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Hablar de Ágatha Christie en los círculos del género negro es como mentar al diablo. Se la considera una escritora burguesa, con escritura diarréica y con tramas poco creíbles. El caso es que, sin embargo, sus novelas se siguen vendiendo y reeditando en todo el mundo y es raro quién no haya tenido una entre sus manos, ya sean aficionados o no al género negro. A mí me cayó una en un verano. Creo que tenía 14 años y que se titulaba Poirot en Egipto.

El otro día, en la Cuesta de Moyano de Madrid me saltó a los ojos su Autobiografía y la compré siguiendo un impulso. En ella escribe lo que le da la gana acerca de su vida que, efectivamente, fue la de una burguesa. Sin embargo, hay muchos aspectos que me han llamado la atención, como la inmensa libertad con la que actuó toda su vida, independientemente de ser mujer.

La educación

Su madre y su hermana le leían historias de Sherlock Holmes. La primera, El carbunclo azul. También leían a Walter Scott y Dickens. Junto a su hermana leyó la primera novela policiaca El misterio del cuarto amarillo de Gaston Le Roux. Luego, las historias de Arsenio Lupin de Maurice Leblanc.

No estudió en la Universidad, porque en aquella época las mujeres recibían otro tipo de educación que Christie ensalza como la idónea. En casa, estudiaba lo que quería, como piano, canto y aritmética. Después pintura, bordado, francés. Más tarde fue a un colegio como interna, pero nunca le preocupó tener ningún certificado o diploma. La pieza más importante en su educación fue su madre, para quien sus hijas podrían hacer de todo:

—Claro que puedes hacerlo. ¿Por qué no? Si siempre estás pensando que eres incapaz, entonces nunca lo harás.

Quizás por ello, una de sus aficiones fue la natación en el mar, caminar campo a través o hacer surf. También conducir su propio coche fue algo que la apasionó, así como viajar. Con su primer marido dio la vuelta al mundo. Tras divorciarse viajó sola a Oriente Medio en el mítico Orient Express y cuando se casó por segunda vez con el antropólogo, viajó y vivió en muchas ciudades y pueblos de Oriente Medio.

“Lo que ha permanecido más claro en mi mente son los lugares. He estado allí. Siento un estremecimiento de placer; un árbol, una colina, una casa….”.

“Me parece que la enseñanza es satisfactoria solo si suscita una respuesta. De nada vale la mera información, pues no aporta nada distinto de lo que ya se tiene”.

“No hay mayor error que ver u oír las coasas a destiempo. Aprender a Shakespeare en la escuela es una barbaridad, está escrito para verlo en escena”.

“Nunca se es demasiado viejo para aprender. Siempre queda algún aspecto sin considerar”.

La escritura

“Me ha costado expresarme. Probablemente ésta es una de las causas que me han convertido en una escritora”.

En su autobiografía relata cómo empezó a escribir:

“Un día desapacible de invierno estaba en cama, convaleciente de la gripe. Me aburría. Había leído muchos libros, intentando trece veces acabar un solitario y ordenado un rompecabezas. Estaba dándome una mano de bridge, cuando asomó mi madre.

—¿Por qué no escribes un cuento?”

Y escribió “La casa de la belleza”. Después escribió otros cuentos y una novela que envió a un escritor amigo de la familia, quien tuvo la delicadeza de darle unos estupendos consejos que todavía muchos podrían seguir:

“Has escrito algunas cosas estupendas; tienes grandes dotes para el diálogo, deberías cultivarlo para que sea natural. Procura suprimir toda moralización; te gustan mucho, pero resultan aburridas. Deja sueltos a los personajes para que hablen por sí mismos, en lugar de sugerirles lo que tienen que contar y explicar al lector lo que quieren decir. Que lo juzgue quien lo lea. Presentar dos tramas es un defecto propio del principiante. Pronto te dolerá malgastar así los argumentos”.

Para Christie, sin embargo, escribir no era más que una afición creativa, “la sucesión natural al bordado de cojines”. De hecho, casi siempre que le preguntaban cuál era su profesión escribía “mis labores”:

“La creatividad se maniefiesta de muchas formas: bordando, cocinando platos especiales, dibujando y esculpiendo, componiendo música y escribiendo libros y cuentos. La única diferencia es que se logra más fama de una forma que de otra”.

