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Only to eat

Un fin de semana de tapas con una amiga americana me inspiró este post para Tinta de Calamar en la Cadena Ser. Y es que el typical spanish y la traducción de la carta o del menú con el Google, a veces solo vale para que los guiris tomen fotos.

Aquí el post completo: Typical Spanish (anatomía de una carta de tapas en inglés)

Siempre hace ilusión que El chef ha muerto guste, pero si además está recomendada por Alberto Chicote, pues más. Al ser preguntado por la revista FHM, Chicote dice que sus libros favoritos inspirados en la cocina son Lo que hemos comido de Josep Pla y El chef ha muerto de Yanet Acosta. Un honor.

Alberto Chicote recomienda El chef ha muerto

Hoy se ha muerto Sara Montiel, una grande. Da igual que te gustara más o menos cómo actuaba o cómo cantaba, el caso es que se paseó con una tranquilidad pasmosa por todos los platós y por todos los fregados de los más míticos. Ella lo contaba con la naturalidad con la que cuenta esta anécdota sobre el día que le hizo unos huevos fritos a Marlon Brando.

Así, de natural y divertida. Manchega, que adoptó su nombre artístico de un pueblo vecino al que nació Campo de Montiel y que hablaba siempre de gachas y migas, sus comidas favoritas.

Y hablando de comidas favoritas, de cine y de muerte, otro recuerdo para Bigas Luna, el director de Jamón, Jamón o Huevos de Oro. Lo conocí en San Sebastián, en Lo Mejor de la gastronomía, cuando le dieron un premio. Allí dijo que «la culpa de todo la ha tenido el ajo, el jamón y el aceite de oliva». Y son fetiches que aparecen una y otra vez en sus películas. Eso y las tetas. Que también le dieron algún problema, porque memorable fue su idea de que el postre de una cena fuera hecho a base de chocolate fundido y tomado directamente del pezón de una modelo. Su amigo del alma, Paco Torreblanca, lo tomó al pie de la letra y las feministas aún lo recuerdan.

Hoy también ha muerto la Dama de Hierro, Margaret Thatcher y, la verdad, lo que más recuerdo de ella es su amor por el whisky. Así que después de los huevos fritos, el jamón y el chocolate de una teta, un trago de whisky, porque los muertos son recordados con cariño únicamente por lo que comieron en compañía y bebieron en soledad.

Foto restaurante El Poblet

Parece obvio, pero a veces no lo es tanto. Lo que hace que uno vaya a un restaurante u a otro puede ser un simple detalle. Aquí va una lista de 10 que he hecho para la Cadena Ser.

vivir_de_noche

Vivir de noche tiene sus normas, dice Dennis Lehane en su última novela. El género negro, también y él las aplica de maravilla. Ha sido mi libro de estas vacaciones y me ha dejado el paladar con el gusto a buen ron, a arroz con pollo y a una historia que suena cada vez más cercana: la crisis del 29 en Estados Unidos y la Ley Seca.

Un gánster, que comenzó en la adolescencia cuando aceptó dinero del diario Globe para incendiar un puesto de venta de la competencia, el Standard, se mueve de Boston, tras pasar dos años en la cárcel, a Tampa para controlar el mercado del ron. Allí se relaciona con los cubanos y allí se hace el rey del mambo. Crueldad, venganzas y matanzas, pero sobre todo amor, porque esta novela gira en torno a su enamoramiento de dos mujeres, que son quienes de verdad hacen que su vida vaya en un sentido u otro.

Cuando se enamora de la primera, el gánster para el que trabaja le dice:

-¿Sabe cocinar?

-Sí -afirmó Joe, aunque la verdad es que no tenía ni idea.

-Eso es importante. Da igual si lo hacen bien o mal, lo que cuenta es que se pongan.

En la mesa se puede encontrar el mayor placer, pero, cuando se junta a un padre poli, a su hijo gánster y a su novia de dudosa reputación, la tensión es el plato principal. La comida les da un respiro:

«Llegaron a la mesa los segundos platos, y los tres dedicaron los siguientes veinte minutos a comentar la calidad de la carne, de la salsa bearnesa y de la nueva moqueta del restaurante».

Según llega a Tampa le llevan a tomar una limonada y:

«No estaba seguro de que fuera la mejor que jamás había probado, pero aunque lo fuese, no dejaba de ser limonada. No era fácil entusiasmarse con una puta limonada».

La llegada a este nuevo lugar le introduce en nuevos sabores, los cubanos de la ropa vieja, las judías negras, el arroz con pollo y el arroz amarillo, y en un nuevo lío:

«La primera vez que hicieron el amor fue como un choque de trenes. Se crujieron mutuamente los huesos, se cayeron de la cama y se llevaron una silla por delante y, cuando él la penetró, ella le clavó los dientes en el hombro con tal fuerza que le hizo sangrar. La cosa duró menos de lo que se tarda en secar un plato».

