos, donde encuentran unas cuantas cosas con las que cocinar algo que comer:

“Poco después el cuarto se llenó con el humo y el olor delicioso de la carne frita. Sassafras frió una parte de los copos de maíz junto con la carne. Roman abrió el bote de melocotones con su cortaplumas, pero el contenido era un bloque helado, de modo que lo puso sobre la estufa.
Al no hallar ni un solo plato limpio, Sassafras echó mano del que estaba menos sucio. Fregó un par de tenedores con un paño seco.
Roman se sirvió los copos fritos, la carne frita, y lo roció todo con melaza. Luego se llenó la boca con esa mezcla y aún se metió dentro un trozo de pan seco.
La chica le miró con expresión de disgusto.—Puedes sacar al muchacho del campo, pero no puedes sacar el campo del muchacho”“—filosofó mientras con gran delicadeza comía bocados de carne y de pan en forma alternada y sostenía cada copo de maíz entre el pulgar y el índice, según las reglas de la etiqueta.”

Y entre frases grandes y filosóficas, como las que siempre se encuentran en la gran novela negra, me quedo con las que aparecen en esta conversación entre los dos inspectores de policía negros mientras suben en un ascensor en una casa de ricos, tras el eructo de uno de ellos:

“—Eso nos descalifica —observó Coffin Ed—. Los caballeros no eructan.

—Los caballeros no comen oreja de cerdo ni coles —respondió Grave Digg—. Y no saben lo que se pierden.”

Chester Himes se marchó de Estados Unidos para vivir en Francia, donde creía que su raza era más aceptada socialmente. Pero su recuerdo se mantiene en Moraira (Alicante) donde hay un monumento en su nombre, pues fue allí donde Chester eligió vivir desde 1969 hasta su muerte en 1984.

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Llevo unos días de relectura, en plan viejuno. Y he vuelto a leer Tras los pasos de Ripley de Patricia Highsmith. No es la mejor trama de la literatura negra, pero lo que me sorprende es que pese a todo, su lectura engancha hasta el final. Y creo que lo consigue por el ambiente que describe en segundo plano y por la tensión emocional entre el personaje de Ripley (que se mueve entre lo paternal y el respeto entre colegas del crimen) y el adolescente (que se mueve entre la admiración filial, profesional y amorosa por Ripley).

Toda la novela está cargada de ambiente gay con escenas en bares del Berlín de los ochenta, transformistas e incluso comentarios bastante erótico-amorosos entre compañeros del crimen. Sin embargo, jamás toma el primer plano. Siempre en segundo, pero con intensidad.

Hasta en lo gastronómico, consigue Highsmith que Ripley, ese tío sin demasiados escrúpulos, demuestre su sensibilidad:

“Lleno de desasosiego, Tom Ripley bajó a hablar con madame Annette, que se hallaba enfrascada en la horrible tarea de arrojar una langosta viva a una enorme olla de agua hirviendo. Al entrar Tom la buena señora acercaba el crustáceo al vapor que emanaba de la olla. El animal movió las extremidades y Tom retrocedió hasta el umbral e hizo un gesto para indicar que esperaría en la sala de estar.”

Highsmith rompió con muchos tabúes. Hasta ella, las escritoras no hacían novela negra. Un género de hombres en el que se hablaba de tipos duros. Ahora la novela negra, nada tiene que ver y pienso en una de las últimas que se han publicado en España: Contra las cuerdas de Susana Hernández.

En esta novela las protagonistas son dos mujeres que trabajan como policías, Santana y Vázquez. Una de ellas es lesbiana, pero esto ni afecta ni deja de afectar a la historia, en la que la homosexualidad de una de ellas es parte de lo cotidiano.

Y en la comida,  entre Vázquez y Santana, no hay diferencias (excepto en el postre):

“Comieron como Dios manda en un restaurante de comida tradicional catalana de la calle Bonsuccés, muy cerquita de las Ramblas, y a la vez a resguardo de los típicos restaurantes para turistas que ofrecen paella plastificada y sangría venenosa a precio de oro. Degustaron entremeses variados, arroz caldos o con bogavante, albóndigas caseras con sepia y, de postre, crema catalana para Vázquez y arroz con leche para Santana”.