Su primer trabajo fue en el hospital durante la I Guerra Mundial. De enfermera pasó al dispensario y se formó para ello en venenos, medicinas y otros ungüentos. Y fue allí donde se le ocurrió por primera vez escribir una novela policíaca. Y en esa primera novela, El misterioso caso de Styles, aparece ya el detective belga Hércules Poirot. Fue la primera novela que le publicaron.

En ese primer contrato, se comprometió sin saberlo, a escribir cinco más y a percibir unos mínimos ingresos por sus derechos de autor: “Nada de eso significaba gran cosa para mí: lu único importante es que se publicaría”.

Para crear personajes Agatha recomienda: “Alguien a quien ves en un tren o en un tranvía es un buen punto de partida, porque a partir de ahí puedes crear un personaje a la medida de tus deseos”. No así, si te inspiras en alguien a quien conoces.

“El tema amoroso es una pesada carga en una novela policíaca. El amor en mi opinión debe dejarse para las novelas románticas. Forzar una intriga amorosa en lo que debe ser un proceso científico es apartarse del camino recto”.

“Un autor no es una persona competente para criticar”.

“Es evidente que existe una longitud adecuada para todo. Para mí, la extensión apropiada de una narración policíaca es de 50.000 palabras”.

 

 

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El estómago de Agatha Christie

En su Autobiografía, Agatha Christie, no para de hablar de comida. Recuerda desde las primeras comidas en su casa hasta las últimas. Las más deliciosas y las más asquerosas. Las que le llevaron a tocar el cielo y las que casi le envenenan. Es una vida de recuerdos gastronómicos.

Recuerda que en su casa sus padres ofrecían durante su infancia cenas fastuosas a sus invitados. Eran menús para 10 personas y un menú podía comenzar con una sopa o un caldo y, luego, rodaballo o solomillo. Después un refresco de fruta y tras él algo inesperado como langosta a la mayonesa. Como postre, flan, tarta rusa y fruta.

En Navidad, el banquete lo componía una sopa de ostras, rodaballo, pavo guisado y asado, solomillo, budín de ciruela, pasteles, tarta y trufas (Agatha Christie relató este menú en uno de sus relatos: El pudding de Navidad).

“No recuerdo haberme puesto mala o tener un cólico al día siguiente. Comía a dos carrillos”.

Estos eran los buenos momentos, pues cuando la economía de la familia decayó, la comida tuvo que acomodarse.

“No hay duda de que la nata es lo que más me ha gustado, me gusta y me gustará”. Aunque se lamenta “Desgraciadamente ya no se encuentra aquella nata, al menos como era antes, cuando se quitaba en capas de la leche caliente y se ponía en un tazón de loza con su lado amarillo arriba”.

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En Canarias

Tras su divorcio, Agatha Christie pasó una temporada entre Tenerife y Gran Canaria, donde escribió El misterio del tren azul. Esta es la primera novela que escribe según ella de forma profesional, pues es la primera que hace sin ganas. Estaba bastante deprimida y escribía sin alegría ni inspiración, solo le movía ganar algo de dinero. De Tenerife asegura que no soportaba la bruma de cada tarde ni las playas volcánicas en pendiente, aunque la Orotava, donde estaba su hotel, le pareció “una ciudad encantadora con flores maravillosas que crecían por todas partes”. Sin embargo, Las Palmas de Gran Canaria le fascinó.

Sobre la mujer

“La situación de las mujeres ha empeorado con el correr de los tiempos; nos hemos comportado como unas tontas. Hemos gritado que nos dejen trabajar como a los hombres, quienes han aceptado de mil amores, pues no son tontos. ¿Por qué sustentar a la esposa? ¿Por qué no se sustenta ella sola? Quiere hacerlo, pues que lo haga. Es triste, que después de haber creado nuestra imagen de sexo débil, nos hayamos colocado al mismo nivel que las mujeres de tribus primitivas que trabajan todo el día en los campos, andan kilómetros…mientras que el suntuoso y ornamental varón abre la marcha sin más carga que un arma mortal para defenderlas”.