El manejo del humor y la muerte de Lehane se nota en frases como esta:

«Tim Hickey se cortaba el pelo una vez a la semana en Aslem’s. Un martes, algunas de sus guedejas de pelo se le metieron en la boca cuando le dispararon en la nuca».

Las notas históricas están bien salpicadas en la novela, que habla de Sacco y Vanzetti, y de una crisis que se llevó por delante a 13 millones de puestos de trabajo en Estados Unidos y en la que cerraron más de 300 bancos. Y en esos momentos, solo el mercado del vicio permanecía boyante.

«Mientras el resto del país hacía cola por un plato de sopa y pedía limosna, los ricos seguían siendo ricos. Y ociosos. Y aburridos».

Y para acabar, otra frase muy actual dicha por el gánster:

Un prestamista le parte la pierna a un tío porque no paga sus deudas, y un banquero le quita la casa a alguien por el mismo motivo. Tú crees que son diferentes, como si el banquero se limitara a hacer su trabajo y el prestamista fuese un criminal. Yo prefiero al prestamista porque no intenta parecer otra cosa.

 

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Todo el mundo habla de maravillas del nuevo restaurante mexicano en Madrid y yo no estoy de acuerdo. No es un restaurante mexicano. No. Punto MX hace su propia cocina y eso significa cocina de autor.

Fui a él buscando las emociones del país en el que pasé un mes el pasado año (tengo allí familia) y, nada que ver, sino todo lo contrario, mucho mejor. Me alucinó el equilibrio de los sabores -ácido, dulce, picante y salado- que consigue en sus platos, la elegancia de las cocciones y el buen gusto a la hora de combinar ingredientes (la combinatoria es tan difícil como conseguir una buena paleta de colores para un pintor).

Su plato más afamado es el guacamole, puesto que lo hacen al momento en el molcajete de piedra volcánica, sin embargo, a mí personalmente no me pareció la panacea. Lo más habitual en los restaurantes mexicanos de Nueva York y de otras muchas ciudades acostumbradas a la cocina internacional es que lo hagan así, y en España ya tardábamos, la verdad. Así que espero que sea imitado por el resto de restaurantes de la ciudad, solo por el bien de nuestra cultura general.

Para mí fue mucho más intenso entrar en una carta bien redactada, sencilla de entender y fácil de comer. Pese al nombre poco atractivo para un español de chorizo verde, nos atrevimos a pedir el Taco de chorizo verde con aguacate, queso, salsa martajada y chiles toreados. El truco es que el chorizo se hace con aromáticas como el cilantro y otros picantes que le dan el tono verde y fresco y el taco estaba que se comía solo.

Por curiosidad mediterránea pedimos también los Tacos de bistec de atún rojo a la plancha, salsa de chile serrano y limón verde. Lo primero que uno piensa es que será un desastre la mezcla y, tachán, sorpresa, uno de los tacos más deliciosos que nunca tomé.

Y para seguir con mi curiosidad nos decantamos por un Pargo zarandeado a la brasa con pico de gallo de piña, que era pura elegancia y sutilidad en boca.

Al final de la comida yo tomé mezcal, porque mi prima mexicana me enseñó a disfrutarlo. Mi acompañante y amigo Álvaro, tequila. Los elegimos de un carrito que el camarero explicó con pasión y eso, se agradece. Tan bueno es el trato que apenas notas que estás en el pasillo de un sótano pintado de blanco animado por una ventana.

Ahora solo me falta repetir, porque ya deseo probar el resto de la carta. (Y que se bajen del burro los críticos, los malos restaurantes no merecen una segunda visita, solo uno se muere por repetir en los irrepetibles).

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Es difícil encontrar buenas pelis gastronómicas y creo que La cocinera del presidente (Les saveurs du Palais), lo es. La historia se centra en Hortense Laborie (Danièle Mazet-Delpeuch), quien cocinó para el presidente francés Mitterrand en los 80s.

El guión no entra en profundidad en la vertiente más política o personal, sino que toma su lucha por hacer su propia cocina tradicional y aparentemente sencilla frente al poder de los cocineros (hombres) que mandan en las cocinas centrales del Eliseo y frente al protocolo del palacio.

Tiene mérito, que sólo con la trama de cómo cocina y qué es lo que hace, se mantenga el interés del espectador. Todo ello gracias a imágenes que entran por los ojos, primerísimos planos dignos del mejor porn food.

Según comenta la propia cocinera, la película, aunque no recoge la realidad tal y como fue, sí que transmite cuestiones muy reales como la del machismo en las cocinas, por eso, ella considera que es una película que «habla de cocina hecha por mujeres valientes«.

En las primeras escenas, el guionista hace un anacronismo: muestra a la cocinera instrumental de cocina como la Pacojet o la Gastrovac, pese a que no estuvieran inventados en ese momento. Supongo que como recurso fácil para enfrentar cocina tradicional a moderna. Un tópico poco contemporáneo, me parece.

No obstante, en el guión hay mucho de filosofía gastronómica. La primera vez que la protagonista tiene que cocinar para el presidente, decide al vuelo el menú según ve los productos que hay. El maître le pregunta por los platos. Ella contesta que el primero será un revuelto acompañado de setas y después, un repollo relleno de salmón de Escocia y zanahorias del Valle del Loira:

«Me gusta que las cosas vengan de algún sitio».