 

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marisol torres

Marisol Torres y yo coincidimos por primera vez en una antología de relatos: La vida es un bar. Cuentos de noche de Malasaña. Y desde ese momento ocurrió lo que ella narra como  un “brillo de reconocimiento”. En este caso porque nos reconocimos de la misma familia, a la que le gusta escribir novela negra y para la que la comida y la bebida es mucho más que alimento del cuerpo.

Y así lo demuestra con maestría en su última novela: Los años del coma, una historia entre el negro de la venganza y el rojo justiciero, escrita por sus protagonistas: tres mujeres y un hombre, que buscan desesperadamente calmar el dolor profundo del alma.

En Los años del coma, la comida y la bebida no son entretenimientos de esos que no vienen a cuento como ocurre en muchos casos en la novela negra. La afición de su autora y su conocimiento hacen que tengan todo el sentido, porque a través de ellos entendemos a sus personajes y su estado de ánimo.

Un pixín a la marinera, ese delicioso plato asturiano con rape, hizo estallar el llanto de Marlis. Las tortillas estilo Betanzos “que lloraban huevo por los bordes” era uno de los pocos recuerdos cálidos de la infancia de Celia y hacer una de esas tortillas jugosas fue lo único que la que la sacó de su aislamiento.

Para Marlis fue una tarta de manzana, la que la hizo afrontar el dolor de la pérdida de un hijo y con la que recupera el espacio de la cocina como el lugar íntimo de encuentro:

“Las tres preparamos aquella tarta comi si de un ritual se tratase. Entre risas, conversaciones, bromas y juegos, pelamos y roceamos las manzanas, las mezclamos con las pasas y el azúcar. Al cortar las manzanas, en pedacitos muyfinos, en perfecto semicírculo, una corriente de armonía se fue extendiendo por la cocina, como si el hecho de cortar esas pequeñas lunas dulces hubiese obrado el milagro de llenarnos el corazón de alegría compartida. Luego extendimos la masa de hojaldre en la placa, la rociamos con pan rallado, para absorber la humedad de la manzana, y colocamos la mezcla sobre la base de hojaldre. Cerramos, como se cierra un paquete valioso, como se envuelve a un bebé en el arrullo, y nos sentamos a esperar junto al horno, con una copa de vino blanco, a que el olor de la tarta inundase la cocina. Algunos lazos debieron trenzarse entre nosotras, sin darnos cuenta, porque al sentarnos a la mesa a degustar el postre nos sentimos una familia por primera vez”.

Con Fran, el protagonista masculino, la comida es  crucial.

“Los años del coma fueron también los años de la verdura al vapor. Sólo comía eso. Cada día. Durante diez años”.

Hasta que un día volvió al chuletón y, entonces, se levantó del sillón.

Pero la comida no es solo belleza. Como el alma, la comida tiene una cara B, cruel y sangrienta. El plato se llena de cadáveres y hay formas y formas de matarlos. Desde un pavo a un pez.

“Y el pez, de pronto, aleteaba con furia, se arqueaba, abría una bocaza inmensa impensable en un bicho tan pequeño y trataba de aspirar un agua que había desaparecido. Unos segundos después, el cuchillo, la sangre que manaba del taco de madera del sacrificio, los ojos de la chiquilla fijos en aquella sangre y en los últimos movimientos del pez”.

Los vinos también son parte de la descripción de una persona y también de los personajes de Los años del coma.

El vino de la variedad alemana Gewurztraminer, de aroma a rosa y cuerpo ligero, es el favorito de la mujer que busca bosques y a quienes se recuerdan cuando ves a alguien “tomar ostras con vino blanco”.

El vino tinto, rojo como la sangre, oscuro y denso como el pubis de una pelirroja, de Somontano, del Priorato o de Ribera del Duero, es el de las mujeres de pelo rojo en cascada a las que se recuerda cuando “los sonidos de la risa rebotando entre las copas de vino tinto”.

Pero también las hay que no toman vino, sino  cerveza, coleccionan volcanes en erupción y es mejor no recordarlas.

Y de los combinados, el gin tonic. El amargo sabor del final de un festín de venganza.