Una gran frase

“La medicina, como todo en este mundo, depende en gran parte de la moda”.

Entendiendo

Hace mucho que no leo una novela de Agatha Christie. Creo que después de aquel verano pude haber leído una o dos más, porque ciertamente, el ambiente en el que están situadas aburre bastante al lector contemporáneo. Sin embargo, su figura me parece reseñable. En una época en la que las mujeres se ocultaban tras pseudónimos ella firma con su propio nombre. Esto fue una idea del editor, puesto que ella misma ya tenía su nombre de hombre para poder publicar. Sin embargo, fue un acierto dejar el de mujer puesto que sonaba “más comercial”. Ella es casi uno de los resquicios de la sociedad victoriana, y aunque vivió las dos guerras mundiales y vivió durante el siglo XX, lo que transmite en su Autobiografía son unos principios muy del XIX. La literatura, sobre todo la escrita por mujeres, está donde está gracias a que otras mujeres burguesas o no, más o menos cursis, abrieron camino. Por eso, trascendiendo su obra, me ha fascinado llegar a entender mejor a esta reconocida escritora desde su educación, escritura y, por supuesto, su robusto estómago inglés.

No hay trabajo bueno

La novela No hay trabajo bueno, un cóctel entre erótica, western y género negro, se podrá comprar este verano con los periódicos El Norte de Castilla, El Heraldo de Aragón y La Opinión de La Coruña.

Se trata de una novela de lectura ágil en la que se narran los acontecimientos vividos por la chica que fue acusada en un primer momento de haber sido la causante del incendio del edificio Windsor en Madrid. La ficción mueve a personajes madrileños de un lado (el Madrid de las oficinas) y otro (el Madrid de Lavapiés) para confluir en El Retiro, un espacio que cohabitan aunque no comparten.

Aquí las fechas de salida de No hay trabajo bueno:

9 y 10 agosto 2014 con El NORTE DE CASTILLA (Valladolid, Salamanca, Segovia, Palencia)

La novela también ha salido la pasada semana (18 de julio) con LA OPINIÓN de La Coruña y pronto saldrá con El Heraldo de Aragón.

Esta novela está incluida en la colección Sensual, que viene publicándose con diferentes periódicos de toda España desde diciembre de 2013.

Etienne Davodeau - Rural -  Cubierta

El dibujante francés Étienne Davodeau publicó en 2001 un libro con el que colaboró no solo a ver el cómic como un medio documental y reivindicativo sino también a llevar la vista hacia el campo: Rural. Crónica de un conflicto.

Los urbanitas comemos en los mejores restaurantes y disfrutamos de vez en cuando de un fin de semana en una casa rural o incluso disfrutamos del paisaje desde la ventanilla de nuestro coche, pero nunca pensamos en la gente que hace el paisaje y los productos para que la comida del chef con estrellas esté tan rica. Es más, en general, despreciamos el campo y a quienes se dedican a él, salvando excepciones de gente que se comienza a sensibilizar con la importancia de los huertos urbanos y de la comida ecológica, no solo porque sea más saludable, sino también porque respeta el medio ambiente.

En Rural, el dibujante del que ya en España se había traducido su docu-cómic sobre el mundo del vino Los Ignorantes, cuenta una historia que se repite una y otra vez en el campo en cualquiera de los países llamados “desarrollados”. El gobierno decide hacer una autopista, muchas veces ni siquiera es para conseguir más votos y mucho menos para hacer algo bueno para la ciudadanía, sino para generar dinero. Y como siempre, el problema principal es el trazado. Los más poderosos evitan que la autopista pase por sus tierras o destruyan sus casas. Los otros se unen para dar alternativas, se manifiestan, se quejan, pero gana siempre el más poderoso (es decir, quien más dinero tiene).

En el cómic se cuenta parte de este proceso pero también el día a día de tres ganaderos —Olivier, Jean-Claude y Étienne— que producen leche biológica de forma cooperativa y que tienen muy clara una filosofía que arranca del respeto hacia la tierra y la producción y hacia ellos mismos. Aquí dejo algunas de sus frases:

“La agricultura no es una industria”.

“Me molesta cuando la gente dice que come bio solo por cuestiones de salud”.