De postre, la tarta Saint Honoré con la crema de la abuela, que es además de su favorita, todo un símbolo, pues el palacio del Elíseo está en la calle Saint Honoré, 55.

Estas primeras escenas de cocina, en las que ella susurra paso a paso la receta mientras la prepara son, directamente, comer con los ojos. Nunca un repollo relleno me pareció tan seductor.

Diez años después de cocinar para el presidente, la cocinera se fue a la Antártida. Allí dejó huella y en la película se puede ver el menú que preparó de despedida tras un año en la estación internacional. Y la imagen lo vuelve a conseguir: pese al cambio de escenario los platos se vuelven a comer con los ojos. Foie gras, magret con patatas a la Sarladaise con trufa del Périgord y, de postre, por supuesto, tarta Saint Honoré.

En la película también entra en juego la lírica de las recetas antiguas. El presidente es un forofo de un recetario firmado por el cocinero francés del siglo XIX Edouard Nignon, que entiende las recetas como historias, poemas o novelas.

A la cocinera del presidente la llamaban Madame Du Barry, el nombre de la amante de Luis XV. De esto, nada se ve en la peli, pero el personaje interpretado por Catherine Frot, es pura elegancia y feminidad, con sus camisas, collares y tacones. Nada de chaquetillas de cocina.

En el momento más íntimo entre la cocinera y el presidente, ésta le prepara una tostada en la que unta una mantequilla de trufa que se derrite a medida que se extiende con el cuchillo sobre el pan crujiente. Y la peli lo consigue: parece que todo huele a esa trufa.

Al salir del cine dan ganas de dar un mordisco a la tostada o a cualquiera de los otros platos. Así que, por si hay ánimo, aquí están las recetas que se pueden encontrar en su libro Carnets de cuisine du Périgord à l’Elysee y que aparecen en la película, como la famosa crema de la abuela para la tarta Saint Honoré, el repollo relleno de salmón, La Chaudrée Charentaise o la tarta de chocolate de Julia.

El Caleidoscopio RTVE sobre Manuel Vázquez Montalbán
Acaban de emitir en La 2 de Televisión Española un documental sobre Manuel Vázquez Montalbán (MVM). En él, un personaje de ficción creado por Andrea Camilleri en su honor, Salvo Montalbano, intenta conocer al escritor a través de los recuerdos de sus amigos y compañeros.
Juan Marsé le recuerda sin parar de hacer los prólogos que él rechazaba, por ejemplo, mientras que la propietaria del restaurante Leopoldo le recuerda por el verbo suelto entre amigos hablando de política en la sobremesa del restaurante. Sin embargo, su agente literaria, Carmen Balcells, le recuerda por su silencio.
«Era conciso y potente. Preciso en la administración de la palabra. El mejor atributo de un escritor».
Habla Paco Camarasa de Negra y Criminal sobre cómo elevó el género negro con sus novelas de Carvalho y Ferran Adrià de cómo consiguió demostrar que se podía ser de izquierdas e ir a un buen restaurante. Además, Adrià recuerda también una fecha: el 6 de agosto de 2003, la última vez que MVM fue a elBulli. Ese día, Ferran tenía en sus manos la portada de la revista de The New York Times. Esa portada, con el título de «The nueva nouvelle cuisine» con la que el fenómeno de elBulli y la cocina de vanguardia española se da a conocer internacionalmente.
Recuerda entonces Ferran que MVM le dijo:
«Lo hemos conseguido».
Sin embargo, el último día quedó para siempre porque sus cenizas fueron esparcidas en Cala Montjoi, la salida al mar de elBulli, uno de los lugares donde más feliz había sido. Este momento también se quedó grabado en la memoria de Ferran. Y son los momentos los que marcan la emoción. El hijo de MVM, Daniel Vázquez Sallés, asegura que el de su padre, ese momento de felicidad total, se produjo cuando siendo un niño su madre apareció en casa un día con una barra de pan blanco y un cucurucho de aceitunas negras. El Rosebud de un escritor que también dijo que si no escribiera, cocinaría.

Ama. Microrrelato Yanet Acosta

-¿Qué tal?

-Ahora mismo parezco un ama de casa.

-Siempre lo has sido.

Normalidad democrática. El desayuno. Yanet Acosta

Lo más normal en España es que la industria láctea pasterice la leche para hacer queso. Y nos parece lo más normal y lo más higiénico eso de llevar a 75 grados la leche. Con ello se matan todas las bacterias malas y, también, las buenas, vivas, beneficiosas y sabrosas. También parece lo normal tomar leche uperizada que no sabe a nada, atún con casi todo como si fuera lo más común y no un pez salvaje al que hay que cuidar, un pan «recién hecho» en la gasolinera y un croissant a la plancha que sabe a plancha.

Así, con normalidad democrática.

El post completo en Tinta de Calamar.