“El objetivo de nuestro trabajo es en primer lugar encontrar una manera de producir comida para todos sin perjudicar el medio ambiente”.

“Comer y comprar bio debe ser el apoyo a una idea de inspiración colectiva a largo plazo”.

“Si todos comemos bio, todos produciremos bio. Y entonces viviremos en un entorno realmente mejor para nuestra salud”.

Trabajar en el campo siempre lleva consigo la mala imagen de una esclavitud permanente. Sin embargo, para estos tres ganaderos no hay nada de queja. La unión de los tres hace que el trabajo se reparta y, sobre todo, según uno de ellos el resultado de los “trabajos de la tierra, las siembras, las cosechas, el trabajo de la paja, los partos, los cuidados de los animales y todo lo demás se materializa cuando la leche cae de la ordeñadora cada día”.

El cómic comienza con las prisas de quien ajeno a la cadencia de la naturaleza acude a un espectáculo único: el nacimiento de un becerro. En la granja, sin embargo, todo está tranquilo. El trabajo discurre como cada día, solo que con un ojo sobre la vaca que está pariendo. Sus vacas pastan en el campo y producen un tercio menos que las de una ganadería intensiva no biológica. Sin embargo, sus tierras, sus vacas y ellos mismos lo agradecen porque se integran en esa cadencia natural del bienestar. Pero hay que mantenerse firme en los principios para tener claro que no quieren crecer, que con lo que producen es suficiente para vivir bien.

“Rural. Crónica de un conflicto” es un cómic idóneo para leer este año, que la FAO ha nombrado como el año de la agricultura familiar. Frente a las presiones de las grandes industrias de semillas, de fitosanitarios y de transgénicos la agricultura familiar racional y respetuosa con el medio ambiente es casi un acto de heroicidad.

Así que a quienes nos permiten comer bio en la ciudad les dedico este post desde el que podéis conocer las reivindicaciones de la agricultura familiar en este link.

Por cierto, el cómic Rural acaba con unas viñetas memorables que nos dan mucho que pensar:

“La obra de la A-87 acabó. Antes de un segundo puente que se parece al primero están los restos de Bignon. Será rápido. Los verás a 130 kilómetros por hora”.

 

Today, proyecto fotográfico de Ariadna Acosta, ilustradora de Noches sin sexo

La artista Ariadna Acosta, con quien comparto apellido, inspiración y un libro titulado Noches sin sexo, acaba de presentar su proyecto fotográfico “Today” como Trabajo Final de Grado. Este fin de semana ha festejado el término de su carrera de Bellas Artes. Y para borrar toda duda de que no es la inanición lo que le espera, lo hizo entre platos en un restaurante :)

A modo de homenaje, le dedico esta crítica a su obra, que les invito a conocer en su blog: Ariadna Acosta.

 

Los instantes captados por el ojo de Ariadna Acosta parecen inocentes, fugaces, intrascendentes. Son como esos miles de segundos al día en los que parece que no pasa nada. Sin embargo, la instantánea de esta fotógrafa hace que la mirada del espectador se quede un largo rato sobre ellos y que, incluso, regresen a la memoria como trozos inmortales del anuncio de la fugacidad de la vida y de la vulnerabilidad de su transcurso.

Estos instantes están tomados del paso del día a día rodeados de gente, pero también de espacios que pasan desapercibidos. Y aún más en detalle por objetos que podrían perderse en el barroquismo de la imagen, pero que ella los saca a primera línea para protagonizar una emoción, habitualmente de vacío inquietante que queda clavada en el cerebro del espectador.

Los espacios

Inquieta observar un espacio de una casa al que nadie ha hecho el más mínimo caso. El paso del tiempo se percibe en sus paredes. Las cosas amontonadas recuerdan la dejadez del ser humano. Y el espacio en sí, demuestra el absurdo de tantas de las acciones que ejecutamos y transformamos en materia durante nuestro paso por esta vida.

La mugre del suelo es parte de la decadencia que nos envuelve desde nuestro nacimiento. Y el pequeño cuadro transmite la tristeza del intento por hacer bello con más materia lo decadente e inservible.

Sobre una cama se amontonan cosas. En primer plano, una silla rota, decadente, absurda, que apenas ya puede cumplir su función.

En otras ocasiones, el amontonamiento (por ejemplo el de cajas vacías de bebidas apoyadas contra un muro) es otra huella más de la decadencia a la que estamos condenados. Beber y generar inservibles desperdicios parecen ir de la mano. La acción de beber la festejamos con la vaga ilusión de sentirnos en el paraíso. Sus residuos los ocultamos en la pared de atrás de cualquier bar.

A veces, esos espacios no tienen nada. ¿Puede haber algo más inquietante que un pasillo vacío? ¿El ascensor vacío? ¿Un parking vacío? Lo absurdo del espacio construido con un objetivo funcional que no cumple. Un proyecto de algo que no vale para nada. Una intención tirada por la borda.

También trata el paisaje como un espacio que inquieta. Tras las encinas de la dehesa asoman tres rascacielos. Nada tiene sentido.

Los objetos

Ariadna Acosta utiliza los objetos como centro de parte de sus series de instantes. Los objetos juegan un papel decisivo en el día a día y nos anuncian nuestra propia decadencia y muerte. Un dispositivo para el goteo parece el centro de la cuenta atrás de una vida. Un oso de peluche que cuelta de una pinza en una cuerda, el término de una infancia. Y una taza con un “divertido” payaso pintado pierde toda la alegría que supuestamente debería dar entre las manos por las que ha pasado el tiempo.

Los gestos

Entre los gestos que Ariadna Acosta deja congelados en sus fotografías se encuentran los de caras anónimas que pasan por la calle y que solo en un segundo dejan la impronta de su ser que luego ella dejará inmortalizada para siempre.

También trata como gesto el que tiene un cuerpo. Una niña sentada con los brazos cruzados con una cara rebanada por la paupérrima toalla mil veces usada que espera a secarse al sol para volver a usarse.

También se encuentra el gesto del modelo que se mira al espejo, y el de la que lleva sus manos a la cabeza o el del que anda a los lejos en un espacio de nada.

Decadencia, muerte, vacío y lo absurdo de la existencia son las emociones que impregnan esta serie de instantáneas de Ariadna Acosta, que inquietan hasta al más optimista.

Más fotos en Ariadna Acosta.

En la literatura siempre hay que volver a los clásicos. Shakespeare y Cervantes son la referencia. En Madrid, también hay que revisitar los clásicos de la gastronomía, que son Botín y Casa Lucio.

Visitar el restaurante Botín merece la pena ya solo por ver su antiquísimo horno en el que cada día se asan decenas de cochinillos. La belleza de un lugar que tiene a orgullo ser la taberna más antigua del mundo según el libro Récord de los Guiness, se ensalza con la amabilidad de sus camareros y responsables, que permiten a los comensales pasear por sus salas antes de elegir mesa. Cada vez que voy, me gusta mirar el horno, inspirar y bajar a la cueva (planta subterránea con techo abovedado) para sentir el paso del tiempo. Sin embargo, termino por sentarme en la segunda planta. Es inevitable estar rodeada de japoneses, rusos, y otros ciudadanos del mundo que vienen atraídos por el entorno del restaurante, la Plaza Mayor de Madrid, y por las recomendaciones de sus guías.

Desde luego, en Botín, aunque hay una extensa carta, el plato para tomar es el cochinillo. Piel crujiente y carne jugosa. Perfecto. Además, te permiten pedir media ración si eres de picotear mucho. Y para entrantes aconsejo las anchoas y la ensalada de pimientos asados, aunque hay otras opciones que tampoco desmerecen como el gazpacho.

Sin embargo, para tomar gazpacho prefiero el Casa Lucio. Cerca de Botín, pero en un ambiente distinto. Está situado en la calle de la Cava Baja en el barrio de Latina —el lugar elegido por los madrileños para tomar el aperitivo de los domingos, repleto de bares y gente—. Casa Lucio es memorable entre españoles y extranjeros por sus huevos estrellados, es decir, huevos fritos con patatas fritas. Ha sido además el lugar elegido por muchos políticos para mostrar España a representantes internacionales (difícil olvidar que ha sido visitado en varias ocasiones por los Clinton y otras celebridades) y ese poso queda.

Para poder sentarse a la mesa hay que tener la previsión de reservar, incluso entre semana. Muchas comidas y cenas de trabajo y un público más nacional que internacional en muchas ocasiones. Ambiente reservado, nada de pasear por la sala y rigidez en los camareros. Menos mal que el gazpacho está suave y delicioso, que por la puerta entra de vez en cuando Juanito el Golosina haciendo una broma a los de la barra. Eso sí,  los huevos estrellados nos recuerdan la sobriedad de nuestra cultura. Mis amigos estadounidenses me preguntan que dónde está la salsa, y aunque les explico que con el aceite de oliva de la fritura y la yema es más que suficiente no quedan convencidos. Tampoco mis jóvenes primos, que los prefieren con chorizo por encima. En mi caso, sí que me gusta percibir la elegancia del más humilde pero más emocional de nuestros platos. La patata de corazón blando y exterior crujiente perfumada al aceite de oliva y tocada con la sabrosa yema líquida —para mí la mejor salsa del mundo—. Este plato, como se puede observar, es ejemplo de la dificultad que entraña la crítica gastronómica por la subjetividad que lleva implícita. Sin embargo, cuando se quiere entender un país, es mejor no buscar los sabores propios, sino entender los de aquel sitio o plato donde vamos. Así también lo enfoco yo cuando me siento en cualquier restaurante. Me pregunto: ¿Qué me quiere decir? Y ya luego, ¿está bueno? Y como con el Arte, una vez se entiende el contexto, lo que tienes delante puede gustar mucho más.

Bueno para acabar el solomillo de Casa Lucio es un clásico, pero hay que guardar sitio para el postre: Pan Perdido. Se trata de una preparación como la de la torrija, pero más cremosa y deliciosa.

¡Volveremos!

Si quieres leer más críticas gastronómicas de El chef ha muerto: pincha aquí.

Si quieres escribir tus propias críticas, te animamos a formarte con The Foodie Studies.

 

 

Salir en la tele criticando y poniendo orden en todo tipo de restaurantes, como hace Alberto Chicote, tiene un efecto reflejo. La gente cuando va a su restaurante recién inaugurado en el madrileño barrio de Chueca, Yakitoro,  va con la lengua afilada dispuesta a ponerlo a parir, porque es lo que mola. Yo, también. La verdad es que me cabreó mucho tener que reservar en un garito donde las mesas son compartidas, pero claro, la clave es que esto ocurre porque está a tope de reservas y expectativas. El camarero, lento para sentarte, pero rápido para darte la respuesta: “Es que esto es un sitio para hacer amigos”. Sin embargo, esa noche a mi lado estaba sentado un señor con su iPad ingiriendo su ración de pastillas (primero pensé que eran aperitivo de la casa, pero luego me di cuenta de que eran made in Farmacia) con pocas ganas de hablar. “Yo me voy pronto”, fue lo único que dijo.

La carta está repleta de raciones muy pequeñas con un precio que ronda los 3 ó 4 euros, que me parecen ideales para picotear de forma individual para acompañar una cerveza. Algo desenfadado y ligero, para gente que no tenga las expectativas de llenar el estómago en exceso. La gracia es que muchas de estas tapas están pasadas por la parrilla, siguiendo la costumbre japonesa de algunas izakayas o tabernas donde las brasas, sin embargo, son de leña frente a las eléctricas del Yakitoro y que tienen el inconveniente de desprender demasiado calor en la sala.

Todas las tapas son, en esencia, españolas, aunque casi todas con la gracia de la contaminación por la fusión de cocinas y culturas, un estilo muy presente siempre en la cocina de Chicote. Entre las que más me gustaron, las setas shitake que quedan geniales al grill porque se mantienen crujientes, lo que contrasta con la sedosas y saladas virutas de bonito que las cubren que al contacto con el calor de la seta recién asada casi se derrite. También me conquistaron las albóndigas de cerdo gracias a lo potente de su sabor y a lo bien que le queda la miel de romero que las envuelve.

La tapa que menos me gustó, la de tortilla de patata: seca y sin sabor, por supuesto sin la gracia del huevo que se escapa y con un alioli que no la reemplazaba en absoluto. Tampoco me gustó el marshmallow, y es que me lo esperaba casero, y, no. Así que me sentí como un adolescente que se come uno en el parque después de pasarle el mechero, lo que tampoco está mal, aunque no era lo que buscaba en ese momento.

Entre los comensales se festejan mucho las patatas fritas en tempura con salsa de sésamo tostado, pero sinceramente, a mí me parecieron una fritanga. Eso sí, que cada uno sea libre de meterse lo que quiera. Y de ello no culpo al restaurante ni al cocinero. Es un sabor que cada vez se generaliza más y que gusta a la mayoría. Yo prefiero otras apuestas, que me dejen descubrir sabores más puros y elegantes. Y, si buscamos en la carta, encontramos esos platos también, con combinaciones divertidas y que funcionan, como los tomates y melocotones con vinagreta de limón y albahaca. Pero los restaurantes son negocios, y lo que más se vende no es siempre lo más saludable, o lo que nos gusta mucho a algunos.

Una cena en Yakitoro puede resultar divertida e ideal para disfrutar de pequeños platos desfilando entre cervezas y risas con amigos, por supuesto, sin parar de criticar, que para eso nos ha enseñado el mismo Chicote en la tele sobre lo bueno, lo malo y lo que tampoco está tan mal. Para descubrir qué es a lo que mi paladar está acostumbrado y qué es lo que puede estar bueno, aunque nunca lo haya probado. Y, lo mejor, a este restaurante también se puede ir solo, con iPad para hacer las críticas en las redes sociales o sin él para aprovechar a charlar con el vecino.

Por cierto, si te hace ilusión profundizar en la crítica gastronómica, no dejes de ojear nuestra propuesta de Curso de Teoría y Práctica de la Crítica Gastronómica en The Foodie Studies o el II Máster de Comunicación y Periodismo Gastronómico, que comienza este mes de octubre.

¡Salud!

 

 

Yanet Acosta:

Una entrevista a Susana Noeda, la editora de Noches sin sexo.

Originalmente publicado en Post Scríptum, el blog de la agencia literaria letras propias:

DSC_0655Hemos hablado con Susana Noeda, la editora y fundadora de la editorial Adeshoras, que empezó en 2012 y se atreve tanto con novelas como con relatos. 

¿Cuál fue vuestro objetivo al fundar la editorial?

Adeshoras es un proyecto editorial muy personal que parte de mi propia inquietud y de las ganas de hacer aquello que desde hace años tenía en mente y me entusiasma. El primer objetivo es editar libros de calidad, casi por encima del económico, aunque no por ello deje de sopesar riesgos y hacer números para que un libro sea rentable y pueda ser sostenible económicamente nuestro proyecto. Más que una visión estrictamente empresarial, este proyecto tiene un componente emotivo y pasional que tiene como centro el mundo del libro y de la edición.

También, un poco después que Adeshoras, en marzo de 2013, lancé el sello editorial Anexo, especializado en diversas áreas de las humanidades…

Ver original 964 palabras más

Noches sin sexo en la feria del libro de madrid

El próximo domingo, 15 de junio, estaré de 19 a 21 horas en la caseta 122 de A Punto Librería firmando el libro de relatos ilustrado Noches sin sexo y la novela El chef ha muerto.

¡Les espero!

 

 

El reino de los hombres sin amor de Alfonso Mateo-Sagasta

La novela histórica utiliza la gastronomía para ambientar al lector en una época y cuando está bien ligada, la lectura es un gustazo. Pero si además el protagonista es un tipo de pico fino y tan enamorado de los platos de la cocinera como de su ama, pues placer asegurado totalmente. Este es el caso de Isidoro Montemayor, el protagonista de “El reino de los hombres sin amor”, que desde las primeras páginas no deja de entrar en la cocina de María (la cocinera de la marquesa de Cameros) atraído por el aroma del bacalao hecho en “una especie de guiso de manjar blanco muy suavemente espaciado”.

Y es que en la casa de la marquesa se come bien —civet de liebre con arroz—, aunque  en el camino, a veces, no tanto. Algunos días, solo lo que hay en la alforja: tasajo, pan duro y queso. En las tabernas y ventas, un plato de bacalao al ajo, olla podrida o unas uñas de vaca.

Sin embargo, esas uñas, aunque muchos las disfrutaban, en un mal día por muy hambriento que se esté solo saben a “tierra” y los garbanzos a “serrín”. Aquí uno de los símbolos más humanos, nuestro cambio de la percepción de los sabores según nuestro estado de ánimo. Y es que lo maravilloso es encontrarnos con el plato que te haga olvidar la tristeza. Pero eso, ni ahora ni antes, es tan fácil.

El reino de los hombres sin amor es una novela también llena de detalles médicos, de cómo remedios ahora absolutamente ilógicos eran seguidos a pie juntillas en la época e incluso pagados a muy buen precio solo por los poderosos. Entre las prescripciones médicas, también aparecen las tan antiguas de la comida. A López Madera roído por la sífilis médico le había recetado “gallina guisada, caldos de ave, pistos, huevos pasado por agua,…”, pero viendo el final tan cerca, se pasó por ahí mismo las normas.

La comida de la calle del siglo de Oro en Madrid también tiene sitio en la novela. Son las empanadas de liebre las que animan una mañana de mercado, pero “estaban tan especiadas que igual podían ser de gato que de rato”. En estos puestos ambulantes, llamados también mesones o bodegones de puntapié, además de comida también se vendían bebidas como el aguardiente.

El desayuno es lo que más llama la atención: Micaela chocolate con picatoste e Isidoro aguardiente con letuario (frutas glaseadas) o vino con torreznos. Pero tan pronto se está arriba como se queda uno en la calle sin nada y es que “los pobres ni pueden hacer planes ni tienen futuro”. Y en la calle, la conversación que no cambia:

—Nos abrasan a impuestos para pagar sus fiestas (la de la monarquía española).

—Deberían gravar con impuestos los pescados frescos, las carnes finas de caza, los corderos, las terneras y el aceite de ballena. Pero no, marcan la sisa sobre el vinagre, la carne de oveja y hasta las velas de sebo.

Los guiños gastronómicos son solo una pequeña parte de esta novela llena de lecturas, entre las que me quedo con las críticas a la corrupción por parte de los “hombres de Estado” desde que nuestro reino de España es nuestro reino.

“A Lerma se le podría culpar de muchas cosas, pero jamás de la tacañería con los fondos del patrimonio del Estado”.

También la crítica alcanza a la Iglesia y me quedo con un hecho que está documentado que indica cómo esta institución se perdía en grandes asuntos:

—Por cierto —preguntó doña Luisa—, ¿se han puesto ya de acuerdo en si el chocolate es comida o bebida? ¿Quebranta o no quebranta el ayuno?

—Interesante tema, doña Luisa —comentó el fraile mojando un bizcocho (en su chocolate) —. Se han dicho muchas cosas, pero el papa Pío V declaró claramente que era un líquido. Claro, que León Pinelo puntualizó luego que el chocolate no quebrantaba el ayuno, pero sus aderezos…—explicó alzando el bizcocho—.

Y para grandes males, grandes soluciones, también en el Siglo de Oro:

— ¿Conoce a alguien que no encuentre justificado robar a un banquero?

Por cierto que desde entonces, se forjó también otro de los pilares de nuestro reino, la pobreza del escritor:

“Es la necesidad la que le hace escribir. Nosotros debemos rogar al cielo para que lo mantenga en ella, de modo que la pobreza le estimule el ingenio y nos enriquezca a los demás con sus obras”.

“El reino de los hombres sin amor” de Alfonso Mateo-Sagasta es una novela en la que seguir las aventuras de Isidoro y sus desvelos amorosos por una dama, y en la que a falta de sexo, buenos son sus sabores y sinsabores.

Yanet Acosta firma en la feria del libro de madrid

 

Yanet Acosta firmará su último libro Noches sin Sexo en la Feria del Libro de Madrid el próximo jueves 12 de junio y el domingo 15.

 

JUEVES 12 DE JUNIO

De 19.00 a 21.00 horas

Caseta 191: Librería Muga

 

 

DOMINGO 15 DE JUNIO

De 19.00 a 21.00 horas

Caseta 122: Librería A Punto

 

¡Les espero en la Feria del Libro de Madrid en El Retiro!